Escritos en Nicaragua presenta a
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El apostolado de la tía Pina
Desde los catorce años la Negra Rosalía había vendido caricias en varias cantinas de la llamada Zona Roja de Chinandega. La hermosa morena de caderas anchas y piernas rollizas había dejado su juventud bailando con los necesitados de placer noche tras noche en aquellos pisos llenos de aserrín y colillas de cigarrillos las famosas canciones interpretadas por Leo Marini, Daniel Santos, Lucho Gatica y Bienvenido Granda. A las seis de la tarde llegaba al lupanar, aromada con la loción sin marca comprada a granel en un puesto ambulante cerca del mercado. Su baile, admirado por muchos, llegaba hasta el amanecer.
Al despertar cerca del mediodía, abría el zipper de su cartera negra gastada que mantenía escondida bajo una tinaja de barro, apartaba los billetes amarrados con una cinta de hule, y, sacaba varias monedas. Descolgaba un vestido floreado que mantenía detrás de la puerta, buscaba debajo de la tijera sus viejas chinelas Rolter amarillas que tenían marcado sus dedos; se vestía, aplicaba lápiz a sus hermosos labios frente a un espejo que le regaló uno de tantos amores, y salía a buscar comida al “mercadito” como llamaba la gente a la pulpería de Pekín.
La tía Pina, una mujer soltera y de mucho respeto en el barrio por su conducta intachable y su devoción al Corazón de Jesús, ya sabía lo que la mujer compraba: media libra de chorizos, dos huevos, cinco centavos de tiste, azúcar y en ocasiones un taco de jabón. Despachar a esta clienta no le tardaba ni cinco minutos, sin embargo, la venta llevaba consigo al menos veinte minutos de carcajadas.
—Muchacha, ¿te gustaría venir a rezar el rosario conmigo por la tarde?
—Me gustaría Niña Pina, puedo venir a las cuatro, porque después me baño y me arreglo. Tengo que trabajar a las seis de la tarde.
—Yo te espero. Respondió mientras le daba unas palmadas cariñosas en el hombro.
El mes de María, el mes de El Corazón de Jesús y la novena del Perpetuo Socorro, se rezaron en unos taburetes de cuero en aquella esquina. La Chepita, su sobrina, leía las oraciones y enseñaba el rosario bajo la férrea dirección de la matrona. Clientes y vendedores vieron con asombro aquellos momentos de espiritualidad y tradición cristiana.
Al despertar cerca del mediodía, abría el zipper de su cartera negra gastada que mantenía escondida bajo una tinaja de barro, apartaba los billetes amarrados con una cinta de hule, y, sacaba varias monedas. Descolgaba un vestido floreado que mantenía detrás de la puerta, buscaba debajo de la tijera sus viejas chinelas Rolter amarillas que tenían marcado sus dedos; se vestía, aplicaba lápiz a sus hermosos labios frente a un espejo que le regaló uno de tantos amores, y salía a buscar comida al “mercadito” como llamaba la gente a la pulpería de Pekín.
La tía Pina, una mujer soltera y de mucho respeto en el barrio por su conducta intachable y su devoción al Corazón de Jesús, ya sabía lo que la mujer compraba: media libra de chorizos, dos huevos, cinco centavos de tiste, azúcar y en ocasiones un taco de jabón. Despachar a esta clienta no le tardaba ni cinco minutos, sin embargo, la venta llevaba consigo al menos veinte minutos de carcajadas.
—Muchacha, ¿te gustaría venir a rezar el rosario conmigo por la tarde?
—Me gustaría Niña Pina, puedo venir a las cuatro, porque después me baño y me arreglo. Tengo que trabajar a las seis de la tarde.
—Yo te espero. Respondió mientras le daba unas palmadas cariñosas en el hombro.
El mes de María, el mes de El Corazón de Jesús y la novena del Perpetuo Socorro, se rezaron en unos taburetes de cuero en aquella esquina. La Chepita, su sobrina, leía las oraciones y enseñaba el rosario bajo la férrea dirección de la matrona. Clientes y vendedores vieron con asombro aquellos momentos de espiritualidad y tradición cristiana.
Una mañana la tía Pina se encontraba en uno de los galerones de la venta donde se guardaban, apilados, aquellos enormes bloques de queso que llegaban de la Hacienda Cosigüina, disfrutando a la orilla de las brasas, una sabrosa taza de café de leche, cuando una comerciante se acercó a ella y le dijo:
—¡Caramba, Niña Pina…!
—¿Qué te pasa mujer? Preguntó mientras rompía con su único incisivo un trozo de queso seco.
—Usted es una señorita que todos en el barrio queremos y respetamos. Nadie puede levantarle una calumnia, ni mucho menos, señalarla de algo indebido. Sabemos que usted es muy trabajadora, visita la iglesia y ha sido padre y madre de los hijos de la Tulita que tanto sufrió con su enfermedad.
—¿Por qué me decís eso? Le dijo frunciendo el ceño y poniendo la taza de leche caliente a un lado del fogón.
—Usted recibe a esa mujer: la Negra Rosalía, todas las tardes y se queda sentada con ella en la acera de la venta. Sabemos que es una mujer de la vida, que su conducta no es de las mejores y no me gustaría que la gente comience a hablar mal de usted.
—¡Ay mujer! Exclamó pausadamente la aludida, levantándose del taburete para ir a atender la venta.
—Sí, Niña Pina. ¿No cree usted que la pueden criticar?
—Pues mirá niñá, decile a todos los que hablen de mí, que ese mal no se pasa… Respondió firmemente con el rosario colgando del cuello, mientras abría un enorme recipiente de aluminio donde guardaba los frijoles curados que le solicitaban en el momento.
La mujer salió por la puerta en silencio. La tía despachó al comprador, guardó las monedas en la enorme gaveta que salía del estante donde se exhibían los vasos con gofios y marquesotes. Tomó la toalla que colgaba del hombro para secar el sudor de su frente y, tranquilamente, se fue a terminar su desayuno.
Cuando murió la tía Pina, sobre su ataúd fue colocado un velo blanco por la asociación de Hijas de María del Santuario de nuestra señora de Guadalupe. Detrás, el barrio consternado lloraba con amargura la pérdida de una gran mujer. Muchos llevaban flores para adornar su sepultura. Las congregaciones parroquiales le brindaron los más emotivos discursos. Al final, con el maquillaje arruinado por las lágrimas, con un vestido floreado la Negra Rosalía y otras amigas del gremio, con el rosario en mano, acompañaban el cortejo. Caminaron hasta el cementerio sin importarle las miradas de los que suelen lanzar la primera piedra.
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