Escritos en Nicaragua presenta a |
El Zanate
| I. Heraldo de los Charcos Brotó del alba, príncipe del viento, cruzó los juncos con rumor divino; del agua alzó su cántico genuino, que hiere al tiempo en súbito lamento. Luz sideral se quiebra en su portento, y el lago guarda, en líquido destino, el eco oscuro del primer camino que dio a la noche su primer cimiento. ¡Ave del caos, oráculo del día! ¿Quién te dictó la música sombría que late en fuego sobre la espesura? Eres presagio, voz de profecía, que anuncia al hombre esa fugaz criatura que todo gira en sombra y geometría. II. Metafísica en los Espejos Sobre los charcos sueña eternidad, como Narciso en vértigo profundo, y en su reflejo cabe todo el mundo, del caos griego a la trágica piedad. ¿Es su plumaje un signo de verdad, un axioma sin borde ni segundo, o sólo el humo del querer rotundo que arde en la noche de la soledad? Ave del mito, voz de lo insondable, ¿qué dios te dio el don de la ironía, que haces del cosmos fábula risueña? Tu canto es puente, herida interminable, donde la carne toca la utopía y el alma ciega se desnuda y sueña. III. Espejismo de la Sombra ¿Eres acaso sombra hecha fulgor, o luz vestida en negro sacramento? ¿Eres materia o sólo pensamiento que juega en mares de infinito amor? De Plotino heredaste el resplandor, y en cada pluma ocultas un fragmento del Uno eterno, místico portento que late en todo como fiel rumor. ¡Ave ideal! En ti la dualidad se quiebra en alas de fugaz verdad, y el cosmos tiembla al ritmo de tu canto. Eres la imagen pura del quebranto, que en su delirio busca la unidad y halla en el viento su dolor más santo. IV. Filósofo del Maíz En la milpa, tribunal de las estrellas, dicta el zanate juicios de armonía; Platón le sigue en mística porfía, buscando en plumas las ideas bellas. Las ninfas verdes —cañas, hojas, huellas— le rinden culto en su melancolía, y en su graznido late la herejía de Parménides rota entre centellas. ¿Acaso el Ser se oculta en tu gemido, Oh ave de voces graves y de engaños, que burlas tiempo, espacio y su medida? Eres Heráclito, río repetido, que en cada trino quiebra los peldaños del orden fijo que soñó la vida. V. El Censor de los Dioses Te oyó Minerva en lóbrego pinar, cuando forjaba el rayo de la idea, y vio en tu voz la cólera que ondea sobre los muros frágiles del mar. Fue tu graznido signo singular de que la duda al mundo se recrea, Y el alma humana —débil— titubea ante la luz que busca interpretar. Oh juez alado, sombra del Olimpo, ¿por qué en tu canto vibra aquel relincho que sacudió la médula del cielo? ¿Eres verdad, disfraz de lo distinto, o eres la sombra donde el hombre limpio busca el consuelo y halla el desconsuelo? VI. Juglar del Tiempo Cruzas los siglos como un trovador que en cada nota guarda la memoria; sigues la ruta de la antigua historia, del mito heleno al gótico clamor. Fuiste del Inca el pájaro cantor, testigo fiel de sangre y de victoria, y acompañaste, herido, la discordia de un Moctezuma en trance de dolor. Hoy en los charcos pregonas canciones que son reliquias, ecos y visiones, más fuertes que la espada de un tirano. ¡Oh ave inmortal, cronista sin cadenas, lleva en tus alas todas las condenas, pero en tu canto vibra lo que es humano! VII. Exiliado de la Luz No fue tu reino el mármol ni la rosa, sino el pantano, el légamo sombrío; mas en tu canto vive el desafío que a Apolo humilla en música gloriosa. ¡Oh ave oscura, extraña y orgullosa, que en la penumbra engendras el rocío! de tu garganta mana el poderío que vence el oro en su corona hermosa. Exiliado del sol, mas no vencido, rompes la noche en plácido latido, y el cosmos late en tu feroz aliento. Eres el grito audaz del fugitivo, que torna en himno el áspero tormento y alza en la sombra su pendón altivo. VIII. Príncipe de la Sombra Corona negra ciñe tu cabeza, trono de viento ciñe tu reinado; y aunque pareces súbdito cansado, mandas la selva con sutil firmeza. ¿Quién te enseñó la astuta gentileza, el arte oculto, el vértigo sagrado, para robarle al tiempo lo olvidado y dar al hombre un eco de belleza? Rey sin cetro, monarca sin corona, sobre la charca tu silueta entona himnos que el río guarda en su garganta. Eres la sombra viva que razona, y en la tiniebla, cuando el mundo espanta, brota tu grito, voz que no perdona. IX. El Himno del Silencio Calla la noche en éxtasis profundo, y en ese umbral, tu canto se levanta, cual sacramento que en el aire encanta y borra el tedio lóbrego del mundo. Oh voz que arde sin límite fecundo, viento de fuego que la sombra canta, ¿qué dios te dicta en médula y garganta un verbo eterno, fértil y rotundo? Cuando resuena tu canción primera, cae la materia en súbita quimera, y el universo gira en tu latido. ¡Ave fatal, que en música severa quiebras la roca y hiendes el sentido, rompiendo el velo que nos dio el olvido! |

