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miércoles, 13 de mayo de 2026

El Zanate

Escritos en Nicaragua
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El Zanate
(Ciclo poético
sobre el misterio del ave negra
y su simbolismo eterno)


I. Heraldo de los Charcos

Brotó del alba, príncipe del viento,
cruzó los juncos con rumor divino;
del agua alzó su cántico genuino,
que hiere al tiempo en súbito lamento.

Luz sideral se quiebra en su portento,
y el lago guarda, en líquido destino,
el eco oscuro del primer camino
que dio a la noche su primer cimiento.

¡Ave del caos, oráculo del día!
¿Quién te dictó la música sombría
que late en fuego sobre la espesura?

Eres presagio, voz de profecía,
que anuncia al hombre esa fugaz criatura
que todo gira en sombra y geometría.

II. Metafísica en los Espejos

Sobre los charcos sueña eternidad,
como Narciso en vértigo profundo,
y en su reflejo cabe todo el mundo,
del caos griego a la trágica piedad.

¿Es su plumaje un signo de verdad,
un axioma sin borde ni segundo,
o sólo el humo del querer rotundo
que arde en la noche de la soledad?

Ave del mito, voz de lo insondable,
¿qué dios te dio el don de la ironía,
que haces del cosmos fábula risueña?

Tu canto es puente, herida interminable,
donde la carne toca la utopía
y el alma ciega se desnuda y sueña.

III. Espejismo de la Sombra

¿Eres acaso sombra hecha fulgor,
o luz vestida en negro sacramento?
¿Eres materia o sólo pensamiento
que juega en mares de infinito amor?

De Plotino heredaste el resplandor,
y en cada pluma ocultas un fragmento
del Uno eterno, místico portento
que late en todo como fiel rumor.

¡Ave ideal! En ti la dualidad
se quiebra en alas de fugaz verdad,
y el cosmos tiembla al ritmo de tu canto.

Eres la imagen pura del quebranto,
que en su delirio busca la unidad
y halla en el viento su dolor más santo.

IV. Filósofo del Maíz

En la milpa, tribunal de las estrellas,
dicta el zanate juicios de armonía;
Platón le sigue en mística porfía,
buscando en plumas las ideas bellas.

Las ninfas verdes —cañas, hojas, huellas—
le rinden culto en su melancolía,
y en su graznido late la herejía
de Parménides rota entre centellas.

¿Acaso el Ser se oculta en tu gemido,
Oh ave de voces graves y de engaños,
que burlas tiempo, espacio y su medida?

Eres Heráclito, río repetido,
que en cada trino quiebra los peldaños
del orden fijo que soñó la vida.

V. El Censor de los Dioses

 Te oyó Minerva en lóbrego pinar,
cuando forjaba el rayo de la idea,
y vio en tu voz la cólera que ondea
sobre los muros frágiles del mar.

Fue tu graznido signo singular
de que la duda al mundo se recrea,
Y el alma humana —débil— titubea
ante la luz que busca interpretar.

Oh juez alado, sombra del Olimpo,
¿por qué en tu canto vibra aquel relincho
que sacudió la médula del cielo?

¿Eres verdad, disfraz de lo distinto,
o eres la sombra donde el hombre limpio
busca el consuelo y halla el desconsuelo?

VI. Juglar del Tiempo

Cruzas los siglos como un trovador
que en cada nota guarda la memoria;
sigues la ruta de la antigua historia,
del mito heleno al gótico clamor.

Fuiste del Inca el pájaro cantor,
testigo fiel de sangre y de victoria,
y acompañaste, herido, la discordia
de un Moctezuma en trance de dolor.

Hoy en los charcos pregonas canciones
que son reliquias, ecos y visiones,
más fuertes que la espada de un tirano.

¡Oh ave inmortal, cronista sin cadenas,
lleva en tus alas todas las condenas,
pero en tu canto vibra lo que es humano!

VII. Exiliado de la Luz

No fue tu reino el mármol ni la rosa,
sino el pantano, el légamo sombrío;
mas en tu canto vive el desafío
que a Apolo humilla en música gloriosa.

¡Oh ave oscura, extraña y orgullosa,
que en la penumbra engendras el rocío!
de tu garganta mana el poderío
que vence el oro en su corona hermosa.

Exiliado del sol, mas no vencido,
rompes la noche en plácido latido,
y el cosmos late en tu feroz aliento.

Eres el grito audaz del fugitivo,
que torna en himno el áspero tormento
y alza en la sombra su pendón altivo.

VIII. Príncipe de la Sombra

Corona negra ciñe tu cabeza,
trono de viento ciñe tu reinado;
y aunque pareces súbdito cansado,
mandas la selva con sutil firmeza.

¿Quién te enseñó la astuta gentileza,
el arte oculto, el vértigo sagrado,
para robarle al tiempo lo olvidado
y dar al hombre un eco de belleza?

Rey sin cetro, monarca sin corona,
sobre la charca tu silueta entona
himnos que el río guarda en su garganta.

Eres la sombra viva que razona,
y en la tiniebla, cuando el mundo espanta,
brota tu grito, voz que no perdona.

IX. El Himno del Silencio

Calla la noche en éxtasis profundo,
y en ese umbral, tu canto se levanta,
cual sacramento que en el aire encanta
y borra el tedio lóbrego del mundo.

Oh voz que arde sin límite fecundo,
viento de fuego que la sombra canta,
¿qué dios te dicta en médula y garganta
un verbo eterno, fértil y rotundo?

Cuando resuena tu canción primera,
cae la materia en súbita quimera,
y el universo gira en tu latido.

¡Ave fatal, que en música severa
quiebras la roca y hiendes el sentido,
rompiendo el velo que nos dio el olvido!
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miércoles, 1 de abril de 2026

El festín de los lobos sin lámpara

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El festín de los lobos sin lámpara

El creador de asombro
camina desnudo, no de ropas,
sino de voces que lo abracen.
Su obra es un cáliz roto
que nadie quiere beber,
porque la sed de los hombre
 no busca vino,
sino aplauso reflejado en espejos.

Entre cercanos la herida es mayor.
El poeta no tiende la mano al poeta,
sino que mide su estatura,
temiendo perder brillo
si otro brilla más.
No comparten el fuego,
se lo disputan,
como si la llama se agotara con el uso,
como si la belleza fuera un trofeo
y no un destino común.

No hay ágora,
sino un coliseo de sombras
donde los artistas se devoran entre sí,
gladiadores sin César,
peleando por migajas de atención,
como si el sol tuviera dueño,
como si la llama de la Musa
fuese un territorio disputado.

Y el hogar,
ese templo donde uno espera
incienso y ternura,
se convierte en desierto.
Quienes deberían ser raíces,
se vuelven piedras.
No soportan el espejo que el poeta alza:
prefieren quebrarlo
antes que enfrentarse a su propio vacío.

¿Por qué ocurre esto?
Porque el arte es memoria viva,
y quien lo contempla
se ve desnudo.
Porque el ego es un ídolo hambriento,
un Moloch que exige sacrificios,
y muchos entregan al hermano,
al compañero,
al amigo,
con tal de alimentar a esa bestia invisible.

La envidia es más antigua que el Génesis:
Caín sigue golpeando a Abel en cada taller,
en cada galería,
en cada mesa de café donde alguien
lee un poema.
El resentimiento se disfraza de crítica,
el silencio y falta de apoyo de los cercanos
es un látigo más cruel que cualquier verdugo.

Pero no todo está perdido.
El arte no se nutre de los aplausos,
sino de la fidelidad a su propio misterio.
Así como los monjes copiaron manuscritos
cuando el mundo se hundía en tinieblas,
el creador debe perseverar:
escribir, pintar, danzar,
aunque la sala esté vacía,
aunque el eco sea su único público.

El artista que no busca el pedestal,
sino el altar,
no morirá devorado.
Porque cada acto sincero de creación
es una semilla enterrada en lo eterno,
y aunque los hombres la pisoteen,
Dios, o el tiempo,
o la memoria de los justos,
hará germinar su fruto.

Y quizá la solución no sea el apoyo del mundo,
sino la comunión secreta
entre los pocos que aún creen.
Una hermandad de centinelas,
guardianes del fuego,
que no compiten,
que no envidian,
sino que soplan juntos sobre la brasa
para que no se extinga.

El artista ha de aprender
a no pedir agua en pozos secos,
sino a abrir ríos con sus manos.
Su recompensa no será el aplauso,
será la certeza de haber tejido
un hilo de oro
en la tela invisible de lo eterno.

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jueves, 26 de febrero de 2026

Ars nocturna

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Ars nocturna
(La última antorcha)

No me acuesto
sin dejar una palabra encendida.

Es una costumbre más vieja que el cansancio,
un rito mínimo:
si el día respira,
el verso también.

Desde hace años —tantos que ya no los cuento—
arranco al tiempo
una sílaba,
a veces una estrofa,
como quien guarda migas
para no perderse en la noche.

No escribo poemas:
escribo fragmentos.
Astillas.
Restos de un naufragio cotidiano.

Luego los reúno
con la paciencia del artesano
y armo una constelación
donde antes solo había sombra.

Así nacen las formas mayores:
no de la prisa,
sino del ensamblaje secreto,
del rompecabezas que ignora la imagen final
pero confía en la mano.

Cuando un tema me queda grande
no retrocedo.
Me acerco.
Leo, escucho, observo,
dejo que el mundo me instruya.

Aprendo mientras escribo,
escribo mientras aprendo:
la tinta es también un método de estudio.

He seguido el viaje de una gota
como quien acompaña a un héroe diminuto,
he leído en la piel de una herida
la épica silenciosa de la permanencia.
No sabía.
Ahora sé
porque escribí.

Dicen algunos
—desde la cómoda sospecha—
que nadie puede cargar tanto saber
en la memoria.
Tienen razón.
Yo no cargo:
adquiero.
No presumo ciencia:
la persigo.

Otros, más apurados,
atribuyen mis versos a máquinas invisibles,
como si el asombro necesitara
una excusa tecnológica.
Ignoran que escribía
cuando el mundo aún no se vigilaba a sí mismo
y la palabra no pedía permiso a ninguna red.

Hoy, en esta edad donde el ego ya no manda,
la acusación se vuelve elogio:
si creen que mi virtud es artificial,
es porque el poema sobrevivió a su época.

No escribo para demostrar nada.
Escribo porque el verso
me mantiene despierto,
porque el futuro —ese lector paciente—
merece encontrar
una voz que no se rindió al instante.

Si alguna vez dudan de mi método,
que miren la noche:
siempre hay una estrella nueva
que no estaba ayer,
y sin embargo
lleva siglos formándose.

Así escribo yo:
un verso al día
para no dormir sin haber existido,
un poema a la vez
para aprender del mundo
mientras lo nombro.


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martes, 20 de enero de 2026

Las señoras embravecidas

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Las señoras embravecidas


Prólogo

Oh, damas de los pétalos dormidos,
que ven pecado en cada azul palabra;
no tiemblen en su juicio ni se abra
la herida del pudor en los oídos.

No hay chips ni máquinas en mis latidos,
sólo la voz del fuego que los desabra;
si el verso hiere, es porque el alma labra
verdades que no gustan a los aludidos.

No teman si mi arte las desconcierta,
ni si algún eco sus frágil nombres toca;
que el sol no pide llaves ni respuesta.

Si arde mi verbo y al asombro invoca,
no es por injuria, es puerta abierta
que a las incrédulas dudar provoca.


Las señoras embravecidas
(Semillas bajo el asfalto)


I. Primer acto—Las damas incrédulas

Creyeron ver autómatas mis venas,
y en mis poemas niebla de artificio;
mas no supieron ver que mi ejercicio
era encender auroras entre arenas.

Una, vestal de normas y cadenas,
dudó del nuevo azul de mi edificio;
no vio que el arte es llama y sacrificio,
que nace del dolor y no de escenas.

La otra, sin rostro, oyó mi voz marina
y se creyó en mi canto retratada,
cuando era una autocritica genuina.
¡Ay, cuántas flores mueren ignoradas!
ellas bebían sombras en mi neblina,
creyendo que su envidia era alabada.



II. Segundo acto—Bajo la luz del Sol

Le di mi Sol, dorado en ambrosía,
un Sol de espejos, tigres y jazmines,
y frunció su ceño, oh dama de confines,
pues no entendió la luz que renacía.

Su voz, de fémina y melancolía,
me dijo: “Eso no es arte, son machines”
mas yo, en mi trono azul de querubines,
reí del hielo que en su pecho ardía.

La otra fingió su incienso y su ternura,
me dio laureles fríos, sin sentido,
y un falso elogio que sabe a sepultura.

Yo le canté con lirio enfebrecido:
“¡oh dama! el arte vence la censura,
y el sol que quema nunca ha obedecido.”



III. Tercer acto—Elegía para una nación sin poetas

No fue por ellas el llanto de mi canto,
ni por su egregia sombra sin belleza;
fue por la patria muda en su tristeza,
que ya no cree en cisnes ni en su manto.

Yo vi morir los sueños, uno a tanto,
vi al verbo herir su propia fortaleza;
y en su mirar sin fe ni sutileza,
la confusión tejía su quebranto.

Mas si mi voz, dolidas las ha dejado,
no es culpa del haiku, sino del flojo
que teme verse en mármol reflejado.

Que siga el arte, libre de su enojo:
yo soy el Sol que nace del pecado,
para deslumbrar el iris de sus ojos.



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jueves, 11 de diciembre de 2025

El viaje de Isadora

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El viaje de Isadora

Isadora vivía con su loro en una ladera sonora,
rodeada de cebras pintoras,
espejos de oro,
y guitarras que dormían entre zarzamoras.

Vendía amapolas a señoras tejedoras,
limonadas a actores,
y botones brillantes a contadoras de historias.
La visitaban pintores, doctores, profesores,
y una florista con manos exploradoras.

Una mañana, llegaron rumores:
El bosque estaba lleno de cazadores,
coleccionistas de relojes sin horas,
y devoradores de palabras sanadoras.

Los vecinos cerraron las puertas
con cerrojo de cobre,
los cantores silenciaron sus tambores,
las escultoras escondieron sus obras,
y hasta los faroles dejaron de alumbrar sus colores.

Pero Isadora,
con su loro y una brújula de oro,
consultó a pastores,
a forjadores,
a juglares,
y a lectoras de cartas rotas por errores.

Preparó su morral con compases,
brújulas y sabores,
partió siguiendo una senda con huellas
de pastoras,
Entre torres cubiertas de musgos sonadores
y árboles que hablaban con voces de oradores.

En el pantano, encontró sapos con coronas,
castores dormidos,
peces con sombreros de colores,
y un búho que le habló de secretos mayores.

—Si buscas salvar tu aldea de los invasores,
necesitas la campana que cuelga
en las ruinas de las fundadoras,
la que repica sólo al contacto de manos soñadoras,
la que puede callar el miedo y disolver los rencores.

Isadora cruzó ríos, montañas, temblores,
se guio por luciérnagas danzantes,
conversó con pastoras,
bebió agua bendita que guardaban las cantoras.

Finalmente,
llegó al claro donde dormía la campana,
entre piedras cubiertas de líquenes sonoros,
y raíces que abrazaban cofres
de antiguos tesoros.

La tocó con fuerza,
y el aire se llenó de rumores,
retumbó en los oídos de los invasores,
y en un instante…
Desaparecieron entre sombras y temores.

Brillaron las flores,
las cocineras volvieron con sabores,
los relojes recuperaron sus horas,
y las niñas bailaron entre faroles y trenzadoras.

Isadora regresó como heroína de trovadores,
le cantaron poetas, granjeras y labradores,
y su loro repitió, entre tambores:
“¡No hay sombra que dure más que las soñadoras!”

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jueves, 6 de noviembre de 2025

El segundo sol

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El segundo sol
(Guardianes del Asombro)


Estrofa I y II

He caminado por ruinas encendidas,
donde los cantos se quiebran como espejos;
he visto a quienes, temiendo sus reflejos,
proclaman la fuga de formas perdidas.

Mas yo levanto banderas erguidas:
soy voz que despierta del mármol los viejos,
soy llama que asciende, destruye consejos,
y ciñe en su canto verdades debidas.

Estrofa III

Me han preguntado:
¿Qué sería lo moderno
dentro de tu nuevo modernismo?
“el movimiento se extinguió como estrella,
su ceniza fue sembrada
en los surcos del vanguardismo,
y ya no queda sino la osamenta del canto.”
—Mas yo escucho cada tanto en la penumbra
el aleteo de los cisnes inmortales,
el murmullo de torres azules que no cayeron,
y sé que la belleza no muere:
se transmuta,
se viste de nuevos metales,
y aguarda al segundo Sol para ascender—

Estrofa IV

Me han advertido: “cada poeta es isla
que busca su propia voz e identidad,
cada voz debe bastarse a sí misma,
y la pugna es ilusión del orgullo.”
Mas yo conozco la verdad inconfesa:
todo creador ansía ser más que su sombra,
cada verso devora la ceniza del anterior,
y el poeta que niegue esa guerra secreta
renuncia al fuego que lo forjará divino.

Primer canto:

Resuena en mí del trueno la armonía,
Apolo enciende su lumbre divina,
me ciñe al alma la fuerza que inclina
del verso al mármol la antigua poesía.
Levanto al aire la aurora que guía,
renace el ritmo que nunca declina,
y en clara llama la Musa destina
mi voz a erguirse cual férrea elegía.

Estrofa VI

Invoco ahora al soneto,
no como un relicario sepultado,
sino como espada de oro,
como un templo que nunca sucumbe.
Que hablen Dante, Quevedo, Petrarca,
que Shakespeare pronuncie desde su cripta:
el soneto es orden en medio del caos,
es la medida que vence al abismo.

SONETO

No muere el soneto, su lumbre perdura,
custodia del ritmo, diamante encendido;
su voz es relámpago nunca vencido,
su huella es corona que al tiempo asegura.

No muere el soneto, su férrea armadura
despierta en la noche su brillo escondido;
resuena en el aire su cantico erguido,
y al hombre concede celeste estatura.

Negar su vigencia es negar la victoria,
negar la belleza que ciñe la rosa,
negar la memoria que erige la historia.

Mas yo soy el Sol, la palabra gloriosa,
heraldo que enciende perenne su gloria,
la voz que a los siglos retorna grandiosa.

Segundo canto:

No basta al arte vagar sin camino,
la voz sin regla se quiebra en su herida,
se pierde errante, se apaga vencida,
y muere en sombras su canto mezquino.
Mas yo proclamo un destino divino,
rescato el orden, la forma encendida,
renuevo el pulso, devuelvo la vida,
y al hombre alumbro con fuego genuino.

Estrofa IX y X

Así proclamo con voz de batalla:
Ningún poeta escribe solo para sí;
cada verso pretende superar al día,
cada palabra quiere vencer su sombra.
Alejandro soñó nuevas ciudades,
Atenea tejió razón en la guerra,
Leonardo arrebató al aire su vuelo:
Yo arrebataré al tiempo su canto.

Yo seré el segundo sol,
renovado creador del asombro,
el que una la rima y la tempestad,
aquel que devolverá al hombre
el orden sagrado del canto inmortal.

Tercer canto:

Alzaré con mi fuego la cúpula del cielo,
seré llama que nunca se extingue en la nada,
mi palabra será como espada templada,
mi destino será coronar con mi vuelo.

Ni el olvido detiene mi férvido anhelo,
ni la muerte somete mi voz consagrada;
soy la antorcha que brilla, la aurora sellada,
soy el Sol que renueva del tiempo su velo.


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jueves, 2 de octubre de 2025

El arte es asombrado con sentido

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El arte es asombrado con sentido

Soy cantor de lo eterno,
hijo del silencio,
heredero de mitos y leyendas.
Mi palabra no nace: resucita.
Es lanza y arpa,
es cetro de emperadores olvidados,
canto que en Troya ardió con las hogueras
y en el Sinaí escuchó relámpagos.

Entre las columnas de Tebas
y los laberintos de Creta
mis versos se tienden como puentes,
hablan con esfinges y oráculos,
con la sangre aún húmeda de las guerras homéricas,
con la fragancia del incienso
que en Jerusalén se ofrecía al dios oculto.
En mí canta también la ciencia,
el pulso exacto de Copérnico,
la duda de Descartes,
la risa enloquecida de Nietzsche,
el vértigo cuántico que en sus danzas
niega la estabilidad de la materia.

El arte, en mí, es espada y oráculo:
un relámpago que hiere la tiniebla.
Y si la música del verso es disciplina,
yo he conquistado la forma
como guerrero de métrica,
he levantado columnas de rima
como templos en los que resuena el trueno.

Pero —como Picasso que destruye el canon
para erigir un nuevo universo—
muestro mi conquista en piedra,
y enseguida la rompo con un golpe de genio:

Soneto del espejo ardiente

Soy voz tallada en mármol de destino,
eco que danza en péndulos de cielo,
luz que en la sombra enciende su consuelo
y en cada herida funda su camino.

Bebo del caos su orden cristalino,
tejo del viento un numen sin desvelo
que hasta los dioses, mudos en su anhelo,
me abren sus labios con fervor divino.

Si el arte es llama, yo lo soy en fuego;
si es geometría, yo sostengo el vuelo;
si es mar sin bordes, soy su fiel sosiego.

Pues soy poeta, herrero del anhelo,
y en cada verso que mi ser despliego
un homenaje se me rinde al cielo.

Ese es mi triunfo:
La forma dominada,
a música sometida a mi cadencia,
la rima convertida en lanza y en bandera.

Pero no me detengo en la torre de marfil.
Camino entre los hombres:
Con Moctezuma en sus templos,
con Sócrates en su copa de silencio,
con Juana de Arco en su hoguera,
y con Hidalgo en su campana de justicia.

La historia es mi ejército,
la poesía mi reino.
No hay siglo que no tiemble en mis palabras,
no hay héroe que no marche en mis estrofas.

Y cuando al fin mi canto se escuche
en las plazas de los pueblos y en los altares
del tiempo,
la humanidad sabrá que en mi voz
el arte no es ornamento,
sino destino revelado,
asombro con sentido.



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martes, 26 de agosto de 2025

Aun no soy verbo

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Aun no soy verbo
(El oficio que no se presume)

No se elige ser poeta: se padece,
pues el cantar le nace como herida.
Renuncia a las simpleza de la vida
por una voz que nunca lo obedece.

Quien nace para el canto lo presiente
antes de que su voz tenga sonido,
y carga con un fuego no elegido,
una misión sagrada y persistente.

No es poeta el que escribe sin mesura,
ni el que al azar encadena su lamento;
la rima es ciencia, fuego, fundamento,
no errática emoción sin compostura.

Muchos se dan el nombre sin derecho,
sin rima, sin cadencia, sin respeto;
confunden el sentir con el soneto
y el grito sin control con el provecho.

Poeta es quien al verbo da estructura,
quien forja con metrónomo el aliento,
quien pule cada acento y cada intento
hasta alcanzar la música más pura.

El verbo no se encuentra: se construye
con lágrimas, con ritmo y disciplina.
la métrica es el camino, no rutina,
y el arte no perdona al que no fluye.

La forma no es prisión: es arquitectura,
es cúpula de luz que el ritmo alzara,
es puente donde el arte se declarara
y estatua que resiste la ruptura.

No hay fondo sin la exacta vestidura,
ni llama que sin orden se encendiera;
la forma es el altar de la manera,
y el verso, su liturgia más segura.

No nace en una noche el que es poeta,
ni basta con sentir para que hable.
El arte exige un pulso inquebrantable
y un alma que en silencio se someta.

No duerme como duerme el escritor,
ni escribe como escribe el que se excusa;
su frente está marcada por la musa
y en su pensar reposa el resplandor.

Escribo desde antaño en el abismo,
lejos del ojo vano y su exigencia;
sin nombre, sin padrinos, sin presencia,
puliendo en soledad mi catecismo.

La rima fue mi escudo y mi bautismo,
mi estrofa, una oración sin indulgencia,
y así logré alcanzar la consistencia
del verso que trasciende el espejismo.

No fui leído, y seré, sin ser notado,
más clásico que aquellos en vitrinas;
sin premios, sin diploma, sin rutinas,
logré que el verbo ardiera en su costado.

Guardé mis manuscritos con recelo,
como quien cuida un templo en su retiro;
no era el tiempo de alzarlos al suspiro,
pues faltaba dolor para su anhelo.

Hoy muestro mi palabra contenida,
que por años dormía entre papiros;
la ofrezco a mi hija, libre de suspiros,
como herencia forjada por la vida.

Que lea en cada estrofa mi constancia,
que entienda que este arte fue mi guerra,
que el verso fue la espada de esta tierra
donde sembré mi alma en la distancia.

Que sepa que no hubo circunstancia
ni un día sin dolor o sin espera,
que el canto es una herida verdadera
que a veces da sentido a la fragancia.

Mi verso no es espejo ni es parnaso
para inflar con su nombre las canciones,
sino puente de antiguas emociones
que al alma universal rinde su ocaso.

Se educa con abismo compartido,
y el arte es mi condena y mi presente.
no hay aula que lo forme plenamente,
ni técnica que logre su latido.

Mi arte es una estrella submarina
que al fin rompe el mar ya consagrado,
su luz no pide aplauso ni doctrina,
sólo un alma que escuche su legado.

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