Mostrando entradas con la etiqueta relatos anecdóticos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos anecdóticos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de marzo de 2026

El apostolado de la tía Pina

Escritos en Nicaragua
presenta a



El apostolado de la tía Pina

Desde los catorce años la Negra Rosalía había vendido caricias en varias cantinas de la llamada Zona Roja de Chinandega. La hermosa morena de caderas anchas y piernas rollizas había dejado su juventud bailando con los necesitados de placer noche tras noche en aquellos pisos llenos de aserrín y colillas de cigarrillos las famosas canciones interpretadas por Leo Marini, Daniel Santos, Lucho Gatica y Bienvenido Granda. A las seis de la tarde llegaba al lupanar, aromada con la loción sin marca comprada a granel en un puesto ambulante cerca del mercado. Su baile, admirado por muchos, llegaba hasta el amanecer.

Al despertar cerca del mediodía, abría el zipper de su cartera negra gastada que mantenía escondida bajo una tinaja de barro, apartaba los billetes amarrados con una cinta de hule, y, sacaba varias monedas. Descolgaba un vestido floreado que mantenía detrás de la puerta, buscaba debajo de la tijera sus viejas chinelas Rolter amarillas que tenían marcado sus dedos; se vestía, aplicaba lápiz a sus hermosos labios frente a un espejo que le regaló uno de tantos amores, y salía a buscar comida al “mercadito” como llamaba la gente a la pulpería de Pekín.

La tía Pina, una mujer soltera y de mucho respeto en el barrio por su conducta intachable y su devoción al Corazón de Jesús, ya sabía lo que la mujer compraba: media libra de chorizos, dos huevos, cinco centavos de tiste, azúcar y en ocasiones un taco de jabón. Despachar a esta clienta no le tardaba ni cinco minutos, sin embargo, la venta llevaba consigo al menos veinte minutos de carcajadas.

—Muchacha, ¿te gustaría venir a rezar el rosario conmigo por la tarde?

—Me gustaría Niña Pina, puedo venir a las cuatro, porque después me baño y me arreglo. Tengo que trabajar a las seis de la tarde.

—Yo te espero. Respondió mientras le daba unas palmadas cariñosas en el hombro.

El mes de María, el mes de El Corazón de Jesús y la novena del Perpetuo Socorro, se rezaron en unos taburetes de cuero en aquella esquina. La Chepita, su sobrina, leía las oraciones y enseñaba el rosario bajo la férrea dirección de la matrona. Clientes y vendedores vieron con asombro aquellos momentos de espiritualidad y tradición cristiana. 

Una mañana la tía Pina se encontraba en uno de los galerones de la venta donde se guardaban, apilados, aquellos enormes bloques de queso que llegaban de la Hacienda Cosigüina, disfrutando a la orilla de las brasas, una sabrosa taza de café de leche, cuando una comerciante se acercó a ella y le dijo:

—¡Caramba, Niña Pina…!

—¿Qué te pasa mujer? Preguntó mientras rompía con su único incisivo un trozo de queso seco.

—Usted es una señorita que todos en el barrio queremos y respetamos. Nadie puede levantarle una calumnia, ni mucho menos, señalarla de algo indebido. Sabemos que usted es muy trabajadora, visita la iglesia y ha sido padre y madre de los hijos de la Tulita que tanto sufrió con su enfermedad.

—¿Por qué me decís eso? Le dijo frunciendo el ceño y poniendo la taza de leche caliente a un lado del fogón.

—Usted recibe a esa mujer: la Negra Rosalía, todas las tardes y se queda sentada con ella en la acera de la venta. Sabemos que es una mujer de la vida, que su conducta no es de las mejores y no me gustaría que la gente comience a hablar mal de usted.

—¡Ay mujer! Exclamó pausadamente la aludida, levantándose del taburete para ir a atender la venta.

—Sí, Niña Pina. ¿No cree usted que la pueden criticar?

—Pues mirá niñá, decile a todos los que hablen de mí, que ese mal no se pasa… Respondió firmemente con el rosario colgando del cuello, mientras abría un enorme recipiente de aluminio donde guardaba los frijoles curados que le solicitaban en el momento.

La mujer salió por la puerta en silencio. La tía despachó al comprador, guardó las monedas en la enorme gaveta que salía del estante donde se exhibían los vasos con gofios y marquesotes. Tomó la toalla que colgaba del hombro para secar el sudor de su frente y, tranquilamente, se fue a terminar su desayuno.

Cuando murió la tía Pina, sobre su ataúd fue colocado un velo blanco por la asociación de Hijas de María del Santuario de nuestra señora de Guadalupe. Detrás, el barrio consternado lloraba con amargura la pérdida de una gran mujer. Muchos llevaban flores para adornar su sepultura. Las congregaciones parroquiales le brindaron los más emotivos discursos. Al final, con el maquillaje arruinado por las lágrimas, con un vestido floreado la Negra Rosalía y otras amigas del gremio, con el rosario en mano, acompañaban el cortejo. Caminaron hasta el cementerio sin importarle las miradas de los que suelen lanzar la primera piedra.



******
Más publicaciones
de
Gerardo Gallo
(pulse aquí)

******
Escritos en Nicaragua

martes, 30 de diciembre de 2025

Yo también me orino

Escritos en Nicaragua
presenta a



Yo también me orino

Manuel de Jesús Aguirre, mi recordado Papa viejo, pasó su infancia y adolescencia en la ciudad de Granada, bajo la tutela de don Francisco Batres, un joyero famoso de la Gran Sultana. Después de dar primera Comunión en la Parroquia Santa Ana de Chinandega partió a esta ciudad con la esperanza de aprender un oficio y de asistir a la escuela. No solamente aprendió la orfebrería, también aprendió a cocinar pinol de iguana y a rezar el rosario. 

Antes del canto de los gallos, guardando el más profundo silencio, sin encender el candil que permanecía sobre una mesita de noche colmado de hollín, a tientas quitaba la tranca, que por muy pesada que fuese, no le dificultaba maniobrar en sigilo; recogía las sábanas haciendo una maleta que en ocasiones dejaba caer gotas de un líquido amarillo que secaba con los calcetines.

Se levantaba muy temprano con la esperanza de que su tutor no supiera, que sacaba sus sábanas meadas al patio para lavarlas y colgarlas a secar. El señor se extrañaba todos los días de ver aquellos trapos mojados en el tendedero.

— ¿Por qué lavas las sábanas todos los días Manuel?

— Don Chico, lo que sucede es que en el cuarto hay muchos jelepates que no me dejan dormir por las noches. 
— ¿Jelepates? Ha de ser que, al otro lado, tienen un gallinero.

— Eso ha de ser — Dijo el muchacho viendo hacia el suelo.

El señor mandó a regar kerosine mezclado con cal en todos los rincones de la casa, con el cuidado de aplicar suficiente en el cuarto del chavalo. Sin embargo, siguió viendo todas las mañanas las sábanas tendidas.

No conforme con la situación, don Chico se levantó muy temprano y descubrió que su pupilo sacaba la ropa de cama húmeda con unas manchas amarillas de aspecto geográfico para lavarlas, en secreto, antes de que él se despertara.

Queriendo darle una lección al meón, le dijo lo siguiente: 

— Manuel, mañana te levantás temprano para ir a la casa de Eugenio López detrás de la iglesia de Xalteva para que le comprés una carretada de carbón. Tenés que irte muy temprano porque ese es el mejor carbón que hay en Granada y se acaba rápido.

— ¡Sí señor! Dijo el negrito dispuesto a madrugar y cumplir con el mandato.

A la mañana siguiente, no le dio tiempo de sacar las sábanas, se levantó y en aquella oscurana se dirigió a cumplir la tarea encomendada. Don Chico mientras tanto, buscó la tranca de la puerta y, cual, si fuera una bandera, salió con los meados a la calle paseándose frente a la casa de una bella adolescente que todos los días conversaba con Manuel y, por lo visto, parecía que tenían una jalencia.

Casi se desmaya el joven cuando vio a Don Chico gritar en la calle:

— ¡Estas son las sábanas del meón…! ¡Estas son las sábanas del meón…!

Pasaron los días, el pobre chavalo tenía que saltar los cercos de la parte trasera de la casa para ir a la escuela o para ir a comprar los puros que tanto gustaba su maestro. Era tal la vergüenza, que regresaba y se escondía para que la joven dulce y amorosa con quien conversaba, no pudiera verlo. La muchacha lo buscaba, a pesar del incidente, pero le resultaba una tarea difícil, hasta que un día al doblar una esquina se encontraron cara a cara.

— ¡Manuel! Exclamó la joven que agitaba la cabeza meciendo unos colochos dorados.

— ¿Cómo estás? Preguntó el joven sin levantar la mirada 

— ¿Por qué te escondés? ¿Qué te hice para que no me quieras hablar?

— No me has hecho nada, lo que pasa es que me da pena que Don Chico haya sacado mis sábanas meadas a la calle para que vos las vieras.

— A mí no me importa eso no te preocupés.

— ¿De verdad?

— De verdad… Responde la niña bella.

— Yo siempre me hago pipí en la cama. Dijo él.

— No te preocupés Manuelito, no tengas pena, que yo también me orino…


******
Más publicaciones
de
Gerardo Gallo
(pulse aquí)

******
Escritos en Nicaragua