miércoles, 18 de marzo de 2026

Las cuevas de los duendes enamorados

Escritos en Nicaragua
presenta a



Las cuevas de los duendes enamorados
a los 95,582 brigadistas del
Ejército Popular de Alfabetización,
en el XLVI aniversario de la
Cruzada Nacional de Alfabetización.

El pueblo estaba a unos ciento veinte kilómetros de la cabecera departamental, ochenta de ellos transcurrían por una carretera pavimentada, en cambio, los últimos cuarenta eran un escabroso camino de todo tiempo construido con el balastro que camiones volquetes desperdigaron en forma de majanos, los cuales después fueron esparcidos por todo lo ancho con una motoniveladora cuya cuchilla se encargó de conformar una camada de piedras de un pie de espesor.

La ruta avanzaba a lo largo de la frontera con rumbo noreste y no respondía a ningún tipo de diseño ingenieril.

Cuando lo construyeron, la eficiencia y las distancias no fueron el criterio más importante, y es que el Departamento de Carreteras pudo haberlo ramificado por aquí, o bien bifurcarlo por allá, creando de esa manera, rutas individuales hacia cada una de las cabeceras municipales que caprichosamente estaban acomodadas en las hondonadas de la serranía. Sin embargo, optaron por construir uno que uniera a todas las poblaciones y, a pesar de que nadie lo sabe a ciencia cierta, los periódicos de la época denunciaron el despilfarro porque, según ellos, fue construido de esa manera para que pudiera pasar por las fincas de los diputados, de varios terratenientes y de personajes políticos locales.

Como consecuencia, el camino resultó ser en extremo tortuoso, ya que, con la intención de amoldarse a la topografía, se retorcía asombrosamente como una culebra en celo. Era tan intrincado e irregular que en varios trechos los caballos y las mulas avanzaban más rápido que camiones y buses.

La entrada del pueblo era una cuesta de pronunciada pendiente que se extendía por unos ciento cincuenta metros, tras los cuales, culminaba bifurcándose para formar una punta de plancha, algo cóncava del lado norte y algo convexa por el sur.

Sus dos únicas calles se extendían a lo largo de unas cuatro cuadras, formando de esa manera un casco urbano de apenas ocho manzanas.

En la punta de la plancha estaba el parque, la iglesia y su atrio, la alcaldía y la escuela. En la calle real había un incipiente mercado y unas cuantas pulperías, después continuaba, siempre con rumbo noreste, en busca del próximo pueblo.

La calle sur avanzaba en paralelo a la calle real y después de la última cuadra de romplón se transformaba en una montañosa vereda que sólo permitía el paso de una o dos personas.

En el casco urbano vivían unos tres mil habitantes, cada casa se podía distinguir y diferenciar desde las calles, la situación era diferente en los patios, los cuales se confundían en medio de espontáneos jardines y una maraña de árboles que de poquito en poquito se fundía con la espesura de la montaña.

Casi al mediodía, después de unas cinco horas de viaje, en unos diez camiones llegaron los brigadistas. La columna de alfabetizadores se acomodó en el parque con mucho orden, más por cansancio que por disciplina. La algarabía de la despedida se había disipado hacía ya varias decenas de kilómetros atrás, el sol, el vaivén de los camiones y el polvo de la caravana se encargaron de trocar la euforia del inicio de la aventura en gotas de sudor, rostros insolados y narices congestionadas.

La Gran Cruzada Nacional de Alfabetización había iniciado.
Todas las escuadras que llegaron al pueblo eran de tres colegios católicos, dos de señoritas y uno de varones, la edad de los brigadistas oscilaba entre los trece y los dieciséis años, vale aclarar que en cada escuadra había al menos un profesor, cuya función, además de servir como guía pedagógico, era la de brindar algo de sentido común a los alfabetizadores para que estos no crearan ni se metieran en problemas.

Las escuadras de alfabetizadores fueron organizadas de tal manera que sus miembros pertenecieran a un mismo colegio y una misma sección, es decir, que todos los brigadistas se conocían, quizás no eran grandes amigos, pero al menos se conocían. A pesar de ello, aún estaban muy lejos de ser un colectivo.

Cada una de las escuadras era una mezcla heterogénea de niños que incluía a uno que otro becario de origen campesino, a descendientes de asalariados, a hijos de comerciantes, hijos de empresarios y hasta unos cuantos de los que con cierto desprecio solían llamar Chicos Plásticos.

Hay que hacer notar que no sólo sus orígenes los diferenciaba, sino que también sus motivaciones. Estaban los voluntarios, los que motivados por la euforia de la revolución, en comunión con  sus valores cristianos, querían contribuir con la mejoría de la calidad de vida de los campesinos, también estaban los que fueron por cumplir un requisito que se vería bien en su hoja de vida a la hora de solicitar ingreso en alguna universidad estatal, finalmente estaban los vagos, aquellos que habían ido con el único propósito de saciar su crónica desidia. 

Cabe mencionar que los brigadistas de estos colegios privados eran apenas la mitad de su población estudiantil, ya que la otra mitad no participó porque los padres de familia no dieron su consentimiento, y no porque estuvieran en contra de tan humanitaria labor, sino más bien porque temían que la integridad física de sus hijos estuviera bajo riesgo, lo cual, dicho sea de paso, no era para nada infundado.

Era la primera vez que estos jóvenes iban a convivir, a compartir, a depender los unos de los otros y es por eso que el almuerzo de aquel día fue la primera acción colectiva que con improvisada naturalidad surgió entre ellos, y no es que se ofrecieran a intercambiar viandas, sino que, a compartir el momento, como si todos fueran miembros de una familia de prole numerosa en un estival día de campo.

A pesar de la bucólica ruralidad del pueblo, todavía pudieron acompañar sus almuerzos con gaseosas que compraron en las pulperías y que les fueron servidas en pequeñas bolsas plásticas transparentes que contenían unos cuantos trozos de hielo.
A cada escuadra le designaron una comarca y a eso de las dos de la tarde cada una de ellas salió del pueblo con rumbo a sus lugares, en donde, por unos seis meses, se dedicarían a enseñarle a leer y a escribir a cerca de dos mil campesinos. A todas las comarcas se podía llegar por carretera, menos a la que le fue asignada a la escuadra HMS, la Héroes y Mártires de Septiembre, la del tercer año del colegio de varones.

A eso de las dos y media el responsable de zona se acercó a la HMS.

Este es don Saturnino, él los llevará a la comarca El Guayabal ―y dirigiéndose al jefe de escuadra prosiguió―. No deben detenerse, si les coge la noche, saquen sus focos y continúen hasta llegar ―guardó silencio, dirigió su mirada directamente a los ojos de cada uno de ellos, uno por uno y, al concluir, arengó―. ¡PUÑO EN ALTO!

―¡LIBRO ABIERTO! ―respondieron los brigadistas al unísono.

La comarca de los HMS quedaba a unos seis kilómetros al suroeste de la cabecera municipal y, a pesar de ser la más poblada de todas las del municipio, sólo se podía llegar a ella por veredas, es más, cada año resultaba aislada durante las crecidas de los ríos en el pico de la temporada de lluvias. Algo que todos los brigadistas sabían pero que los tenía sin cuidado, cuando se tiene quince años hay sed de recorrer el mundo y a veces no hay que ir muy lejos para empezar el peregrinaje.

En un inicio la trocha transitaba entre las faldas de dos serranías con rumbo oeste. Era una senda que caballos, burros y mulas se encargaron de construir en el transcurso de uno, quizás hasta dos siglos. No podía ser de otra manera, las bestias de carga están hechas para encontrar, no el camino más corto, sino el más accesible, después de todo, para ellas, mientras haya zacate y agua por ahí, la distancia carece de todo sentido.
La vegetación en ocasiones era tupida a la derecha, mientras que en otras la frondosidad se extendía por el lado izquierdo. En general, la vereda seguía un plano horizontal, aunque a veces las laderas de los dos principales macizos la cimbraban formando empinadas pendientes. En el monte, toda pendiente supone un esfuerzo extra, no importa si es de subida o de bajada.

—¡Ayuda! —gritó el brigadista que venía al último.

—¿Qué te pasó? —preguntó el profesor.

—Mire, creo que me quebré el tobillo.

Don Saturnino se acercó al muchacho y empezó a dar instrucciones:

—Quítenle la bota y los calcetines.

El profesor aflojó los cordones de la bota y se la empezó a quitar con delicadeza.

—No —dijo don Saturnino—, así el maltrato es mayor, ¿sabe qué?, mejor lo hago yo.

El hombre del campo tomó la bota y la quitó sin mayores miramientos, sólo entonces pudieron ver que el tobillo estaba girado por completo hacia adentro.

Don Saturnino se puso de pie y, tras observar por unos cinco segundos, procedió a quitar el calcetín, esta vez despacio, sin rudeza.

—Esto te pasó porque sos un pata plana —afirmó el campesino—: no se preocupen, en menos cinco minutos lo arreglamos.

Don Saturnino se puso encuclillas, tomó el tobillo con su mano izquierda y con la derecha los dedos y el empeine, lo cuales los hizo girar, primero de izquierda a derecha, después de derecha a izquierda.

El muchacho no gritaba, ni lloraba, nueve años de férrea educación cuasi castrense en aquel colegio católico de varones le impedían expresar su dolor de otra manera que no fuera a través de gemidos y resoplidos, lo que, a su manera, era además, una forma de decirle al rústico traumatólogo: “usted siga, no se detenga, haga su trabajo”. 

El baqueano repitió el procedimiento hasta que se escuchó un sordo chasquido, esa era la señal que él esperaba, ahora sabía que los huesos del tobillo estaban otra vez en su lugar.

—Listo, Pata Plana, ¿te dolió?

—Un poquito, sólo un poquito —mintió.

—En cinco minutos vamos a reanudar la marcha, al principio te va a doler, pero cuando te calentés se te va a quitar, los dolores van a ir y venir hasta que los gonces se hayan amoldados otra vez, te va a doler por unos tres días y después como si nada.

—¡Mil gracias! —atinó a decir el profesor.

—Don Saturnino…

—¿Qué cosa, Pata Plana?

—¿Y ya vamos a llegar?

—Ya estamos cerca, a la vueltecita ―respondió con sarcasmo, algo que los brigadistas no pudieron percibir porque se ocultó con el deje de los campesinos de la región.

Debido al relieve, esos seis kilómetros se les hicieron interminables y la bendita vueltecita resultó ser una elástica e indefinida distancia. Caminar ese trecho en la ciudad suponía una marcha de hora y media, pero la vereda que transitaban era sumamente exigente: piedras por aquí, hoyos por allá, a eso hay que sumarle el peso de sus mochilas. El baqueano, en un acto de compasión, se detenía cada vez que recorrían unos cien metros, los esperaba, los dejaba descansar un par de minutos y reanudaba la marcha, es por eso que el avance era lento.

A la mitad de la distancia, el camino hizo un abrupto giro hacia el sur y se dedicó a seguir la ruta que trazaba el primer río de los dos que encajonaban a la comarca, desde entonces la vereda ocupó la ladera este de una de las cordilleras, mientras que la otra se convirtió en su inse-parable compañera que desde ese momento sólo mostraría su costado oeste.

Este cambio de perspectiva permitió que las refulgentes luces de la tarde expusieran dos grandes peñascos de blanco granito, no obstante, lo que llenó de perplejidad a los brigadistas fueron las enormes cuevas cuyos parabólicos arcos adornaban a sendos monolitos.

El profesor inspeccionó el paisaje con sus binoculares, después se los prestó a sus muchachos y, mientras ellos trataban de escudriñar el interior de las cuevas, se dirigió al baqueano.
—Don Saturnino.

—¿Ajá?

—¿Y esas cuevas?

—¿Esas? Esas son las cuevas de los duendes enamorados —respondió lleno de seguridad el hombre de campo.

—Pero los duendes no ex... ―interrumpió uno de los brigadistas.

—¡Chchch!, callate, dejalo que hable —lo detuvo el profesor y después le hizo una seña al jefe de escuadra para que le metiera plática.

—¿Los duendes enamorados? ―continuó el segundo al mando.

—Sí, los duendes enamorados.

—¿Por qué dicen que son duendes?

—Aquí todo el mundo sabe que son duendes... sólo salen de noche y únicamente fechorías saben hacer.

—¿Fechorías?, ¿De qué tipo? —se preocupó el profesor. 

—A uno le roban un machete, al otro le quiebran una tinaja... y así se pasan todas las noches, jodiendo por aquí y chamboneando por allá.

El docente le hizo una seña a la tropa para darles a entender que a partir de ese momento únicamente él conversaría con el baqueano.

—¿Y los duendes le han pasado la cuenta a alguien? —inquirió el profesor con campechana sutiliza para ponderar los riesgos a los que sus estudiantes estarían expuestos.

—No, los duendes no son asesinos, lo que pasa es que a ellos les gusta que la gente se arreche.

—¿Cómo así?

—Pues uno se arrecha y entonces ellos se ríen.

—¿Ellos sólo se ríen? —preguntó el docente totalmente aliviado.

—Son carcajadas las que se tiran, yo en persona los he escuchado, sus carcajadas retumban muy dentro de la cabeza ―el campesino se quitó el sombrero, limpió el sudor de su frente y continuó―; pasé dos días sin dormir la vez que llegaron a enamorar a mi hija, la menor, la que todavía nadie se la ha sacado.

Otra vez el profesor le hizo señas al jefe de escuadra para que fuera él quien continuara con la entrevista.

—¿Cómo es eso? No entiendo ―preguntó el brigadista. 

—Aquí, cuando un hombre se quiere juntar con una muchacha, se monta en su caballo y a media noche va a la casa de ella y le silba, y si ella quiere, sale y se monta al anca, al día siguiente la muchacha amanece en la casa de su marido y lo primero que hace es ponerse a echar tortillas junto con sus cuñadas y las primeras tortillas del día se las envía a su tata, así es como uno se da cuenta de que la hija ya está arrejuntada.

—¿Y si ella no quiere?

—Pues no sale y se queda con su tata.

—¿Y los duendes que tienen que ver en todo esto?

—¡Ah!, es que los duendes son unos grandes enamorados, les silban de día, les silban de noche.

—¿Y no tienen miedo que un duende se saque a una muchacha? —nuevamente el profesor recurrió al sigilo.

—No pueden, no tienen caballos.

—¿Y cómo sabe usted eso? —continuó el jefe de escuadra.

—Es que al día siguiente no hay huellas de caballos, es por eso que uno sabe que los visitantes fueron los duendes enamorados, por eso es que las chavalas no les hacen caso, entonces ellos se ponen a hacer zanganadas.

Todos guardaron silencio en espera de que el campisto continuara.

—A mí una vez me fregaron el techo de la casa, toda una semana pasaron jodiendo, llegaban por la noche y empezaban a desparramar las tejas, ¡toda una semana jodiéndome el techo de la vida!, como si yo no tuviera ya suficientes oficios.

—¿Y sus perros no le ladraron? ―extrañado preguntó uno de los muchachos.

—Los bandidos les soban la panza a los perros y por eso ellos no les laten.

—Y cuando escuchó los ruidos, ¿usted no salió a ver? ―otra vez salió a relucir la suspicacia del adulto al mando.

—Cuando un duende visita una casa, uno no debe salir del catre.

—¿Por qué?, ¿es de mala suerte? ―con tono burlesco preguntó el jefe de escuadra.

—No, niño, el hombre que ve a un duende se vuelve loco —dijo don Saturnino—, empieza a oír y ver cosas, los más alelados se van por ahí, sin rumbo, nunca vuelven —y después de una breve pausa prosiguió—; yo por eso no salgo, ái dejo que se rían.

—Así que son varios —aseveró el profesor.

—A veces llegan dos, a veces tres.

—¿Y alguien ha ido a las cuevas de los duendes enamorados? ―retomó la entrevista el profesor.

—No, y les aconsejo que nunca vayan, los que entran en esas cuevas se pierden, nunca salen.

—¿Nunca? —repitió el profesor.

—Nunca, dicen que es la entrada al corazón de la montaña y que por ahí se baja al centro de la tierra, que los que entran nunca logran encontrar el camino de salida —don Saturnino se detuvo, volteó a ver al profesor, su rostro parecía de piedra y continuó—. No hay que tentar al diablo.

—¿Y cómo podemos estar seguros de que no son unas guaridas de forajidos? —preguntó con firmeza el profesor. 

—Porque no hay una sola vereda o trocha que llegue hasta ellas, porque están rodeadas por un espinoso montarascal y, para llegar, se tendría que abrir paso a machetazo limpio —don Saturnino se detuvo y señalándolas continuó—. Ni las mulas escapadas pasan por el lugar, todas las sendas se van por los alrededores, pero ninguna llega hasta las cuevas, todas pasan de largo.

El campesino fue tan convincente que el profesor les hizo señas a sus muchachos para que hablaran de otras cosas. 

—Don Saturnino… ―interrumpió el Pata Plana.

—¿Ajá?

—¿Y falta bastante todavía?

—No, ya casi llegamos, el caserío está ahí nomasito, a la vueltecita.

—¿Y esa poza como se llama? —preguntó otro.

La Poza del Valle de los Rucos.
—¿Los Rucos? ¿son como duendes? —continuó el muchacho.

—No, niño, ese es el apellido de los del lugar —respondió el campesino al tiempo que reía.

—¿Y ya vamos a llegar?

—A la vueltecita.

La intrincada senda, en complicidad con las pesadas mochilas, hizo que los kilómetros, los minutos y sus horas transcurrieran con extraordinaria lentitud, es por eso que los brigadistas llegaron a odiar la mentada vueltecita que nunca llegaba.

Finalmente, a eso de las cinco y media de la tarde, cuando ya la penumbra del sol y la sombra de la montaña anunciaban una noche prematura, después de una empinada vueltecita, llegaron a la escuela rural que hacía ya muchos años había quedado en abandono: sin maestro, sin pizarra y sin alumnos.
Los aldeanos recibieron a los brigadistas más con timidez que con cautela, el silencio lo rompió un señor de unos cuarenta años.

―Me llamo Justo Ruco, pero me dicen Justo Sonto, mi mujer les preparó tortillas, frijoles, crema, cuajada y café. 

La aldea, su hablado y costumbres eran una burbuja de siglos pasados, no había curas, ni doctores, tampoco había policías, ni jueces y los agravios se resolvían de hombre a hombre, la hombría a veces se defendía con tragos, en otras a puño limpio y, en casos extremos, a machetazos.

―Le dicen Sonto porque su primo Micailo le arrancó la oreja de un machetazo ―se burló uno de los aldeanos. 

―Sí, pero yo sigo vivo y a Micailo ya se lo comieron los gusanos ―respondió sonriente Justo Sonto.

Como no había luz eléctrica, uno de los brigadistas encendió su lámpara Coleman. No era la primera vez que los lugareños miraban una de esas lámparas, pero era un artefacto que ninguno de ellos estaba en capacidad de comprar. Los chavalos, a pesar de su juventud, pudieron leer las miradas de esos rostros que decían: “Yo quiero una de esas”.

—Dentro de seis meses, cuando nos vayamos, se las vamos a dejar —atinó a decir el jefe de la escuadra mientras señalaba, con la palma de su mano extendida, a la docena de lámparas que reposaban sobre la mesa.

—¿Todas? ―preguntó Justo Sonto.

—Todas —respondió el jefe de escuadra.

La oscuridad no pudo esconder la alegría que emanó de los rostros de los lugareños, quienes de inmediato le extendieron los platos de comida a los recién llegados. 

Después de la cena los brigadistas tuvieron una pequeña reunión.

—Muchachos ―les dijo el profesor―, tomen nota de las siguientes tres cosas: uno, parece ser que don Justo es el líder natural de la aldea, él será para nosotros Papa Justo; dos, cuidado se le acercan o tocan a alguna muchacha, aquí cualquier novio les corta la cabeza sin pensarlo dos veces.

―Pero, ¿y si no tiene novio? ―preguntó uno de los mayores.

―Bueno, novio tal vez no tendrá, aunque estoy seguro de que enamorados no le faltarán y un enamorado celoso es tan peligroso como un novio ofendido.

Los brigadistas guardaron silencio, el mensaje había sido claro y la cicatriz de Justo Sonto era la evidencia.

―Tres ―continuó el profesor―, los materiales de estudio no han llegado, en la casa municipal nos dijeron que los vamos a recibir hasta dentro de una semana, así que debemos dedicarnos a verificar si el censo es correcto, también vamos a aprovechar el tiempo para explorar los alrededores, debemos aprender a orientarnos por nosotros mismos, no podemos depender todo el tiempo de un baqueano, esta gente tiene que hacer sus labores cotidianas y nosotros no debemos atrasarlos.

—Ese asunto de explorar los alrededores, ¿incluye también las cuevas de los duendes enamorados? ―preguntó el jefe de escuadra.

Todos se pusieron a reír, entonces el profesor guía los interrumpió.

—Debemos ser cuidadosos, no debemos entrar en conflictos, debemos respetar sus creencias y sus supersticiones ―respondió el profesor.

—Eso quiere decir que... ¿no vamos a entrar a esas cuevas? ―preguntó extrañado el jefe de escuadra.

—No, no… sí, a las cuevas si vamos a entrar ―respondió el profesor—, pero no mañana, ni pasado, primero debemos hacer amistades, que los niños nos enseñen el lugar, y cuando ya sepamos cómo llegar y cómo regresar, entonces vamos a entrar.

El profesor salió de la escuela, los brigadistas lo siguieron, dirigió su mirada a la sierra y, señalando a la profundidad de la penumbra nocturna continuó:

—¿Se imaginan lo que podríamos encontrar? Pinturas rupestres, cerámicas precolombinas, utensilios indígenas, restos de seres humanos que pudieron haber vivido aquí hace varios siglos, por no decir miles de años, ¡sería un hallazgo fuera de serie!
Durante varias noches el único tema de conversación era sobre el día en el que por fin entrarían en las benditas cuevas. Se decidió que sólo irían dos y que para seleccionarlos lo echarían a la suerte.

Cogieron una hoja de papel, la cortaron en pequeños cuadros, en dos de ellos escribieron la letra “X”, los doblaron y los metieron en una funda de una de las almohadas, la agitaron y después cada quien sacó un papelito.

Finalmente llegó el día, y los dos suertudos salieron explorar después del desayuno. Los demás se fueron con Papa Justo a hacer tejas, las cuales serían usadas para reparar el techo de la escuela. La idea era que cada uno de ellos hiciera una docena de tejas.

Primero tomaban la coba y escarbaban cierta cantidad de sonsocuite seco y con un martillo la desmoronaban, a continuación colocaban los trozos dentro de un molino de piedra que una mula hacía girar, recogían la arenilla, la colocaban en el interior de una batea de madera y de poquito en poquito agregaban agua, con sus manos mezclaban el barro y el agua hasta formar una masa con la consistencia de la plastilina, después regaban grava de río sobre la mesa y sobre ella colocaban un marco de madera, cogían un bodoque y lo aplastaban en el interior del marco, repujaban la pasta hasta estar seguro de que todo el molde estaba lleno, en ese momento tomaban una regla y retiraban de un envión el exceso, después, arrastraban el marco y dejaban caer la placa de barro fresco sobre una tablilla superficie convexa. Así las dejarían por un día, oreándose, y a los dos días la cocinarían con leña que apilarían sobre ellas.

A eso de las diez, a la hora del fresco, don Justo le entregó una ramita a cada uno de ellos.

—Escojan una teja, escriban sus nombres y la fecha —don Justo suspiró—; cuando se vayan se las van a llevar a la ciudad y, al verlas, se acordarán de nosotros.

Al medio día todos regresaron a la escuela para almorzar, antes de entrar el profesor tomó sus binoculares y pudo divisar a los dos exploradores que ya venían de regreso, todos querían ir a su encuentro, pero el profesor los contuvo. Habían sido pacientes y tenían que seguirlo siendo hasta el final, así que todos entraron al único auditorio y se acomodaron en un círculo sobre el piso. Un poco más de media hora después los dos expedicionarios se detuvieron en la entrada de la escuela.
—¿Entonces?, ¿qué encontraron? ―preguntó el profesor. 

—A parte de bejucos y espinos —el muchacho se detuvo, carraspeó la nariz, escupió a su izquierda y continuó—, nada.

—¿Cómo así? ―con incredulidad preguntó el docente.

—Cada roca es atravesada por un pequeño canalito por donde brota agua, la forma de huevo de cada piedra hace que el líquido se distribuya de manera uniforme —hizo una pausa para encender un cigarrillo y después del primer sorbo continuó—; sobre la superficie húmeda de cada monolito crece lama —y volteando la vista hacia los cerros—, así es, señores, esas dos cuevas no son más que dos manchones de algas.

Los brigadistas se pusieron de pie y deambularon consternados, en eso escucharon que alguien desde afuera los llamaba.

―¡Huiy! ¿hay alguien ái?

El profesor salió y vio que se trataba del baqueano que ya en ese momento estaba aflojando las cinchas a su caballo. También vio a la mula cargada con una media docena de cajas de cartón.

—Aquí les mandan ―dijo don Saturnino―. Me dijeron que son las cartillas, las pizarras, los cuadernos y los lápices.

Los chavalos bajaron las cajas, las acomodaron en la escuela, pero no las abrieron.

Estaban totalmente desanimados, grandes habían sido las expectativas y más grande aún fue la decepción.

—Bueno, muchachos —les dijo el profesor—, hay que recoger fuerzas porque mañana empezaremos a alfabetizar, que es a lo que vinimos —hizo una pausa y después los arengó a todo pulmón— ¡PUÑO EN ALTO! 

—¡LIBRO ABIERTO! —respondieron con gallardía los brigadistas.

—Avancemos, brigadistas —empezó a cantar el jefe de escuadra.

—Guerrilleros de la alfabetización —se le unió la tropa completa—, tu machete es la cartilla, para aniquilar de un tajo la ignorancia y el error. Avancemos, brigadistas…


Himno de la Cruzada Nacional de Alfabetización
Nicaragua, 1980
autor: Carlos Mejía Godoy
  
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