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El viaje de Isadora
| Isadora vivía con su loro en una ladera sonora, rodeada de cebras pintoras, espejos de oro, y guitarras que dormían entre zarzamoras. Vendía amapolas a señoras tejedoras, limonadas a actores, y botones brillantes a contadoras de historias. La visitaban pintores, doctores, profesores, y una florista con manos exploradoras. Una mañana, llegaron rumores: El bosque estaba lleno de cazadores, coleccionistas de relojes sin horas, y devoradores de palabras sanadoras. Los vecinos cerraron las puertas con cerrojo de cobre, los cantores silenciaron sus tambores, las escultoras escondieron sus obras, y hasta los faroles dejaron de alumbrar sus colores. Pero Isadora, con su loro y una brújula de oro, consultó a pastores, a forjadores, a juglares, y a lectoras de cartas rotas por errores. Preparó su morral con compases, brújulas y sabores, partió siguiendo una senda con huellas de pastoras, Entre torres cubiertas de musgos sonadores y árboles que hablaban con voces de oradores. En el pantano, encontró sapos con coronas, castores dormidos, peces con sombreros de colores, y un búho que le habló de secretos mayores. —Si buscas salvar tu aldea de los invasores, necesitas la campana que cuelga en las ruinas de las fundadoras, la que repica sólo al contacto de manos soñadoras, la que puede callar el miedo y disolver los rencores. Isadora cruzó ríos, montañas, temblores, se guio por luciérnagas danzantes, conversó con pastoras, bebió agua bendita que guardaban las cantoras. Finalmente, llegó al claro donde dormía la campana, entre piedras cubiertas de líquenes sonoros, y raíces que abrazaban cofres de antiguos tesoros. La tocó con fuerza, y el aire se llenó de rumores, retumbó en los oídos de los invasores, y en un instante… Desaparecieron entre sombras y temores. Brillaron las flores, las cocineras volvieron con sabores, los relojes recuperaron sus horas, y las niñas bailaron entre faroles y trenzadoras. Isadora regresó como heroína de trovadores, le cantaron poetas, granjeras y labradores, y su loro repitió, entre tambores: “¡No hay sombra que dure más que las soñadoras!” |


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