martes, 30 de diciembre de 2025

Yo también me orino

Escritos en Nicaragua
presenta a



Yo también me orino

Manuel de Jesús Aguirre, mi recordado Papa viejo, pasó su infancia y adolescencia en la ciudad de Granada, bajo la tutela de don Francisco Batres, un joyero famoso de la Gran Sultana. Después de dar primera Comunión en la Parroquia Santa Ana de Chinandega partió a esta ciudad con la esperanza de aprender un oficio y de asistir a la escuela. No solamente aprendió la orfebrería, también aprendió a cocinar pinol de iguana y a rezar el rosario. 

Antes del canto de los gallos, guardando el más profundo silencio, sin encender el candil que permanecía sobre una mesita de noche colmado de hollín, a tientas quitaba la tranca, que por muy pesada que fuese, no le dificultaba maniobrar en sigilo; recogía las sábanas haciendo una maleta que en ocasiones dejaba caer gotas de un líquido amarillo que secaba con los calcetines.

Se levantaba muy temprano con la esperanza de que su tutor no supiera, que sacaba sus sábanas meadas al patio para lavarlas y colgarlas a secar. El señor se extrañaba todos los días de ver aquellos trapos mojados en el tendedero.

— ¿Por qué lavas las sábanas todos los días Manuel?

— Don Chico, lo que sucede es que en el cuarto hay muchos jelepates que no me dejan dormir por las noches. 
— ¿Jelepates? Ha de ser que, al otro lado, tienen un gallinero.

— Eso ha de ser — Dijo el muchacho viendo hacia el suelo.

El señor mandó a regar kerosine mezclado con cal en todos los rincones de la casa, con el cuidado de aplicar suficiente en el cuarto del chavalo. Sin embargo, siguió viendo todas las mañanas las sábanas tendidas.

No conforme con la situación, don Chico se levantó muy temprano y descubrió que su pupilo sacaba la ropa de cama húmeda con unas manchas amarillas de aspecto geográfico para lavarlas, en secreto, antes de que él se despertara.

Queriendo darle una lección al meón, le dijo lo siguiente: 

— Manuel, mañana te levantás temprano para ir a la casa de Eugenio López detrás de la iglesia de Xalteva para que le comprés una carretada de carbón. Tenés que irte muy temprano porque ese es el mejor carbón que hay en Granada y se acaba rápido.

— ¡Sí señor! Dijo el negrito dispuesto a madrugar y cumplir con el mandato.

A la mañana siguiente, no le dio tiempo de sacar las sábanas, se levantó y en aquella oscurana se dirigió a cumplir la tarea encomendada. Don Chico mientras tanto, buscó la tranca de la puerta y, cual, si fuera una bandera, salió con los meados a la calle paseándose frente a la casa de una bella adolescente que todos los días conversaba con Manuel y, por lo visto, parecía que tenían una jalencia.

Casi se desmaya el joven cuando vio a Don Chico gritar en la calle:

— ¡Estas son las sábanas del meón…! ¡Estas son las sábanas del meón…!

Pasaron los días, el pobre chavalo tenía que saltar los cercos de la parte trasera de la casa para ir a la escuela o para ir a comprar los puros que tanto gustaba su maestro. Era tal la vergüenza, que regresaba y se escondía para que la joven dulce y amorosa con quien conversaba, no pudiera verlo. La muchacha lo buscaba, a pesar del incidente, pero le resultaba una tarea difícil, hasta que un día al doblar una esquina se encontraron cara a cara.

— ¡Manuel! Exclamó la joven que agitaba la cabeza meciendo unos colochos dorados.

— ¿Cómo estás? Preguntó el joven sin levantar la mirada 

— ¿Por qué te escondés? ¿Qué te hice para que no me quieras hablar?

— No me has hecho nada, lo que pasa es que me da pena que Don Chico haya sacado mis sábanas meadas a la calle para que vos las vieras.

— A mí no me importa eso no te preocupés.

— ¿De verdad?

— De verdad… Responde la niña bella.

— Yo siempre me hago pipí en la cama. Dijo él.

— No te preocupés Manuelito, no tengas pena, que yo también me orino…


******
Más publicaciones
de
Gerardo Gallo
(pulse aquí)

******
Escritos en Nicaragua

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente, Bro..tu amigo calderwood

Anónimo dijo...

Buen relato y una buena táctica para los que se orinan