miércoles, 1 de abril de 2026

El festín de los lobos sin lámpara

Escritos en Nicaragua
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El festín de los lobos sin lámpara

El creador de asombro
camina desnudo, no de ropas,
sino de voces que lo abracen.
Su obra es un cáliz roto
que nadie quiere beber,
porque la sed de los hombre
 no busca vino,
sino aplauso reflejado en espejos.

Entre cercanos la herida es mayor.
El poeta no tiende la mano al poeta,
sino que mide su estatura,
temiendo perder brillo
si otro brilla más.
No comparten el fuego,
se lo disputan,
como si la llama se agotara con el uso,
como si la belleza fuera un trofeo
y no un destino común.

No hay ágora,
sino un coliseo de sombras
donde los artistas se devoran entre sí,
gladiadores sin César,
peleando por migajas de atención,
como si el sol tuviera dueño,
como si la llama de la Musa
fuese un territorio disputado.

Y el hogar,
ese templo donde uno espera
incienso y ternura,
se convierte en desierto.
Quienes deberían ser raíces,
se vuelven piedras.
No soportan el espejo que el poeta alza:
prefieren quebrarlo
antes que enfrentarse a su propio vacío.

¿Por qué ocurre esto?
Porque el arte es memoria viva,
y quien lo contempla
se ve desnudo.
Porque el ego es un ídolo hambriento,
un Moloch que exige sacrificios,
y muchos entregan al hermano,
al compañero,
al amigo,
con tal de alimentar a esa bestia invisible.

La envidia es más antigua que el Génesis:
Caín sigue golpeando a Abel en cada taller,
en cada galería,
en cada mesa de café donde alguien
lee un poema.
El resentimiento se disfraza de crítica,
el silencio y falta de apoyo de los cercanos
es un látigo más cruel que cualquier verdugo.

Pero no todo está perdido.
El arte no se nutre de los aplausos,
sino de la fidelidad a su propio misterio.
Así como los monjes copiaron manuscritos
cuando el mundo se hundía en tinieblas,
el creador debe perseverar:
escribir, pintar, danzar,
aunque la sala esté vacía,
aunque el eco sea su único público.

El artista que no busca el pedestal,
sino el altar,
no morirá devorado.
Porque cada acto sincero de creación
es una semilla enterrada en lo eterno,
y aunque los hombres la pisoteen,
Dios, o el tiempo,
o la memoria de los justos,
hará germinar su fruto.

Y quizá la solución no sea el apoyo del mundo,
sino la comunión secreta
entre los pocos que aún creen.
Una hermandad de centinelas,
guardianes del fuego,
que no compiten,
que no envidian,
sino que soplan juntos sobre la brasa
para que no se extinga.

El artista ha de aprender
a no pedir agua en pozos secos,
sino a abrir ríos con sus manos.
Su recompensa no será el aplauso,
será la certeza de haber tejido
un hilo de oro
en la tela invisible de lo eterno.

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