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lunes, 24 de marzo de 2025

¡Cuánto te amamos, tía Lory!


Escritos en Nicaragua
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¡Cuánto te amamos, tía Lory!

Vi a mi madre que, con alegría, sostenía en su mano la carta que esa mañana le habían llegado a dejar del correo. Era el de la tía Lory, aquella prima lejana, quien emigró al Gran Norte siendo apenas una adolescente, cuando en el puerto de Terebinto, uno de los oficiales de un acorazado que durante un mes estuvo en visita de buena voluntad, se enamoró sin remedio de ella. Aquel marino profesional no perdió tiempo e hizo arreglar sus papeles, mandándola a traer un mes después que el buque había partido.

En la familia, a grandes pinceladas, todos conocíamos la historia —¿o leyenda ya? — de la tía Lory. Sí, aquella joven de las fotos borrosas y en color sepia en donde se veía una morena altiva, con un rostro que evocaba a una Sophia Loren en sus tiempos más sazones. Ella enviaba a mi madre una carta, acaso cada tres o cinco años.

Según decía mamá, la suerte de la tía Lory había sido única en su género. Además del dinero en abundancia que ella disponía, originado por el conveniente casamiento con un grannorteño de abundantísimos recursos, con quien al final ella recaló como su esposa, ella también se había encumbrado en aquella rígida y acartonada sociedad de la costa este, en donde Rudy, su marido, de quien recién enviudó, fue el accionista principal de un periódico muy reconocido.

Hablar de la tía Lory en la casa de mi madre, era como filosofar sobre el tema de la abundancia máxima y sus mecanismos para conseguirla. Sus cartas hablaban de viajes a destinos fabulosos, de joyas de Tiffany´s; de fiestas de inimaginable grandeza y boato. Ella era aquella pariente rica que logró el sueño grannorteño; la que llegó muy alto por su elegancia, por su distinción, por su criolla inteligencia innata; por saber estar allí donde había que estar; por haber parido y sabido criar a unos hijos modelo. “Y claro…” —afirmaba mi madre— “eso tuvo su recompensa; la tía Lory vive ahora la cosecha de tanta abundancia y de buen vivir”.

La tía Lory, una figura que representaba tantas cosas buenas, un inigualable modelo a seguir; se dignaba a venir a pasar unos días a Ciudad Agrícola, alojándose en la casa de mi madre. “Me voy a agasajar en ocasión de mis setenta calendarios…vividos con tanta gloria”, pude leer en un párrafo de aquella carta perfumada y con letra tan preciosista.

El día que mi madre tanto ansiaba, por fin llegó. La llevé al aeropuerto para ir a recoger a la querida tía Lory. Claro que sí, fue en la camioneta y no en carro, porque, según mi mamá, ella debía traer varias maletas…cargadas de regalos para todos.

“Seguro que trae obsequios de la tienda Neiman Marcus”, aseguró mi madre. “Me cuenta que solo allí compra, que no va a otra cadena de almacenes más que esa. Debe venir con varias de esas cremas de quinientos dólares…es que la Lory se mima tanto…”, concluyó con una sonrisa.

Por supuesto. Pagamos el salón VIP del aeropuerto. No podíamos desentonar. No teníamos excusa para reparar en atenciones a alguien de ese calibre.

Vimos entrar al salón VIP, acompañada de un oficial administrativo, a la mítica tía Lory. Memoro su porte garboso, su figura espigada; sus gestos estudiados de maniquí, su caminado de estudio, al que no le habían quitado un ápice de su elegancia los naturales estragos de la implacable biología. Trajo solo una maleta tipo carry-on y una diminuta cartera roja escarlata de Louis Vuitton.

“Claro. Es que, acostumbrada a tanto viajar, sabe que andar liviano es lo mejor”, justificó mi madre. “A veces eso de cargar tantos calaches, es bastante incómodo”, aseveró.

Llegamos a Ciudad Agrícola. Nos sorprendió que la tía Lory apenas sí comía. Prefirió unas microtajadas de sandía, un trocito de melón y un banano, según expresó, “para mantenerme bien hidratada”.

Los primeros días en Ciudad Agrícola fueron alegres. Llevamos a la querida tía Lory a pasear. Le produjimos un DVD con una selección muy bien curada de con los videos y fotos de su estadía; le celebramos una piñata…para su piña de años. La llevamos a los termales de Aguascalientes; le traíamos a la casa a un reputado masajista cubano; le compramos flores en La Grecia, le llevamos mariachis. Mi madre se encargó de que aquella estadía fuera más que memorable.

A la semana de estar en la casa, en donde ella decía que “quiero venirme a vivir aquí; estoy tan cansada del lujo, que volver a vivir las cosas sencillas”, fue que se empezaron a notar ciertas singularidades de la querida tía Lory.

Mandó una vez a Fátima, la asistente del hogar de mi madre, a comprarle unas supuestas medicinas; aunque el papel que le dio consignaba, sin extravíos, la dirección de la Chepana Artola, una reconocida cantina que había dejado de existir a principio de los ochenta. “Un litro de guaro lija”, decía la última línea del papel que ella acompañó con un billete de veinte dólares.

Los primeros días, ella se acostaba temprano, a como se decía que eran las señoras de antes. Salía, según justificaba, a caminar; para hacer ejercicio, lo que no se hacía en la casa, siendo es la causa, claro está, “por lo que mi vitalidad siempre se mantiene en overdrive”. Alguien dijo que había visto a la tía Lory jugar animadamente el toro rabón en el garito de Payo Bonilla, no lejos de la Iglesia de San Antonio.

Fue como a las dos semanas cuando mi madre, reunida con sus amigas, mayores como ella, en el grupo de oración de los miércoles a la tarde. Estaban rezando todas abrazadas, cuando la querida tía Lory se despertó de una siesta. Se fue directo al grupo de señoras y les dijo, no sin su refinada cortesía del gran mundo: “Me tienen muy preocupada, chicas… ¿en qué gran pecado vivirán que todas las semanas tienen que estar rezando?”.

Mamá lo tomó por el lado amable. Pero eso no fue nada. Una de esas tardes vimos a un tipo en moto, un chaval de no más de veinte años, quien se paró en la puerta de la casa y la aceleraba con furia. La querida tía Lory salió de su cuarto vestida con una chaqueta negra de cuero con una calavera estampada en su espalda. “Por ahí vengo…, no me esperen temprano”, le dijo a Fátima aquel jueves al despedirse, ya que mamá andaba en la hora santa.

La querida tía Lory regresó como a las dos de la mañana. Mi mamá a esa hora ya estaba con dos pastillas para los nervios, conjeturando si la habían secuestrado; si había tenido un accidente fatal; si esto o lo otro; que quién era ese muchacho que la llevaba a pasear en moto.

Entró dando gritos y vivas en ese vecindario tranquilo de aquellos días, antes de que el mercado, actualmente, se terminara de tragar esa recordada casa solariega. Sostenía alzada una botella de ron barato, la cual la tomaba “a pico”, cantando a gritos canciones de música grupera.

Mamá al día siguiente no quiso ni salir a desayunar. Y no fue tanto por la conducta de la querida tía Lory, sino por el contraste en la figura que ella nos había promocionado: racimo de virtudes, vergel de hábitos correctos, la esposa abnegada que le dio y crio hijos espléndidos a aquel grannorteño ¬—chele, alto y con billetes— que fue un prohombre, que tenía una calle con su nombre y apellido dedicado por la municipalidad de Phyllis, y quien la dejó forrada de billetes, blindada ante cualquier vicisitud imaginable con que la artera vida pudiera emboscarla; el non-plus ultra de los modales correctos, las reina de las buenas maneras, aquella que se sabía a la letra, punto y coma el Manual de Carreño, ese prontuario que debía ser tan útil en esos círculos tan exclusivos donde ella nadaba en su natural elemento.

Luego de ese episodio, la querida tía Lory estuvo todo el día narrando lo bien que la había pasado en compañía de Liki, el motero que la vino a traer. Solo lamentó la gran ampolla que ella se hizo en su pantorrilla, quemada por el escape de la moto, pero ella juzgó que no era nada en comparación con la adrenalina y gozo de esa jornada. “Ay, estos chavalos”, dijo crípticamente la querida tía Lory con una pícara sonrisa.

Se antojó de un viaje a Diamante, a esa provincia bulliciosa y comercial. La querida tía Lory alquiló un vehículo en la ciudad, se preparó en detalle para el viaje. Acordamos que lo mejor era contratarle un chofer, ¡ah sí!, fue a Mencho Ayala, para que la anduviera donde ella deseara.

La querida tía Lory se alistó temprano, con mucha ilusión, porque según dijo, “mi agenda, para este finde, es muy ambiciosa, chicos”. Según testimonio de Mencho Ayala, parquearon a la orilla de un caramanchel a la entrada de Diamante. Dentro de este, ella estuvo escuchando música grupera mexicana, la cual seleccionó para que le quemaran varios CD, mientras se aplicaba con disciplina de tratamiento médico, altos caballitos de tequila, los que escanciaba de una botella de Corralejo. Narró, además, que ella pidió ir a lugar conocido como El Punto, donde se bajó donde un tal Punche, un manco quien le dio una caja de zapatos, en donde venían, envueltos con primor de empacadora de regalos navideños, varios churros de marihuana, de los cuales la querida tía Lory fue fumándose con deleite hasta que Mencho Ayala le pidió detenerse en la vía, ya que él, según sus palabras, “andaba ya bien pijeado de tanto humarascal dentro de la cabina”.

“¡Esta moña sí es calidad!”, exclamó con alborozo la querida tía Lory al darle las primeras subidas a un churro que parecía más bien un rollo de manzanilla, “…no ese zacate viejo con que a una la estafan allá en el Gran Norte”, justificó. Luego, después de haber catado la hierba, pidió con urgencia ir a Provincia Perla, en donde, preguntando, fueron a dar a Terrabona, lugar que, según le decían sus amistades allá, en la muy conservadora y antigua ciudad de Phyllis, que allí producían una de las mejores cannabis del mundo, la que era ya —de facto— una legítima denominación de origen.

“Compró un gran fardo”, confesó Mencho, tomando él, hasta entonces, conciencia de la grave eventualidad de que hubieran podido detenerlos a ambos por tráfico de estupefacientes.

Dijo que la jornada de ese día terminó en el Mama Nola, en las inmediaciones del aeropuerto internacional, aquel antro que los sábados tenía bailes de desnudos, en exclusiva, para público femenino. Allí estuvo la querida tía Lory hasta la madrugada del domingo, en que Mencho la subió al vehículo en calidad de bulto, habiendo ella consumido más tequila que el más campeón de la mafia mexicana.

La querida tía Lory pasó en casa de mi madre un total de 27 días, vividos con intensidad…para ambas partes. El episodio que puso fin a su estadía, o, mejor dicho, a la extendida celebración de “mis primeros setenta años”, como ella decía, fue cuando en nuestra casa de mar, su celular empezó a timbrar sin parar.

“Contestá, Lory”, le dijo mi madre. Ella, de manera extraña, no quería atender la llamada.

El teléfono siguió frenético repicando sin cesar.

“Puede ser algo urgente”, repitió mi madre.

La tía Lory hizo un gesto despectivo. Pasaron unos segundos. Entonces se arriesgó a contestar y puso la llamada en altavoz.

Se escuchó la voz de un muchacho, quien, en inglés, reclamaba con ira, no sin intercalar un insulto hacia ella, cada tres o cuatro palabras. Preguntaba que cuándo ella regresaría, ya que él ya no tenía nada para comer; que lo que le había dejado en la refrigeradora, hacía ya varios días se le había acabado. Quedó claro que él pedía que le enviara dinero. 

“Pero… ¿y ese quién es, Lory?”, dijo mi madre alarmada por la virulencia en el tono de aquella voz.

Se hizo un silencio. La querida tía Lory sonrió con malicia.

“Es mi novio, Little Jimmy”, dijo ella. “Acaba de cumplir los veinte. Todos los hombres son cortados con la misma tijera, tanto a los veinte como a los noventa. Mañana mismo me regreso”.

* Esta bitácora se publicó originalmente en Cambio Cultural 



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Escritos en Nicaragua

jueves, 19 de diciembre de 2024

El doctor de los nacatamales

Cambio Cultural

Cuando memoro mis 10 años vividos en País Sur, no dejo de evocar siempre un desfile interminable de personajes. Algunos son de grata recordación, los hay neutros, y uno que otro que —sin duda— me provocan el sabor de un olvido feliz, de una ausencia deseada.

Soy creyente de que no hay una vivencia que no esconda una lección, una moraleja, un aprendizaje útil; ya sea para el momento, acaso para el futuro, o bien, para cuando a alguien pueda regalársele una moneda de experiencia, aunque esto sea una ilusión, o una vulgar vanidad.

De aquellos personajes que van en ese desfile, hay uno que guardo allí, en los pliegues de la memoria, como uno de los más agradables: Aristófanes Eulogio Merlo Cascante, o para otros, el doctor Eulogio Merlo, así a secas; aunque a aquel hombre se le conocía mucho más por su nom de guerre: El Doctor Nacatamales. Sé con certeza que él nunca siquiera sospechará la huella positiva que dejó en mi persona, y acaso pecando de atrevido por asegurarlo, intuyo que, en muchas personas también.

Lo recuerdo como un monumento viviente al trabajo, a la constancia, a la dignidad; a la tozudez de lograr resultados, a pesar de las durezas de los rigores que implique retar con valentía a las circunstancias más adversas. Y al final, vencerlas; venciéndose también a sí mismo.

Lo memoro alto, de unos 180 centímetros, de facciones regulares, de tez morena y cabello ralo y ensortijado —que aquí le llamamos murruco—, siempre de pantalón negro y chaqueta ligera del mismo color. Usaba camisas blancas de manga larga, con mancuernillas. Bastante delgado, más bien enjuto. Era como un Don Quijote sin bigote ni barba, lampiño. Su caminado era pausado y firme, remarcando los pasos, con la constancia de un viejo buey carretero.

Aquel hombre de silueta escuálida y figura lúgubre, tal como un encargado de funeraria, había trabajado como visitador médico de un laboratorio farmacéutico en su país natal. A regañadientes de su padre, estudió Derecho y se había graduado solo para complacerlo, aunque nunca había ejercido la profesión. Cuando le tocó vivir situaciones límite en un país extraño, tuvo la oportunidad de probarse a sí mismo. 

Eulogio llegó a ese país una tarde lluviosa de junio, bajo un tremendo aguacero, acompañado de su mujer, su suegra —quien había recién enviudado— y sus tres hijos menores. Estuvieron radicados, por un tiempo, en un pueblo de montaña —muy frío y húmedo— no lejos de la capital.

Se dedicó primero a vender ropa hecha que confeccionaba su mujer. Recorría las calles de lo que se conocía como la planicie central, que era un conurbano que agrupaba las cuatro provincias inmediatas, en donde residía la mayoría de la población.

Evoco que al salir de la universidad y transitar hacia el centro de la capital para tomar el bus de regreso a mi lugar cotidiano, no era infrecuente encontrármelo en las calles, siempre con su caminado un poco encorvado —intuyo que por el peso del maletín de visitador médico que sujetaba de un brazo— donde transportaba los diversos artículos que ofrecía a sus clientes.

Eulogio era lo que antes aquí se conocía como un buhonero. En ese país, a ese antiguo oficio le llamaban polaco. Es lo que ahora conocemos como corteros; los que venden al crédito artículos y que pasan cobrando en cada pago de quincena.

Ofrecía fajas, relojes, anillos, pulseras, baterías y toda suerte de artículos de bajo precio. Era un verdadero profesional de las ventas puerta a puerta, y a viva voz. Comparado con Eulogio, el predicador más activo no era más que un simple diletante; un aficionado, ya que aquel no dejaba puerta —abierta o cerrada— sin visitar para vender.

Recuerdo que un día iba por la calle y lo encontré en el portal de una mítica soda —fonda o cafetería— en donde recalaban personajes de toda laya, entre cambistas de dólares, contrabandistas, delincuentes de cuello blanco, y hasta exnazis; y sí, claro que sí, incluso aquellos perseguidos por la INTERPOL, con la distinción de Boleta Roja. 

En ese legendario establecimiento no era extraño encontrar mesitas con parroquianos de apariencia muy inocente, degustando un café entre amigos, y en no más de cuatro personas, podrían distribuirse así, a las rápidas, no menos de quinientos años de cárcel, si es que se calculaban las condenas potenciales que les serían dictadas por un juez, si aquellos fuesen capturados en los diversos países que los reclamaban por sus rosarios de fechorías.

Eulogio allí me dijo que ahora estaba intercalando, al final de las tardes de venta de ropa, con el cambio de moneda. Narró con satisfacción las peripecias de su incorporación al colegio de profesionales del Derecho en aquella nación, y que, de ahora en adelante —me anunció, viéndome como un cliente prospecto— él podría realizar gestiones legales diversas, como una propuesta más de su extendido catálogo. 

Lo vi algunas veces los fines de semana, en el Parque Las Pampas, en donde los domingos había juegos de béisbol de equipos conformados por mis paisanos. Allí él llegaba también, siempre ofreciendo a quien quisiera escucharle, su extendido compendio de artículos y gestiones, enfatizando ahora los trámites legales, la realización de diligencias migratorias, entre otros oficios.

No era alguien que se arredrara ante la gente. En donde veía que había personas reunidas —o prospectos de clientes— tal cual avezado y locuaz evangelista, iniciaba un discurso o alocución de ventas, ofreciendo a viva voz su creciente línea de variados productos y servicios: ropa, bisutería, joyería de fantasía, relojes, licuadoras, equipos de VHS y lectores de DVD; enfatizando en las gestiones legales que ofrecía, según él lo pregonaba, con “eficacia garantizada o la devolución íntegra de su dinero”.

Él ya era una figura reconocida en los círculos de nuestros paisanos. En efecto, algunos afirmaban que lo avistaban con frecuencia no solo en la capital, sino que en otros lugares diversos. En esas mañanas domingueras de béisbol, otros discutían que a esa misma hora lo habían visto en otra provincia, en un punto diametralmente opuesto de donde otros atestiguaron que lo habían divisado en ese preciso momento. No sin cierto sentido lúdico, en conversaciones que, junto con el sol, iban subiendo de tono, hasta se conjeturó de que si lo que se afirmaba era cierto, de haberle visto en dos lugares a la vez, pues a lo mejor este podría ser un caso viviente del don de la bilocación, atribuido a San Francisco de Asís, a San Martín de Porres, y a San Antonio de Padua, entre otros muy pocos personajes del santoral.

Un día lo encontré en un comedor popular, adyacente a una parada de buses en el extrarradio de la ciudad. Coincidimos en almorzar allí. Vi que algunos comensales a su alrededor, en tono de chanza, le preguntaban que cuánto tiempo y distancia caminaba por día. Él contestó, con naturalidad que, en tiempo, él invertía hasta doce horas diarias en sus caminatas como vendedor de a pie.

—Mirá, man —les complementó con la mirada absorta mientras degustaba el primer bocado de su almuerzo—. En distancia, pienso que camino diario, por lo menos, entre doce a quince kilómetros, o acaso más. Hay días que he hecho veinte. Con decirte que tengo que cambiar el tacón de los zapatos cada sábado, y eso que hasta les pongo tapillas metálicas; las suelas, me duran solo quince días; a veces menos. Es que tengo que ir a buscar a los clientes a las calles, y allí, hablarles de frente. No hay otra forma de vender si no es metiéndole piernas a este negocio.

En una ocasión me tocó verlo en la casa de unas amistades, en donde llegué un domingo con otros compañeros, listo para hacer un recorrido en bicicleta por ciertos senderos rurales adyacentes a la capital. Nuestras amistades nos habían invitado a que desayunáramos en familia antes de salir a pasear con nuestros caballitos de hierro.

—¿Ya llegó el doctor Eulogio? —alguien desde dentro de la casa preguntó con un aire solemne.

—Ya viene en camino —dijo la voz de una mujer, en un tono no menos ceremonioso. 

Asumí que de seguro era una gestión legal la que tomaría lugar. Al poco rato lo vi llegar. Se bajó de un bus en una parada que estaba casi al frente de la casa donde estábamos. A la distancia del otro lado de la calle, observé su lánguida figura, su caminar lento y remarcado; su estampa melancólica que recordaba a un gallo remojado, o acaso a un integrante de una orden mendicante, y en paralelo, la paradoja absurda de parecer, a la vez, alguien anacrónico, vestido de levita. Reparé en su otear parsimonioso. Escudriñaba con atención a ambos lados de la vía, verificando que un vehículo no fuera a atropellarlo. Entonces cruzó la calle con cuidado, casi que de puntillas, y se dirigió hacia la vivienda.

Noté que cuando él ingresó a la casa él portaba un maletín ejecutivo, más delgado y de mejor aspecto que el abultado cartapacio de visitador médico. Ya de cerca, percibí la apariencia de aquel bulto negro mate; más apropiado y a tono con su título de profesional del Derecho. Vestía, como siempre, de negro riguroso. Discerní en sus mancuernillas doradas el elaborado grabado de sus iniciales. Entró y saludó con reverencia y circunstancia —casi fúnebre— a cada uno de los presentes. Alguien le hizo una venia y entonces se sentó en una mecedora ubicada en un extremo de la sala. Se quedó allí quieto, meciéndose imperceptiblemente, sujetando con elegancia su maletín ejecutivo.

Un minuto después, salió a recibirlo el dueño de la casa, quien le preguntó al doctor Eulogio si había traído el encargo solicitado.

—¡Oh sí! ¡Claro que lo traje! —respondió el multifacético personaje, poniéndose de pie—. Aquí justo lo ando...

—¿En dónde? —inquirió con extrañeza el hombre, ahora sacando y abriendo su billetera—. Si solo te veo ese cartapacio de abogado...

—Pues aquí mismo —el doctor Eulogio le contestó en tono elegante, con garbo y prestancia, buscando una mesa adyacente, sobre la cual, con cuidado, colocó el maletín. Fue entonces cuando procedió a abrir el portafolios y allí estaban, cuidadosamente empacados, doce humeantes nacatamales, tal cual fueran artículos de colección, como mazos de dinero ordenados simétricamente en el distinguido maletín que usaba ahora como profesional del Derecho.

—Vienen calientitos —el doctor Eulogio dijo con premura— ¡Buen provecho a todos!



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Escritos en Nicaragua

jueves, 7 de noviembre de 2024

Amor incondicional a la camiseta (hasta que llamen de Recursos Humanos)

Cambio Cultural

—¿Cómo vas a hacer eso? —me dijo Servanda, una colega a quien, por cortesía, yo estaba transportando al aeropuerto para que tomara el vuelo de regreso a su país—. ¡Es un sacrilegio que vayás a poner combustible en una gasolinera que no es de nuestra marca!

—¿Pero por qué no? —repliqué con extrañeza—. Es mi vehículo, no es de la compañía. Es mi dinero; no me lo paga la empresa. Creo tener la libertad mínima de poner combustible donde yo quiera.

—No, no, no, no —respondió ofuscada—. Esa es una deslealtad. Debemos mantenernos fieles a la compañía. Uno debe ser fiel a quien le paga el salario.

—Pero debo ponerle combustible a mi vehículo. No hay una estación con la marca de la empresa en kilómetros a la redonda.

—No, no, no —dijo con ansiedad—. ¿Qué dirían otros si te vieran haciendo esto? Uno debe ser leal y comprometido con nuestra organización.


La joven mujer era una entusiasta colaboradora administrativa de la empresa para la que ambos laborábamos; ella en un país del norte y yo aquí, en mi nación.

Recuerdo que en las reuniones de trabajo era ella quien daba las alocuciones más vigorosas pidiendo “sudar más la camiseta”, “poner el corazón en cada tarea”, “dejar el pellejo por la compañía”, así como frases similares: “llevando el óvalo en el corazón”; “dar hasta el último aliento por esta empresa”.

Las suyas eran frases más para una gesta patriótica, para una batalla por la independencia.

La evoco pidiendo la palabra al final de las reuniones de área, las que tomaban lugar en algún país de la región. Siempre con la misma tónica: “debemos dar gracias a esta compañía que nos permite destacarnos al máximo de nuestras capacidades, regresando a nuestras casas tal cual y como salimos”. 

No eran pocas las ocasiones en que ella criticaba alguna posición u opinión que implicara en los demás un atisbo de pensamiento propio o una postura de cautela constructiva ante las iniciativas. Murmuraba de “estos que siempre están bajando las rpm ante el ritmo y emoción que debemos ponerle al tema”.


En las reuniones regionales, cuando había que aplaudir a alguno de los ejecutivos que disertaban ante la audiencia, Servanda aplaudía con tal entusiasmo que, mis propios aplausos —lo confieso— me hacían sentir apenado; parecía como si yo tuviera dengue hemorrágico, paludismo o algún mal físico que me impidiera alcanzar el frenesí, el arrebato, el desenfreno, el éxtasis místico que Servanda alcanzaba al poner sus ojos en blanco y ovacionar a aquellos ejecutivos que decidían los hilos y las vidas laborales de tanta gente.

“No me merezco toda esta gloria corporativa que me ha antecedido”, llegué un día a pensar en una reunión, viendo a aquella colega que ponderaba las virtudes que, según su entender, debía tener alguien bendecido con la envidiable oportunidad de laborar para esa organización.

Su vestimenta era, casi siempre, ropa con signos corporativos de la empresa: camisetas promocionales, emblemas en la solapa. Usaba un broche que evocaba a un felino, el cual lucía, de manera curiosa, con tres pelos en su cabeza. Ese botón lo llevaba a la altura de su corazón, junto a otra memorabilia diversa de la empresa.

Su oficina, la cual conocí en más de una ocasión, era más bien un cuarto lleno de estantes con materiales promocionales. Las paredes sostenían artículos de branding y merchandising corporativo. “Sale más tarde que nadie de la oficina”, contaba otro colega, un amigo común. “A veces es la que apaga las luces en el departamento”.

Trabajar una jornada hasta las ocho, nueve o diez de la noche era para ella “lo normal”. En varias ocasiones le escuché decir que “es el mínimo vital que debo cumplir para alcanzar las metas que esta compañía me ha encomendado”.


No podía haber una colaboradora con más entrega y dedicación a lo que hacía. Recuerdo haber visto en su maleta de viaje una especie de gafete o placa plástica sujeta a la agarradera. “Mística: actitud y compromiso profundo que un colaborador debe tener hacia nuestra amada corporación”. En la bolsa de su computadora portátil había otra: “Proactividad en nuestra empresa es: anticiparse a los problemas y oportunidades, tomando la iniciativa sin esperar a ser dirigido”.

En ese entonces, supuse que si en verdad existiera un colaborador modelo perfecto en el mundo, y si Wikipedia o la Enciclopedia Británica se decidieran a desarrollar una entrada sobre la conducta ideal o platónica del colaborador universal, sin el menor asomo de duda, allí estaría la foto en colores de Servanda Juliana Althoria Peleter, el modelo a seguir por todos y cada uno de los terrícolas que laboran en una empresa.

Tiempo después, acaso un par de años de nuestra última reunión, se avecinaron cambios en aquella organización. La arquitectura matricial de los procesos administrativos obligaba a una “optimización con sentido”, a una “reorganización estratégica”, para “quitarle grasa a la organización” y “alcanzar los premios y recompensas por la reducción de gastos innecesarios”, según la jerga hueca de costumbre.

La nueva gerencia llegó con su portátil de encargados y, como quien saca huevos de una caja, fueron colocando nuevas personas en las posiciones —ahora reducidas, fusionadas y alineadas a otra gloriosa línea administrativa que “garantizará el éxito continuado de nuestros esfuerzos por mantenernos de número uno en el mercado”.

Servanda recibió un día una llamada de su nuevo supervisor para que lo viera en su oficina. Aquel era un tipo, cuando menos, curioso. De hábitos nocturnos, llegaba a la oficina a trabajar a las seis de la tarde y a esa hora programaba las reuniones. Su comida no se distanciaba ni un ápice de lo que ofrecía el menú de comida rápida de un establecimiento por todos conocido, pero que te da pena decir que te gusta.

La reunión con Servanda fue rápida e inequívoca. “Estamos optimizando procesos y hay personas a las que vamos a decirles adiós”, dijo aquel hombre de una manera impersonal, tal si hablara del clima o si confirmara, con certeza, cuántos anillos tendrá el planeta Saturno.



“La esperan en Recursos Humanos”, fue la última frase que aquel individuo de lentes de marco grueso le dijo.

Esa fue la elegía fúnebre de su carrera laboral de trece años en esa empresa.


Acto seguido, el hombre de las gafas levantó el teléfono y marcó su número favorito, para que le enviaran dos combos número uno agrandados y dos malteadas de chocolate.

Usted tendrá sus deducciones de esta historia verdadera. Al menos, le puntualizaré las mías:

  1. Por más que le digan, ningún trabajo es su casa; ni los que allí laboran son su familia. Nada más equivocado que esa noción ilusoria. Si en algo se parecen, claro que sí, es a una galera romana: todos allí son galeotes y deben hacerle caso a la figura del cómitre (no digo comité, sino cómitre. Si tiene duda, googlee este término, por favor).
  2. Solamente sus hijos y su cónyuge (o sustituto funcional) se acordarán de las horas tardías que usted se quedó trabajando en la oficina… corriendo tras el viento.
  3. No se ilusione con lo que es ajeno. Es mejor ser cabeza de ratón que cola de león. ¡Cuánta razón tenían los abuelos!
  4. El ser humano es un animal de costumbres. Acostumbra a hacer lo que le protege temporalmente. Hacer teatro es bueno, pero solo si usted tiene un competente plan B.
  5. Vivir es, de por sí, un oficio peligroso. No lo haga más riesgoso asumiendo posturas innecesarias. 
  6. El hámster da vueltas en la rueda, pero sabe que no va a ningún lado porque la puerta de la jaula está siempre cerrada. Algunos somos irracionales y no vemos la puerta cerrada. Abramos bien los ojos ante esas jaulas invisibles.
  7. Mantenga cerca su caja de lustrar. (¿Qué es eso?) Había un multimillonario centroamericano que tenía una caja de lustrar justo al lado de la entrada de su despacho. Cuando le preguntaban para qué tenía eso allí, él respondía: “Cuando niño, aprendí el digno oficio de lustrar y empecé a ganarme la vida como lustrador, sin depender de nadie. Siempre la tengo a mano porque la vida es impredecible. No vaya a ser que un día me toque volver a ganarme la vida a como aprendí”.

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