martes, 17 de febrero de 2026

El sagú de la mama Juana

Escritos en Nicaragua
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El sagú de la mama Juana

Corría 1900, Manuel de Jesús Aguirre, el abuelo de mi abuelo llegaba a Nicaragua dejando atrás los restos de su esposa en el triste cementerio del poblado fronterizo de El Triunfo, Choluteca. No sé de que murió la Mercedita Ochoa, como era conocida. Atravesó el río Guasaule chineando a Jerónimo su hijo menor, y sosteniendo con la otra mano a su segunda hija: la Juana, una menudita, flaquita, morenita de ojos hundidos y mirada fija. Más atrás, su hija mayor María de Jesús, cargaba sus maletas junto a su esposo.

Llegaron a Chinandega, con las manos vacías, buscando horizontes que lograran secar las lágrimas espesas y agrias que recorrían sus mejías por la dolorosa pérdida familiar. Lograron asentarse en el Barrio “La Parroquia”. Al poco tiempo don Manuel emigró a una hacienda cerca de El Chonco con su hijo menor y dedicó su tiempo a la agricultura como peón. La Juanita, menudita, cargaba los “motetes” de ropa que lavaba en las orillas del río Acome, llevándolos a su casita para, con una plancha de hierro calentada en el fogón, trabajar en aquellas noches interminables.

Antes de comenzar la jornada de plancha en casa de un cliente cerca de El Calvario, contemplaba gustosa las palmas de un verde brillante que emergían de un tronco, irregular, espinoso, que se lucía al centro de un jardín interno.

—¿Cómo se llama esa planta? —Preguntó con baja voz al dueño de casa.

—Es la palma del sagú. —Le respondió el patrón que degustaba un puro sentado en una mecedora de madera en el inmenso corredor.

Todos los años que la joven trabajó en esa casa, contemplaba siempre, entre begonias y helechos a la palmera extraña que sobresalía en el jardín. Al estallar la dolorosa guerra de 1927, Chinandega sufrió uno de los incendios más devastadores de su historia, casi todo el centro de la ciudad fue víctima de las llamaradas que iluminaron el cielo aquella fatídica noche. La casa en que la Juanita planchaba en aquellas tardes contemplando el sagú, desolada lucía, reducida a escombros, ceniza y humo.

—¡Qué tristeza señor me da ver esta desgracia! Dijo entre lágrimas la muchacha planchadora al encontrar sentado en la acera al desafortunado propietario.

—No nos quedó nada Juanita, mirá los escombros, ni sombras de mi casita.

La joven entró, recogiendo sus enaguas, saltando las alfajillas todavía encendidas y, cubriéndose la nariz, entre el polvo y humo. Con mucha sorpresa vió que entre los escombros sobresalía, verde intenso, las palmas del sagú. Sin que ella supiera, el entristecido dueño la había seguido hasta el lugar donde solía disfrutar sus tardes.

—Sobrevivió el palito Juanita. ¿Querés llevártelo?

—Sí señor, gracias. Dijo mientras buscaba una pala con que sacarlo y llevarlo a su casa.

La sobreviviente palmera estuvo plantada en el patio de su nueva posada hasta 1930 cuando su hijo Manuel, el joyero, le propuso abandonar la planchadera y que se fuese a vivir con él a su casa del barrio Guadalupe, hasta donde se había trasladado al casarse con Sabina Leonor. 

—Bueno Manuel, yo me voy, pero me llevo mis begonias y me arrancás el sagú con cuidado que también se va conmigo.

Pasaron los años, la palmera se convirtió en la dueña indiscutible del jardín, entre helechos, begonias, agencianas, sacuanjoches, flor de avispa, jazmines y tantos otros arbustos que adornaban el enorme patio. El sagú era un rey con su vistosa corona verde intenso, parecía disfrutar del baile que las ramas de flor de leche hacían al compás del viento suave. Su tallo, negrito y rugoso, fue engrosando y alargando. Muchos veranos y muchos inviernos estuvo bajo el cuidado de la humilde planchadora hasta que sus ojos se cerraron eternamente el día de la Virgen de Mercedes en 1935.

Las palmas nacieron, crecieron y murieron no se cuantas veces. El reinado del consentido de la Juanita siguió. Ni los higos, ni un monstruoso mango vecino, opacaron su belleza. Sabina Leonor, la nuera de la difunta, siguió cuidando aquel hermoso jardín viendo los pajaritos posados en la corona del rey.

—Nos vamos el lunes Leonor, ya terminaron de construir la tapia y ya pegaron el ladrillo. Dijo el marido mientras acomodaba los fierros de la joyería en unos cajones de pino. Iniciaban entonces el traslado a su nueva casa, después de cinco años de esfuerzo y ahorro.

La jornada duró una semana en agosto de 1949. Las carretas iban y venían con las mesas de orfebrería, laminadores, yunques, fraguas y las pertenencias de sus hijas. El orfebre buscó dos hombres para que, guardando el cuidado merecido, desenterraran al rey sagú, y lo subieran a la carreta que llevaba las begonias en sus macetas de barro.

Murió Manuel hijo de Juana, murió Leonor, nuera de Juana, nacieron y crecieron los nietos y bisnietos de Juana; la menudita mujer que llegó de Honduras con su padre. La palma viajera, que nació en El Calvario, vivió en Santa Ana, creció en Guadalupe, y, de nuevo se planta en El Calvario, ha dado hijos y nietos también. Vio pasar los años, vio pasar las guerras, con su tallo envejecido y vivo.




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