jueves, 26 de febrero de 2026

Ars nocturna

Escritos en Nicaragua
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Ars nocturna
(La última antorcha)

No me acuesto
sin dejar una palabra encendida.

Es una costumbre más vieja que el cansancio,
un rito mínimo:
si el día respira,
el verso también.

Desde hace años —tantos que ya no los cuento—
arranco al tiempo
una sílaba,
a veces una estrofa,
como quien guarda migas
para no perderse en la noche.

No escribo poemas:
escribo fragmentos.
Astillas.
Restos de un naufragio cotidiano.

Luego los reúno
con la paciencia del artesano
y armo una constelación
donde antes solo había sombra.

Así nacen las formas mayores:
no de la prisa,
sino del ensamblaje secreto,
del rompecabezas que ignora la imagen final
pero confía en la mano.

Cuando un tema me queda grande
no retrocedo.
Me acerco.
Leo, escucho, observo,
dejo que el mundo me instruya.

Aprendo mientras escribo,
escribo mientras aprendo:
la tinta es también un método de estudio.

He seguido el viaje de una gota
como quien acompaña a un héroe diminuto,
he leído en la piel de una herida
la épica silenciosa de la permanencia.
No sabía.
Ahora sé
porque escribí.

Dicen algunos
—desde la cómoda sospecha—
que nadie puede cargar tanto saber
en la memoria.
Tienen razón.
Yo no cargo:
adquiero.
No presumo ciencia:
la persigo.

Otros, más apurados,
atribuyen mis versos a máquinas invisibles,
como si el asombro necesitara
una excusa tecnológica.
Ignoran que escribía
cuando el mundo aún no se vigilaba a sí mismo
y la palabra no pedía permiso a ninguna red.

Hoy, en esta edad donde el ego ya no manda,
la acusación se vuelve elogio:
si creen que mi virtud es artificial,
es porque el poema sobrevivió a su época.

No escribo para demostrar nada.
Escribo porque el verso
me mantiene despierto,
porque el futuro —ese lector paciente—
merece encontrar
una voz que no se rindió al instante.

Si alguna vez dudan de mi método,
que miren la noche:
siempre hay una estrella nueva
que no estaba ayer,
y sin embargo
lleva siglos formándose.

Así escribo yo:
un verso al día
para no dormir sin haber existido,
un poema a la vez
para aprender del mundo
mientras lo nombro.


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