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Naufragio
I Esa madrugada José Ángel posó sobre su cabeza un remendado quepis de capitán reunió a su mujer, hijos y mejores amigos necesitaba de sus latidos para reventar las olas que tienen la reputación de brindar bofetadas de sal y exigir lágrimas a cambio. La mayoría son adultos que visualizan los juguetes que tendrán los hijos de José Ángel al llegar a su destino y ansían también jugar con ellos. Zarparon como algas llevadas por la corriente. El sol ocupó su puesto respectivo y estropeó el raquítico sueño que tenían, José Ángel gritaba como una urraca que anuncia: «Hay que nadar y caminar con agua a las rodillas salir a tiempo a la arena antes que la migración aparezca». II Sin mapa, ni gps, ni comandante en jefe vistiendo verde olivo con hambre acumulada de seis días y sus noches y la sed de un Jesús postrado en la cruz se han dado cuenta que han pasado 90 millas de mar. A lo lejos se veía lo cerca que estaban de llegar. Ese mediodía conocí a José Ángel y a su tripulación, lo invité a una colada cubana y un marlboro en una playa de Florida me contó de su viaje mientras las lágrimas endulzaban su café y sus hijos colocaron una banderita en su primer castillo de arena en esta nación. a los migrantes cubanos. |



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