miércoles, 10 de junio de 2026

La noche del Mico Brujo

Escritos en Nicaragua
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La noche del Mico Brujo


En 1980 nos fuimos a alfabetizar por toda Nicaragua. Íbamos a pasar no el fin de semana, sino cinco meses conviviendo con campesinos en zonas rurales. A mi escuadra la ubicaron en La Santos, una comunidad dividida entre Chontales y Río San Juan, y casi tocando el entonces departamento de Zelaya, sobre la trocha, pasando El Coral, camino a Nueva Guinea. Yo tenía dieciséis. 

Éramos sesenta muchachos. No todos se quedaron en el pueblo. Al día siguiente de llegar nos distribuyeron en diferentes casas por toda la región. Yo fui a dar a la comarca El Venado, como a cuatro kilómetros de La Santos, supongo que un poco más porque el camino no era precisamente en línea recta. Para llegar a mi casa, recuerdo que de la escuela primero subía, después bajaba y volvía a subir; pasaba por una milpa, zacatales, potreros, por la casa donde estaba Cantillano, un río con un tronco lucio que servía de puente, una burra de montaña con una manada de congos, después otra milpa, más árboles, y finalmente llegaba a mi destino.

Era la casa de Catalino, un rancho de techo de palma, paredes de bambú y piso de tierra, con dos entradas sin puertas y dos divisiones que separaban el espacio principal de la cocina a un lado y el único dormitorio al otro lado. Yo colgué mi pequeña hamaca entre los dos marcos de las entradas, de manera que me acostaba y veía hacia afuera del rancho, en dirección al bosque cercano. El río Venado pasaba cerca de la casa.

Los días en el campo comienzan y terminan temprano. Se vive con la luz del día. Después de cenar, todos van a dormir, pero antes dedicábamos un rato a contar historias, leyendas, cuentos del campo, el mico brujo, el sisimique, el venado brujo y otros espantos del monte. A mí me encantaba escuchar los relatos, tenía un cuaderno para apuntar todo; en la mañana me levantaba a escribir.

Una noche, como tantas otras, después de los frijoles con tortilla, nos quedamos sentados en la mesa que servía de comedor, posiblemente abusando del café. Como a las siete de la noche ya todos dormían.

—Yo no tengo sueño —pensé—, demasiado café. Yo con los ojos pelados. Miraba hacia el bosque desde mi hamaca. No era una noche tan oscura, pues sí se distinguían algunas formas en los árboles, o es que también los ojos se adaptan a la oscuridad. Dieron las ocho y las nueve. Yo pensaba en el mico brujo.

Unos días atrás, la Leoncia se levantó temprano, pasó del dormitorio a la cocina y pegó un grito de espanto: —¡Ayayayayay, aquí estuvo el mico brujo! —expresó asustada. Yo me levanté de mi hamaca y corrí a ver. Todo el azúcar estaba regado en el suelo; el mico brujo nos había visitado la noche anterior, mientras dormíamos. 

Cuentan que el mico te mece la hamaca, que hace estragos en las cocinas buscando comida y que abusa de las mujeres. Las micas, en cambio, dejan como dundos a los hombres, después de jugarlos. En las historias que contaban, las víctimas tenían nombre y apellido. Dicen que eran hombres infieles, y que la mica es en realidad una bruja, una mujer despechada que aprendió un conjuro para volverse mona y salir a vengarse.

Dieron las diez, y yo ya no solo pensaba en el mico brujo, también pensaba en el sisimique, y en el mismo diablo, creo yo. Afuera se escuchaba el viento: —¡Juuuuuuuuuu sss wuuu! Dieron las once.

—¿Y si es cierto? ¿Y si realmente existen y no son solo cuentos? Hay tantos misterios sin explicación —pensaba yo. Yo ya me sentía incómodo y con miedo. Comenzaba a tener mucho miedo. El viento mecía los árboles para agregar a los sonidos extraños, además del crujido de las ramas. Ya cada sombra me daba la sensación de que una presencia malévola se movía afuera del rancho. Dieron las doce y yo debí haberme dormido, pero no podía.

Fue como a la una que pasó lo que no debía haber pasado; del lado del río comencé a escuchar unos gritos espantosos, alaridos horribles, diabólicos. —Todos mis temores son reales —pensé. Afuera de la casa andaba un endemoniado, un ser maligno. Los gritos se prolongaron como por media hora. Yo solo esperaba que se asomara a la puerta, y peor aún, que el perverso entrara a la casa. El terror se había apoderado de mí.

Me metí en el fondo de la hamaca y me tapé por completo. En mi mano apretaba la cruz de mi rosario que siempre estuvo en mi cuello en los meses de la Cruzada. Recé Padre Nuestros y Ave Marías —¡Diosito, protégeme!

Los gritos cesaron y yo no dormí, para nada. Estuve en vilo toda la noche. Escuché a los gallos cantar, a las aves trinar, y las sombras poco a poco se fueron volviendo claridad. Tenía los ojos enrojecidos de no dormir. Catalino se levantó y en tono jocoso comentó:

—¿Chino, escuchaste a Pancho anoche?

—¿Pancho, qué Pancho? —exclamé yo, con absoluta sorpresa.

—¡Pues el que vive al otro lado del río, detrás de esos árboles! Está loco. Por ay le da, se sale de la casa en la madrugada y comienza a pegar gritos. ¡No sé qué le pasa! 

La Leoncia preparó algo de comer; las gallinas picaban el suelo y se metían a la casa. Desayunamos frijolitos con tortilla; ya Catalino se había ido a trabajar a la milpa. Todo regresó a la normalidad. Solamente creo que yo no volví a tomar café en las noches, y seguramente ya no quería escuchar cuentos de espantos.

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