Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Flores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Flores. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de abril de 2025

Garmendia


Escritos en Nicaragua

presenta a


La maleta de mamá

Fue en aquellos días en que mi madre decidió por fin operarse de esa “goma” o tumor adiposo que le había surgido en una de sus pantorrillas desde hacía ya un par de años, pero que por desidia lo dejó allí sin revisárselo, sin atendérselo, y este creció tal cual como la masa con levadura.

“Por favor llamen al doctor Garmendia, en el hospital de Puerto Terebinto; quiero saber todo de esta operación. Le tengo terror a la anestesia”, dijo ella con su acento de niña. “No quisiera morir durante el sueño”, concluyó.

El doctor Antanas Garmendia, al teléfono, trató de calmarle sus temores.

“No se preocupe doña Cayetana”, le dijo. “Es con anestesia local, mi estimada señora; usted estará despierta y bien lúcida cuando yo la opere”.

“Ojalá así sea”, ripostó ella, “he visto casos que se complican de un momento a otro, y siempre salen con eso…de que el paciente no aguantó la anestesia, o bien, que la dosis fue excesiva”.

“Este es un caso muy simple”, replicó el doctor Garmendia. “Aquí en este hospital nadie se nos ha muerto al extraerle un quiste o un tumor benigno como en este caso. Esto es de cirugía ambulatoria. Es posible que el mismo día de la intervención la despachemos tranquila para su casa”.

Al final de la tarde el doctor Garmendia la llamó por teléfono asegurando que la fecha de la operación sería en 10 días calendario.

Fue entonces cuando mi madre empezó los preparativos. Hizo maletas como si tal fuese a ir de excursión a transitar el río Nilo desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Aquello fue un espectáculo adorable. Hoy mucho más debido a la nostalgia que me ha dejado su repentina partida.

En una maleta antigua, de esas que fueron las bisabuelas de los contemporáneos carry-on, arregló ropa como para dos semanas; dobló cuatro quimonos de imitación japonesa; tres gorras plásticas para evitar mojarse el cabello en la ducha; tres pastes; tres pastillas de jabón; al menos siete juegos de ropa interior; cinco brasieres, cuatro peines de distinto estilo; tres salidas de baño de hilo y bordadas con su nombre; dos panas plásticas; tres cobijas, un juego de ropa de cama, ocho bolsitas de cloro; una vejiga de hule con tapa para agua caliente; tres pomadas de distintos usos; cinco pares de medias gruesas (algo paradójico en el calor de Puerto Terebinto, de norma en 38 a 40 grados Celsius). Empacó también dos cepillos de dientes, dos tubos de dentífrico, dos garruchas de hilo dental encerado, tres sedinas de hilo de coser de distintos colores, cuatro agujas para el mismo propósito, y de cierre, como si fuese algo capital, dos frascos de Zepol, uno de tamaño ultragrande y el otro de presentación convencional, “por si acaso”, según nos dijo con solemnidad, así como su infaltable botellita de Agua de Florida, para sus frotaciones de rigor en sus fatigadas articulaciones.

Era un espectáculo ver la maleta voluminosa llena de tantas prendas de vestir, de adminículos y consumibles de higiene personal. Esta tenía ya un peso considerable.

Llegó al fin el día de la operación y nos fuimos por la mañana hacia el hospital de Puerto Terebinto. La operación estaba programada a las 11.00 a.m., pero ella debía estar a las 7.00 a.m. para las valoraciones previas.

Ingresamos al hospital y ella pasó al proceso de admisión. La intervención transcurrió sin problemas, aunque duró más de dos horas. Sin embargo, el doctor Garmendia, en su tono amable y de ceremoniosas maneras de gentleman, nos dijo que el tumor pesó más de cuatro libras, que aparentemente era de naturaleza adiposa, y que había que dar gracias a Dios. Como un detalle acaso menor, nos confió que ellos tuvieron que hacer unos ajustes para plisar la piel sobrante en ese espacio vacío. Que sería mejor que a mi madre la dejaran en observación por esa noche en el hospital. Añadió el doctor que él andaba un poco sentido, porque el día de la operación, durante un descuido, por un agujero del bolsillo de su pantalón se le escapó su valiosa pluma estilográfica, dándola ya por perdida. Que esta había sido un regalo de su madre cuando él se graduó de médico hacía ya tantas lunas.

Los tres acompañantes nos fuimos a un restaurante cercano a almorzar, asegurándonos que a nuestra progenitora le dieran su alimentación requerida.

Después del almuerzo fuimos a dar un paseo por el muelle y el centro de Puerto Terebinto. Caminamos por el parque central viendo los derruidos monumentos y otras edificaciones que eran testigos silentes de sus pretéritos tiempos de fulgor, por el comercio de materias primas durante las dos guerras mundiales del siglo pasado. Atestiguamos su triste soledad descarnada; sentimos el fuego vivo de su sol y su atmósfera de olvido y desventura entre el sonido abrumador de las cigarras en los malinches de sus polvorientas calles que parecían arder. Sentimos las vaharadas acres emanadas por los desperdicios expuestos al aire libre y el tufo a excrementos por los alrededores. Recordamos que esta ciudad sostenía el récord del sitio más caluroso de Centroamérica, marca imbatible desde 1969. Sus veredas hirvientes a la hora del mediodía lucían desiertas en el medio de los espejismos de la reverberación, divisando solo a uno o dos transeúntes, los que como fantasmas errantes se movían usando sombrillas femeninas y mantillas envueltas sobre sus cabezas para paliar el fervor inmisericorde que a todos nos imponía el Astro Rey.

Sudados ya y al borde de la insolación, nos guarecimos de urgencia debajo de un frondoso almendro que se ofrecía generoso al extremo de una cuadra, cerca de una callecita que llevaba derecho hasta una costa sucia y de lodos viejos. Allí, como en una alucinación, estuvimos esperando que menguara la asfixiante temperatura. Buscamos con urgencia una pulpería para tomar un refresco. La señora que nos atendió tenía más de un espectro diurno, de una sombra al mediodía, más que de un ser humano. Una vez nos despachó lo solicitado, y esta, sin mirarnos, sin despedirse, se perdió hacia el interior del exiguo galillo de la pulpería, localizada al tope de una corta vereda desde donde se apreciaba una parte del nuevo malecón.

Casi al caer la noche nos acercamos de nuevo al hospital. Nos dijeron que mi madre estaba ya dormida por los sedantes para el dolor. Buscamos un hotelito donde pasar la noche, no lejos del puerto y a unos dos kilómetros del hospital.

Vimos a mi mamá de buen ánimo al día siguiente durante su desayuno; entramos uno a uno y pudimos conversar con ella. Ya había hecho varias amistades, matronas mayores al igual que ella, convalecientes por intervenciones quirúrgicas o internadas como pacientes crónicas. Ella, muy orgullosa, nos presentaba como sus hijos y esposo ante su círculo de nuevas amistades.

“En la noche, como a las doce, me vino a ver el doctor Arnaldo Armero, así como también, un poco antes del amanecer, el padre Ascensión Belivet”, nos dijo ella con entusiasmo. Narró que estuvo platicando con ellos y que el doctor Armero le proporcionó unas pastillas para el dolor que “fueron maravillosas”.

Sus compañeras de esa sala colectiva veían a mi madre con simpatía por ser tan conversadora. Era obvio que su don de gentes le había granjeado el pronto aprecio de estas.

Noté que una de las convalecientes se sonrió con las palabras más recientes de mi madre, aunque de una forma paradójica, pude apreciar también que esa paciente se quejaba de un malestar que le atenazaba el bajo vientre, colocando ella allí sus manos con un rictus de dolor.

Otra paciente hizo un amago de carcajada y cerró los ojos, tal como quien escucha un chiste al cual no quiere hacerle la concesión de una mínima risa.

Limpiamos con paños húmedos a mi madre, para quien dispusimos de dos adoquines en el baño común del hospital, para que las aguas grises no le tocaran sus sandalias; previendo una de sus fobias más temidas: la de contraer hongos o rasquiña.

Al final de la tarde le dieron de alta. Dos de nosotros los hermanos y mi esposa subimos a la ambulancia para acompañarla en el viaje. Allí, en la parte trasera de la cabina, estaban ya a bordo dos fornidos paramédicos uniformados. El conductor de esta unidad conducía a una velocidad de no menos de 150 kph. Puso la sirena en un nivel ensordecedor y que a todos nos taladraba los tímpanos. Íbamos más pendientes de ver cómo el chofer no colisionara a otro vehículo o atropellara a un peatón o que impactara contra una de las enormes vacas que pacían a la orilla de la vía, que del estado de salud de mi madre. Ella iba inmóvil, orando, tal y como en un éxtasis angélico, bajando a todos los santos del cielo para no perecer en la carretera.

Nos pusimos en muy corto tiempo a la casa familiar. Allí, como en las maniobras de descarga de un barco, bajaron a mi madre en una camilla. Luego la subieron en peso por las altas gradas de la casa y la llevaron con cuidado a través de tantos muebles, adornos y cachivaches diversos que atiborraban la casa. Entre ayes y suspiros de ella, con suma paciencia y cuidado, por fin la colocaron en su ancha y barroca cama matrimonial.

Nos despedimos de los paramédicos, no sin antes darles una gratificación por sus nobles diligencias.

Cayó la noche. Mamá le pidió a Sofana, la asistente del hogar, que por favor le buscara en la maleta su botella de Agua de Florida…pero ¡oh¡, ¡sorpresa! Por cierto…¿dónde está la maleta de mamá?

Entonces mi madre perdió el control. Alarmada, empezó a enumerar todo el menaje de cosas que la consabida maleta contenía: sus kimonos japoneses (ya todos habíamos olvidado que eran baratijas chinas de imitación de seda), sus jabones finos de especias, sus pastes cosechados con esmero en el fondo de la casa solariega; sus fragantes lociones y aguas de baño, sus linimentos preparados por una supuesta especialista botánica, su cepillo de dientes con mango de carey, su hilo dental con cera saborizada de canela, entre tantos otros artículos que ahora, al parecer, estaban ya perdidos para siempre.

Fue entonces cuando uno de los hermanos, el que acababa de llegar y que lucía su reluciente vehículo recién adquirido, a quien mi madre le pidió que por favor fuera con mi padre y otro hermano al hospital de Puerto Terebinto, porque la maleta no había sido abordada en la ambulancia.

“Son casi las diez de la noche, mamá”, masculló nuestro hermano. “El hospital debe estar cerrado a los civiles”, apuntó. “El viaje va a ser de balde”, repitió tratando de evadir la gestión a esas horas anómalas.

Al final, pudo más la insistencia de ella. “Ese carro nuevo tuyo debe ser muy veloz”, le dijo mamá con convicción. “En un suspiro vas y venís, mi muchachito lindo”, le rogó con amor de madre.

El hermano abordó su flamante automóvil acompañado por nuestro padre, así como por un amigo de la familia que por la tarde arribó de visita a la casa.

En efecto, se pusieron raudos hasta el hospital. Llegaron a las 9.57 p.m. Previsiblemente, el sitio estaba cerrado, solo tenía acceso para emergencias graves. De forma extraña, no se observaba a persona alguna por los alrededores. Un vigilante apenas se distinguía, más bien como escondido o agazapado, en un extremo del parqueo de la instalación.

Mi hermano fue donde él y este le advirtió que no había atención al público, sino sólo para emergencias graves. Dijo que había una puerta de servicio, una entrada estrecha al final del ala derecha del edificio, situada contiguo a la alta malla ciclón que circundaba el perímetro. Que allí podían preguntar si es que recogieron algún artículo olvidado.

Se dividieron para la búsqueda de personal de servicio que les atendiera. Mi padre ingresó al área de emergencias, esperando que alguien pudiera proveerle una pista sobre el paradero de la maleta, mientras que mi hermano, junto con el amigo de la familia, se dirigieron hacia la puerta estrecha, junto al límite de la malla ciclón.

Pasaron los minutos. Mi padre regresó diciendo que no localizaron a ninguno del personal administrativo, pero que se encontró de pasada al doctor Arnaldo Armero, con quien estuvo conversando por un momento, diciéndole que él había asistido a mi madre, y que le manifestó a ella que se hiciera unos exámenes adicionales, puesto que él le había visto un cariz singular al tumor, lo cual ahora dejó a mi padre sorprendido y preocupado.

En cambio, mi hermano y el amigo de la casa dijeron haber conversado con un señor que se les presentó como Jacinto Dubón; muy afable, quien les manifestó que el padre Belivet anduvo buscando a mi madre para darle la bendita maleta, ya que por alguna razón, esta quedó olvidada en el punto de abordaje de vehículos, en el agigolón de la transportación de ella en el bólido-ambulancia, de la cual el conductor era adicto a la adrenalina que le proporcionaba las altas velocidades. Dubón les dijo al despedirse que, a la salida del hospital, pero del otro lado de la vía, él recién había visto al padre Belivet, y que con certeza, si el bus que él a diario tomaba justo en ese punto para regresar a Terebinto no había pasado aún, él allí estaría y les daría razón de la maleta. 

Se fueron los tres en medio de la abrumadora oscuridad del parqueo del hospital, y escudriñaron con atención a ver si identificaban al padre Belivet; pero no divisaron a individuo alguno.

Fue entonces cuando los tres escucharon una voz baja que decía “Por aquí, por favor, por aquí.”

Vieron que junto a un enorme y nervudo gomero -conocido aquí como palo de hule- estaba de pie una silueta difusa; un varón enfundado en una negra sotana, calado con una especie de boina vasca del mismo color. De manera singular, siendo de noche, el hombre usaba unos anteojos negros al estilo Yasser Arafat, los cuales impedían distinguirle sus ojos.

“¿Ustedes son los familiares de doña Cayetana?”, preguntó el religioso de manera cordial. El tono de su voz era como el de una flauta traversa, claro y limpio.

“Así es”, respondieron en coro los tres. “Es que olvidamos montar la maleta de mi esposa a la ambulancia”, justificó ahora mi padre.

Las facciones del religioso eran vagas, no definidas, como si un juego de sombras focalizado impidiera apreciarle sus rasgos de una manera directa y diáfana.

“Pues por aquí la tengo”, dijo el hombre vestido de negro riguroso, mientras pareció dirigirse hacia dentro del espeso tronco nervudo del árbol de chilamate, lleno de lianas sólidas como los gruesos cables de un barco mercante de los que recalaban en el puerto. 

Tras unos segundos, el hombre volvió a emerger de lo que los tres juzgaron ser el centro mismo del gomero. Cargaba en su diestra con ligereza juvenil la tan buscada maleta. Con una sonrisa bonachona, sin hacer contacto visual con ninguno, se la entregó a mi hermano, a quien se le vio doblársele el brazo por el peso desmesurado que esta había alcanzado, repleta de tantos calaches adorables de nuestra amada progenitora.

“Muchas gracias”, atinó a decir mi hermano cargando ahora con esfuerzo la maleta. Mi padre se había ya acercado y también se deshacía en agradecimientos con aquel hombre de recia complexión, y quien parecía alejar la cabeza del punto de visión de quien quisiera observarle de forma directa e intentar discernir sus inciertos rasgos fisonómicos.

“Me le dice a doña Cayetana que le envío saludos y que a mediados de año vamos a hacer un viaje ”, dijo el hombre de negro, destellando en medio de la oscuridad la luz de la arista de un pesado crucifijo que cargaba sujeto de un cordel, el que más bien parecía un humilde cordón de una bota anudado en varias secciones.

“Dígale también a su mamá que en una de las bolsas de la maleta guardé la pluma extraviada del doctor”, dijo crípticamente, como si fuese un juego de adivinanzas.

“Está bien”, contestó lacónico mi hermano, sin noción de lo que el hombre quiso decir, y tampoco sin apetito de hacer indagación alguna.

Regresaron a la casa a las once pasadas. Mamá estaba feliz por la recuperación de sus -para ella- tan valiosas pertenencias. Le narraron en detalle las peripecias del viaje. Ella escuchaba con mucha atención, pero se fue durmiendo suavemente, como en el medio de una plácida noche de invierno.

Fue a los dos días de la operación que el doctor Garmendia llegó a la casa. Mi madre le contrató para una consulta privada a domicilio, como parte del postoperatorio.

La auscultó, la revisó y juzgó la evolución de la herida. Dictaminó con optimismo el buen proceso de cicatrización. Vaticinó una pronta recuperación para que ella empezara de nuevo a caminar por sus propios medios.

“Fueron ángeles todos”, dijo mi madre en tono agradecido. “Principalmente, usted, mi querido doctor, quien Dios condujo su diestra mano para efectuar la operación”. 

 “Muchas gracias”, dijo el doctor Garmendia. “Es siempre la mano de Dios y también el impulso de nuestra vocación de servicio”.

“El personal de apoyo fue también admirable”, dijo mi madre con igual encomio. “La ayuda y aliento del doctor Arnaldo Armero y del padre Ascensión Belivet fueron formidables. También fue un arcángel ese señor tan amable como es don Jacinto Dubón. Son hombres de Dios, de un enorme corazón”, acotó mi progenitora. “Voy a mandar una carta de agradecimiento al hospital”, prometió.

Se hizo un silencio incómodo alrededor de la tertulia sostenida alrededor de la cama de mamá.

“Perdone, doña Cayetana…”, dijo ahora en voz baja el doctor Garmendia. “De seguro que debe haber un error…”, expresó el cirujano en un tono de extrañeza mientras nos veía a los allí reunidos, como sugiriéndonos un desliz mental o un síntoma evidente de deterioro o de grave perturbación en el razonamiento de mamá.

“Esas personas que usted menciona…, tienen por lo menos cuatro décadas de haber fallecido”, expresó el doctor Garmendia. “Es bastante insólito lo que usted está narrando, estimada señora”, atinó a decir.

“¿Por qué, doctor?”, nuestra madre replicó con naturalidad, sin sorprenderse en absoluto. “¿Cómo que están muertos?”, preguntó con una serena curiosidad.

“Porque esa es la realidad, mi querida doña Cayetana”, sostuvo con amabilidad y paciencia el doctor Garmendia. “Es que la biología no nos perdona a nadie”, acotó. 

“Perdone usted, doctor…”, intervino ahora mi padre. Los tres que fuimos esa noche al hospital, platicamos con esas tres personas. No lo soñamos ni fue producto de nuestra imaginación”.

De nuevo imperó un silencio abrumador.

“Eso…eso…es simplemente imposible”, repuso el doctor Garmendia, queriendo mantener en firme su escepticismo. “Debe haber una gran confusión”.

“Doctor Garmendia…”, dijo ahora mi hermano, quien se declaraba un no-creyente en grado superlativo, “nosotros hablamos con ellos, y por cierto, el padre Belivet le mandó a dejar a usted su estilográfica perdida”.

Hurgó él en una bolsa interna de la maleta de mamá, y de allí sacó una bolsa pequeña de estraza. Allí estaba envuelta la pluma junto a un trozo de papel marrón. El doctor Garmendia la revisó y comprobó que había recuperado su valiosa pluma; una reliquia sentimental de su madre hace tiempo ya fallecida. Con cara de sorpresa, y casi que en modo mecánico, a continuación, extendió el trozo de papel y leyó la nota manuscrita allí impresa: “Esta es la pluma del doctor Antanas Garmendia. El día de la operación de doña Cayetana la recogí debajo del quirófano. Gracias por devolvérsela al doctor. Vayan para él mis saludos. +A. Belivet”.

Mamá murió de Covid en 2021, el 19 de Junio, justo a mediados de año. Confío que se fue al paseo del que nos habló el padre Belivet.

* Esta bitácora se publicó originalmente en Cambio Cultural 


******
Escritos en Nicaragua

lunes, 24 de marzo de 2025

¡Cuánto te amamos, tía Lory!


Escritos en Nicaragua
presenta a


¡Cuánto te amamos, tía Lory!

Vi a mi madre que, con alegría, sostenía en su mano la carta que esa mañana le habían llegado a dejar del correo. Era el de la tía Lory, aquella prima lejana, quien emigró al Gran Norte siendo apenas una adolescente, cuando en el puerto de Terebinto, uno de los oficiales de un acorazado que durante un mes estuvo en visita de buena voluntad, se enamoró sin remedio de ella. Aquel marino profesional no perdió tiempo e hizo arreglar sus papeles, mandándola a traer un mes después que el buque había partido.

En la familia, a grandes pinceladas, todos conocíamos la historia —¿o leyenda ya? — de la tía Lory. Sí, aquella joven de las fotos borrosas y en color sepia en donde se veía una morena altiva, con un rostro que evocaba a una Sophia Loren en sus tiempos más sazones. Ella enviaba a mi madre una carta, acaso cada tres o cinco años.

Según decía mamá, la suerte de la tía Lory había sido única en su género. Además del dinero en abundancia que ella disponía, originado por el conveniente casamiento con un grannorteño de abundantísimos recursos, con quien al final ella recaló como su esposa, ella también se había encumbrado en aquella rígida y acartonada sociedad de la costa este, en donde Rudy, su marido, de quien recién enviudó, fue el accionista principal de un periódico muy reconocido.

Hablar de la tía Lory en la casa de mi madre, era como filosofar sobre el tema de la abundancia máxima y sus mecanismos para conseguirla. Sus cartas hablaban de viajes a destinos fabulosos, de joyas de Tiffany´s; de fiestas de inimaginable grandeza y boato. Ella era aquella pariente rica que logró el sueño grannorteño; la que llegó muy alto por su elegancia, por su distinción, por su criolla inteligencia innata; por saber estar allí donde había que estar; por haber parido y sabido criar a unos hijos modelo. “Y claro…” —afirmaba mi madre— “eso tuvo su recompensa; la tía Lory vive ahora la cosecha de tanta abundancia y de buen vivir”.

La tía Lory, una figura que representaba tantas cosas buenas, un inigualable modelo a seguir; se dignaba a venir a pasar unos días a Ciudad Agrícola, alojándose en la casa de mi madre. “Me voy a agasajar en ocasión de mis setenta calendarios…vividos con tanta gloria”, pude leer en un párrafo de aquella carta perfumada y con letra tan preciosista.

El día que mi madre tanto ansiaba, por fin llegó. La llevé al aeropuerto para ir a recoger a la querida tía Lory. Claro que sí, fue en la camioneta y no en carro, porque, según mi mamá, ella debía traer varias maletas…cargadas de regalos para todos.

“Seguro que trae obsequios de la tienda Neiman Marcus”, aseguró mi madre. “Me cuenta que solo allí compra, que no va a otra cadena de almacenes más que esa. Debe venir con varias de esas cremas de quinientos dólares…es que la Lory se mima tanto…”, concluyó con una sonrisa.

Por supuesto. Pagamos el salón VIP del aeropuerto. No podíamos desentonar. No teníamos excusa para reparar en atenciones a alguien de ese calibre.

Vimos entrar al salón VIP, acompañada de un oficial administrativo, a la mítica tía Lory. Memoro su porte garboso, su figura espigada; sus gestos estudiados de maniquí, su caminado de estudio, al que no le habían quitado un ápice de su elegancia los naturales estragos de la implacable biología. Trajo solo una maleta tipo carry-on y una diminuta cartera roja escarlata de Louis Vuitton.

“Claro. Es que, acostumbrada a tanto viajar, sabe que andar liviano es lo mejor”, justificó mi madre. “A veces eso de cargar tantos calaches, es bastante incómodo”, aseveró.

Llegamos a Ciudad Agrícola. Nos sorprendió que la tía Lory apenas sí comía. Prefirió unas microtajadas de sandía, un trocito de melón y un banano, según expresó, “para mantenerme bien hidratada”.

Los primeros días en Ciudad Agrícola fueron alegres. Llevamos a la querida tía Lory a pasear. Le produjimos un DVD con una selección muy bien curada de con los videos y fotos de su estadía; le celebramos una piñata…para su piña de años. La llevamos a los termales de Aguascalientes; le traíamos a la casa a un reputado masajista cubano; le compramos flores en La Grecia, le llevamos mariachis. Mi madre se encargó de que aquella estadía fuera más que memorable.

A la semana de estar en la casa, en donde ella decía que “quiero venirme a vivir aquí; estoy tan cansada del lujo, que volver a vivir las cosas sencillas”, fue que se empezaron a notar ciertas singularidades de la querida tía Lory.

Mandó una vez a Fátima, la asistente del hogar de mi madre, a comprarle unas supuestas medicinas; aunque el papel que le dio consignaba, sin extravíos, la dirección de la Chepana Artola, una reconocida cantina que había dejado de existir a principio de los ochenta. “Un litro de guaro lija”, decía la última línea del papel que ella acompañó con un billete de veinte dólares.

Los primeros días, ella se acostaba temprano, a como se decía que eran las señoras de antes. Salía, según justificaba, a caminar; para hacer ejercicio, lo que no se hacía en la casa, siendo es la causa, claro está, “por lo que mi vitalidad siempre se mantiene en overdrive”. Alguien dijo que había visto a la tía Lory jugar animadamente el toro rabón en el garito de Payo Bonilla, no lejos de la Iglesia de San Antonio.

Fue como a las dos semanas cuando mi madre, reunida con sus amigas, mayores como ella, en el grupo de oración de los miércoles a la tarde. Estaban rezando todas abrazadas, cuando la querida tía Lory se despertó de una siesta. Se fue directo al grupo de señoras y les dijo, no sin su refinada cortesía del gran mundo: “Me tienen muy preocupada, chicas… ¿en qué gran pecado vivirán que todas las semanas tienen que estar rezando?”.

Mamá lo tomó por el lado amable. Pero eso no fue nada. Una de esas tardes vimos a un tipo en moto, un chaval de no más de veinte años, quien se paró en la puerta de la casa y la aceleraba con furia. La querida tía Lory salió de su cuarto vestida con una chaqueta negra de cuero con una calavera estampada en su espalda. “Por ahí vengo…, no me esperen temprano”, le dijo a Fátima aquel jueves al despedirse, ya que mamá andaba en la hora santa.

La querida tía Lory regresó como a las dos de la mañana. Mi mamá a esa hora ya estaba con dos pastillas para los nervios, conjeturando si la habían secuestrado; si había tenido un accidente fatal; si esto o lo otro; que quién era ese muchacho que la llevaba a pasear en moto.

Entró dando gritos y vivas en ese vecindario tranquilo de aquellos días, antes de que el mercado, actualmente, se terminara de tragar esa recordada casa solariega. Sostenía alzada una botella de ron barato, la cual la tomaba “a pico”, cantando a gritos canciones de música grupera.

Mamá al día siguiente no quiso ni salir a desayunar. Y no fue tanto por la conducta de la querida tía Lory, sino por el contraste en la figura que ella nos había promocionado: racimo de virtudes, vergel de hábitos correctos, la esposa abnegada que le dio y crio hijos espléndidos a aquel grannorteño ¬—chele, alto y con billetes— que fue un prohombre, que tenía una calle con su nombre y apellido dedicado por la municipalidad de Phyllis, y quien la dejó forrada de billetes, blindada ante cualquier vicisitud imaginable con que la artera vida pudiera emboscarla; el non-plus ultra de los modales correctos, las reina de las buenas maneras, aquella que se sabía a la letra, punto y coma el Manual de Carreño, ese prontuario que debía ser tan útil en esos círculos tan exclusivos donde ella nadaba en su natural elemento.

Luego de ese episodio, la querida tía Lory estuvo todo el día narrando lo bien que la había pasado en compañía de Liki, el motero que la vino a traer. Solo lamentó la gran ampolla que ella se hizo en su pantorrilla, quemada por el escape de la moto, pero ella juzgó que no era nada en comparación con la adrenalina y gozo de esa jornada. “Ay, estos chavalos”, dijo crípticamente la querida tía Lory con una pícara sonrisa.

Se antojó de un viaje a Diamante, a esa provincia bulliciosa y comercial. La querida tía Lory alquiló un vehículo en la ciudad, se preparó en detalle para el viaje. Acordamos que lo mejor era contratarle un chofer, ¡ah sí!, fue a Mencho Ayala, para que la anduviera donde ella deseara.

La querida tía Lory se alistó temprano, con mucha ilusión, porque según dijo, “mi agenda, para este finde, es muy ambiciosa, chicos”. Según testimonio de Mencho Ayala, parquearon a la orilla de un caramanchel a la entrada de Diamante. Dentro de este, ella estuvo escuchando música grupera mexicana, la cual seleccionó para que le quemaran varios CD, mientras se aplicaba con disciplina de tratamiento médico, altos caballitos de tequila, los que escanciaba de una botella de Corralejo. Narró, además, que ella pidió ir a lugar conocido como El Punto, donde se bajó donde un tal Punche, un manco quien le dio una caja de zapatos, en donde venían, envueltos con primor de empacadora de regalos navideños, varios churros de marihuana, de los cuales la querida tía Lory fue fumándose con deleite hasta que Mencho Ayala le pidió detenerse en la vía, ya que él, según sus palabras, “andaba ya bien pijeado de tanto humarascal dentro de la cabina”.

“¡Esta moña sí es calidad!”, exclamó con alborozo la querida tía Lory al darle las primeras subidas a un churro que parecía más bien un rollo de manzanilla, “…no ese zacate viejo con que a una la estafan allá en el Gran Norte”, justificó. Luego, después de haber catado la hierba, pidió con urgencia ir a Provincia Perla, en donde, preguntando, fueron a dar a Terrabona, lugar que, según le decían sus amistades allá, en la muy conservadora y antigua ciudad de Phyllis, que allí producían una de las mejores cannabis del mundo, la que era ya —de facto— una legítima denominación de origen.

“Compró un gran fardo”, confesó Mencho, tomando él, hasta entonces, conciencia de la grave eventualidad de que hubieran podido detenerlos a ambos por tráfico de estupefacientes.

Dijo que la jornada de ese día terminó en el Mama Nola, en las inmediaciones del aeropuerto internacional, aquel antro que los sábados tenía bailes de desnudos, en exclusiva, para público femenino. Allí estuvo la querida tía Lory hasta la madrugada del domingo, en que Mencho la subió al vehículo en calidad de bulto, habiendo ella consumido más tequila que el más campeón de la mafia mexicana.

La querida tía Lory pasó en casa de mi madre un total de 27 días, vividos con intensidad…para ambas partes. El episodio que puso fin a su estadía, o, mejor dicho, a la extendida celebración de “mis primeros setenta años”, como ella decía, fue cuando en nuestra casa de mar, su celular empezó a timbrar sin parar.

“Contestá, Lory”, le dijo mi madre. Ella, de manera extraña, no quería atender la llamada.

El teléfono siguió frenético repicando sin cesar.

“Puede ser algo urgente”, repitió mi madre.

La tía Lory hizo un gesto despectivo. Pasaron unos segundos. Entonces se arriesgó a contestar y puso la llamada en altavoz.

Se escuchó la voz de un muchacho, quien, en inglés, reclamaba con ira, no sin intercalar un insulto hacia ella, cada tres o cuatro palabras. Preguntaba que cuándo ella regresaría, ya que él ya no tenía nada para comer; que lo que le había dejado en la refrigeradora, hacía ya varios días se le había acabado. Quedó claro que él pedía que le enviara dinero. 

“Pero… ¿y ese quién es, Lory?”, dijo mi madre alarmada por la virulencia en el tono de aquella voz.

Se hizo un silencio. La querida tía Lory sonrió con malicia.

“Es mi novio, Little Jimmy”, dijo ella. “Acaba de cumplir los veinte. Todos los hombres son cortados con la misma tijera, tanto a los veinte como a los noventa. Mañana mismo me regreso”.

* Esta bitácora se publicó originalmente en Cambio Cultural 



******
Escritos en Nicaragua

martes, 18 de febrero de 2025

Una décima para Don Ildefonso

Cambio Cultural

—¡Cómo no me voy a acordar de don Ildefonso Calderón! —respondió mi amigo Rufus, casi al punto de la indignación, cuando le pregunté sobre ese personaje de Ciudad Fiel—. Su muerte fue uno de los acontecimientos más grandes que he podido presenciar en la provincia —enfatizó con una vigorosa gesticulación de sus manos.

—¿Fue cierto que era poeta? —aventuré en tono cuidadoso, para evitar que me escucharan los comensales alrededor de nuestra mesa, en el irreverente ambiente de la comidería La Cumbiamba—. Alguien aseguró que don Ildefonso era tan ducho a las poesías, que ya en sus últimos años, solo le gustaba hablar en décimas.

—Por supuesto que sí —contestó con convicción—. Era famoso por sus décimas, las que recitaba de improviso ante cualquier circunstancia; ya sea como piropo, como halago, queja o insulto. En eso nadie le metía las manos.

—Aunque dicen que lo más tremendo fue su entierro —acoté— por la gran cantidad de gente.

—Pero no solo el entierro —ripostó Rufus, ahora con entusiasmo, ganoso por contar la historia—. Hay que precisar que el episodio comienza desde que lo encontramos, ya con los ojos hormigosos, tirado en un camastro, como muestra evidente de haber fallecido al culminar el acto sexual. Tenía una sonrisa en la cara que no se le quitó ni cuando su esposa lo mandó a masajear para borrarle ese gesto postrero de felicidad. Varios intervenimos cuando su esposa mandó a las muchachas de la casa, para que le plancharan la cara con una plancha eléctrica.

—Comparemos versiones —le dije para provocarle; yo sabía que Rufus, como compañero bombero del finado, estuvo de testigo privilegiado desde que se inició la búsqueda cuando se reportó como desaparecido—. Narráme por favor la historia, según vos la viviste.

“Don Ildefonso era uno de los verdaderos prohombres de Ciudad Fiel…”, dijo mi interlocutor, antes de ser interrumpido por una voz femenina que habló en un tono muy alto, justo en la mesa contigua.

“Santo Varón, Don Ildefonso Calderón, que Dios lo tenga a la diestra en Su Reino Eterno”, expresó con solemnidad una señora mayor, de aspecto venerable, quien, al comer, había estado escuchando con atención el recuento que Rufus empezaba.

“El día en que él desapareció, algunos lo vieron salir de La Mancha Brava, uno de los tres bares de los que él frecuentaba después de haber asistido, siempre con mucha devoción, a la Hora Santa, a la que no fallaba cada jueves, en la Iglesia del Promontorio. Fue entonces, que, de cajón, él pidió allí su media de extraseco. Como era habitual, esperaba verse con una más de las muchachas de donde Juan Charrasqueado, o bien, de cualquier otro proveedor. Eran las cuatro y cuarto de la tarde. Él ya estaba bien entonado, lo cual ocurría cuando don Ildefonso recitaba, a la que le tocaba en turno, un par de décimas a viva voz, como señal que ya estaba listo para irse al motel; de preferencia a El Ñáñaras, o acaso al Un Ratito Más, ambos muy baratos y ubicados casi en el mismo kilómetro en la carretera de ingreso a Ciudad Fiel, pero en sentidos opuestos de la misma”, puntualizó Rufus.

—¿Y fue cierto que lo envenenaron, a como rumoraron al principio? —hice la pregunta, de nuevo, como para alterar a mi amigo, a sabiendas que él desmentiría con vigor esa versión, pues era falsa también.

“No, no, no. ¡Qué va a ser!”, Rufus replicó con suficiencia. “Fue un cortocircuito al corazón. Eso del bebedizo, fue un recurso heroico de doña Mirna, su esposa, como para disimular el bochorno de que él murió en su ley: encajado”.

En esa época, a principios del año dos mil, la revolucionaria pastilla azulita, vino a sacar de la solitaria condición de abandonados muebles antiguos y decorativos, a toda una legión global de adultos mayores —como ya lo son los protagonistas actuales de este diálogo—, quienes de repente, y por virtud de los avances científicos, de pronto se encontraron con nuevos bríos e impulsos de conquistadores marchosos; de reverdecidos poetas y de enamorados otoñales de jovencitas frescas y sazonas; de puros amores de roconola…, es decir, que ahora se tenía que pagar en metálico a la vendedora de encantos, tal cual al echar la moneda para escuchar la pieza deseada.

“Claro”, prosiguió Rufus, “es que Don Ildefonso ya arañaba los tres chelines; 74 y algo de calendarios a cuestas”.

Por supuesto que, a esas alturas del partido, él tomaba sus pastillas para la presión, para el corazón; para ese motor propulsor del amor físico. Las Nitrostat, así como las Imdur, la Isordil; factores de riesgo eventual que él no consideró al experimentar el prodigio arrollador del portentoso fármaco del placer; esa pastillita azul que lo extrajo de aquel páramo seco y frío de la falta de respuesta viril, ante tantos y tantos estímulos bellos que abundan en Ciudad Fiel.

Se aficionó a la sensación de resucitarse de nuevo —a ratos— en ese toro de Miura que él una vez fue…aunque ahora empastillado; en ese orangután en celo, quien también embelesado escribió, y hasta hoy, todos pueden leer en la entrada del bar La Cacambuca, la famosa décima que Don Ildefonso le compuso, a la que él le llamaba “La maravilla azul”.

No me gustas; ¡me encantas!

Cuando joven gran jinete,
sin ayuda, gran talento,
mas el tiempo, vil tormento,
me volvió un manso vejete.
Cuando te probé, al ver,
me dio en pensar: "¡Qué juguete!
No me ayudará ni un tantito".
Pero al ver tu efecto escrito
y probarte con recelo,
no fue un gusto, fue un anhelo…
¡Me encantó, lo admito y grito!

“Todo un poeta. Un gran vate”, afirmó Rufus, pero más bien celebrando la hazaña —o proeza— de él conservar íntegra aún la memoria del verso, como una bofetada al Alzheimer.

“Para que alguien se inspire así, de improviso, pues se requiere una gran habilidad”, me dijo, ahora como para él convencerme de las supuestas dotes de Don Ildefonso como un panida.

“Doña Mirna”, continuó Rufus, “al no llegar él esa noche a su casa, fue a dar parte a las autoridades. Les manifestó que era obvio que, a su varón, lo habían secuestrado. Movilizó hasta el Cuerpo de Bomberos, de donde don Ildefonso tenía el grado de Capitán; el segundo rango más alto en esa jerarquía provincial. Lo buscamos toda la noche y la mañana del día siguiente; no lo encontramos, a pesar de que peinamos la ciudad y sus alrededores como una aguja. Indagamos en Las Catecúmenas y el El Búnker, que eran los dos otros burdeles de su predilección. ¡Ah! También registramos cuarto por cuarto El Golfo Pérsico, donde varios clientes, alarmados, salieron despavoridos.

Fue hasta la tarde del día siguiente que reportaron que había un hombre muerto en un tambo -especie de segundo piso- de un rancho de mar abandonado, no lejos de la finca de Chico Tripa, en un paraje bello, pero muy desolado, no lejos de Santa María del Mar.

Dos testigos dijeron haber visto pasar su jeep al caer ya la tarde, acompañado de una muchacha, quien, muy melosa, iba sentada cerca de él, en el asiento delantero. 

“Recuerdo la cara de la señora cuando lo fuimos a dejar a su casa”, siguió Rufus, “después de las pruebas forenses de rigor. Ella estaba con una cara descompuesta por la cólera”.

“En la vela, ella no recibía los pésames”, puntualizó. “Se fue a la puerta contigua donde estaba tendido Don Ildefonso, que es como otra casa dentro de esa vivienda solariega, allí en Santa Ana. Sentada, recibió de mal modo a quienes pretendían darle las condolencias. Las primeras personas que quisieron ofrecerle el consabido y gastado abrazo de ‘Lo siento mucho’ —el que aquí en Ciudad Fiel se ejecuta con tanta teatralidad y fingido aire de familia—, ella les dio un firme empujón de rechazo.

“¡No, no, no!’, dijo doña Mirna con evidente molestia e indisimulada contrariedad. ‘Ando desgajado el brazo; me caí en el baño y me duele horrores que me quieran abrazar. Ni tocarme que me perjudica’. Los siguientes concurrentes que fueron llegando a la casa, desistieron de plano de hacer el aspaviento convencional del “¡Cuánto lo siento!”, ya advertidos de la inconveniencia del gesto”.

Alguien le preguntó a Doña Mirna que, si acaso ella tenía en la casa algo de viandas que ofrecer a los visitantes; pero aquel gesto fue inédito, ya que ella era considerada como la encarnación de las buenas costumbres, la fina educación y el discreto recato: 

“¡Esta dijo Mena, hijueputas!’, se expresó con indecorosa procacidad, haciendo la señal de la guatusa —doble en cada una de sus dos manos—. “¡Que estos coyotes vayan a hartarse a cuenta de otra pendeja!”

No obstante las molestias, el velado no dejó de tener nutrida concurrencia. Algunos, por su iniciativa y cuenta, mandaron a comprar licor. Luego, con naturalidad, les pidieron a las dos ayudantes domésticas, unas mesitas para jugar cartas. Al saber esto, Doña Mirna, muy indignada, le mandó un mensaje acre de “que fueran a jugar enfrente, a la acera del cine: que su casa no era un casino ni un garito”, instruyendo de inmediato a las dos ayudantes que tomaran unos baldes con agua para lavar la acera, acto que terminó con las pretensiones de los varios reconocidos tahúres. que allí, como por encanto, se habían dado cita.

La noche transcurrió sin más eventos. A las 9.00 a.m. del día siguiente, el féretro fue llevado a la iglesia. Doña Mirna…allí también brilló por su ausencia.

“Y ya en el cementerio, pofi…”, manifestó Rufus, para no perder detalle, “allí vino lo más increíble”.

Cuando llegó el cortejo fúnebre a la fosa, aconteció que una de las señoras, todavía muy atractiva y de macizas carnes, quien, ante la ausencia protagónica de Doña Mirna —la mujer se llamaba Rosalba Cadenas— tomó el liderazgo de la ceremonia, tal cual como si fuera su muerto.

Algunas otras mujeres allí, de inmediato, aseguraron que Doña Rosalba había sido, por años, amante del finado. De pronto, nadie supo de dónde, un lujoso vehículo con un tremendo equipo de sonido se aproximó a la sepultura que aguardaba lo suyo. Pusieron al máximo volumen My way, la canción que ahora, Doña Rosalba, aseguraba a viva voz, que a ella el difunto le había instruido que le pusieran al enterrarlo.

—¿Y eso fue todo? —le pregunté a Rufus para que fuera minucioso en su narración. 

“¡Agarráte duro, bróder!”, me respondió. “Cuando la música del carro estaba en lo más alto…, allí fue que entraron los mariachis. Eran Los Duros de Durango; no mexicanos, sino de aquí nomás, del Barrio Pekín, quienes ingresaron cantando “Que te vaya bonito”. ¡Pero pasaron de largo por el agujero, y se fueron a cantarle únicamente a Doña Mirna! Ella se había ubicado a prudencial distancia de la fosa, retirada, como en una protesta silente, pero muy airada. Fue una verdadera confusión la que había en ese momento, puesto que, aunque algunos ya sabían del agravio; otros, los que solo llegan al cementerio para despedir al viajante, no conocían detalles de lo que estaba aconteciendo.

—¿Ninguno intervino? —pregunté—. ¿No había allí otros parientes o familiares de Don Ildefonso?

“No que se supiera”, replicó mi amigo. “Cuando terminaron los mariachis, a Doña Mirna se le vio caminar e irse aproximando hacia la fosa”. Fue allí que cuando ella llegó, que delante de todos, le metió un sonoro carterazo a un señor, quien acaso con ingenuidad, quiso abrazarla para darle el pésame”.

Alguien pidió en voz alta otro de los rituales infaltables -y no exentos de dramatismo y aparatosidad- que casi siempre ocurren en los entierros: “¡Veámoslo por última vez!”. 

Antes de abrir la ventanilla del ataúd, ya estaba allí, en medio del barullo, y ahora justo al lado del muerto, Doña Mirna. Su rostro y expresión ya se le habían morigerado, atenuando su rencor, al parecer, con su cristiana actitud; acaso la piedad y la misericordia habían reemplazado a la hiel del escarnio y al vinagre del encono, fuegos que ella sentía por la afrenta que le había hecho el difunto; bofetada moral, porque ya todos sabían lo que el deceso significaba para ella: la lujuria de su esposo, aun en articulo mortis; la muerte en un episodio de fornicación in-fraganti.

Fue entonces que sus “mariachis callaron” …, a como dice aquella canción.

“Voy a recitarle…,” dijo una digna y altiva Doña Mirna, “voy a declamarle una décima, ya que, a él, pues le gustaban tanto, y que las dedicó al por mayor a varias de las que hoy aquí, y no por casualidad, estamos presentes…”

Acto seguido, como para que la escucharan mejor, con una agilidad pasmosa para su edad y sus libras añadidas, Doña Mirna dio un brinco felino y se subió sobre una lápida contigua, y desde allí, ahora en altura, aclarándose la garganta, en voz muy alta, a manera de despedida, así declamó:

“Viviste en falsa promesa,
jurándome amor y virtud,
mas te ganó la inquietud
de tu infame ligereza.
Tu cuerpo, presa indefensa,
cedió en plena travesura,
pagaste con tu locura,
no hubo forma ni conjuro,
te creías un gran astuto…
doy gracias mil a Dios,
que ya descanso de vos, un gran puto”.

 Santa María del Mar 7-febrero-2025

_____________________

Escritos en Nicaragua

jueves, 16 de enero de 2025

Trocha al crepúsculo

Cambio Cultural

Al regresar de País Sur, me prometí que cuando empezara a trabajar, lo primero que haría sería ahorrar para comprar un terreno y empezar a construir mi casa. Había conseguido un empleo en una compañía estable, por lo que tracé mi estrategia financiera para hacerme de ese ansiado pedazo de tierra, al que, con suerte, un día le llamaría mi hogar.

En ese entonces vivía yo en el sector del kilómetro nueve, no lejos del Hotel Lucomo, que como saben, desapareció hace varios años. Corría el invierno de 1994. La zona era el extrarradio de la ciudad, un ambiente mucho más rural que urbano. Recuerdo que el modesto lugar donde alquilaba era una de esas viviendas que ahora, con la transculturización, algunos les denominan town-houses. Al pequeño reparto cerrado le llamaban “Los Chalés”, por sus pequeñas viviendas de dos plantas y remate del techo en V, que, al parecer, el arquitecto local se inspiró —no sin varios equívocos— en un chalé estilo suizo, resultando en un concepto híbrido, y con muy poca ventilación.

Evoco que la carretera principal hacia Sierpe Colorada quedaba a ochocientos metros exactos de la entrada al bloque de seis casas, todas idénticas, con la misma arquitectura y acabados, que el arrendador común y propietario, se había construido allí.

En ese entonces yo estaba en el proyecto de bajar de peso, para lo cual, desde que entré a laborar a aquella compañía, me discipliné para hacer trote diario. Esto lo practicaba por las mañanas; saliendo a completar el circuito que discurría, desde mi lugar, pasando hasta más al sur del hotel Lucomo; un trayecto que, en redondo, completaba los cinco kilómetros.

Cuando por alguna razón no trotaba en las mañanas, era seguro que la rutina la completaría por la tarde, a partir de las 5.30 p.m. Ese día, recuerdo que salí temprano del trabajo y arribé a la casa; me cambié a vestimenta deportiva y salí a hacer la sesión correspondiente. El sendero empezaba en pavimento, y se prolongaba con un descenso suave; luego hacía una izquierda y entraba en un camino pintoresco, el cual transitaba por entre unos hermosos guanacastes a cada lado; había también espaveles en ciertos puntos, y evoco unos frondosos genízaros, así como uno que otro jiñocuabo, cuyos troncos lucían, tal cual como otros le denominan a ese árbol: “indio desnudo”.

Antes de llegar al final de esa ruta, esta iba estrechándose en una trocha angosta y remataba, como un tope, en un enorme peñón. Allí había una bifurcación, en donde, a cada lado, se ingresaba a dos espléndidas casas-haciendas. El acceso a ellas era restringido, por lo que había que girar allí, y emprender la vuelta.

A unos quinientos metros antes de terminar el recorrido, se encontraba una pasada estrecha. La trocha transcurría por el medio de dos paredones escarpados, los cuales se prolongaban a lo largo de unos cincuenta metros. Siempre que transitaba por allí, me llamaba la atención el corte a cañón que tenía esa especie de colina de basalto partida en dos.

Ese día de invierno, antes de llegar al punto de las paredes escarpadas, memoro que vi mi reloj: marcaban las 5.45 p.m. La claridad de la tarde iba ya en fuga. Marchaba a un buen trote y me aproximaba a esa pasada, en donde, por efecto de las paredes escarpadas, la luz era más tenue. Vi entonces, en el medio de ese punto del camino, a una silueta. Esta se movía de izquierda a derecha. Al conocer ya las características del camino, juzgué inevitable el encuentro, por lo cual, me preparé para saludar.

Noté la fisonomía de la figura. Era un masculino joven, de no más de treinta años; vestía traje de fatiga, de camuflaje, de esos que se usan en los ejércitos. Vi los ruedos de su pantalón; estos remataban apretados en los calces de sus botas militares. Lucía muy delgado, y me pareció, como seña particular, que en su cuello tenía algo puesto. Su cabello era estilo militar, corto como el de un recluta; hirsuto en sus brotes. Se movía con cierta lentitud, como si, a su vez, él me esperara, manteniéndome fija la mirada; esta era remota, con ojos pequeños y vidriosos. Tenía ojeras prominentes.

Al faltarme poco trecho para llegar al punto de encuentro, bajé el ritmo, actué con naturalidad, listo ya para saludarle. Fue entonces que —creí o recordé— que algo a un lado del camino, de súbito, me llamó la atención. Por unos segundos, aparté mi vista de la figura a la que iba yo acercándome.

Una vez que recompuse mi punto de visión, noté con extrañeza que el individuo había desaparecido. Al llegar al espacio que él recién había ocupado, me detuve por completo. Me pregunté cómo pudo haberse desvanecido. Observé las paredes cortadas de manera abrupta; no había forma que alguien las pudiera escalar así por así y en cuestión de segundos; acaso solo con una milagrosa excepción de ser una cabra montesa, algo impensable en ese tiempo y lugar.

No sin asombro, al cabo de unos treinta segundos de observación, retomé la marcha. Durante el regreso, pensé que a lo mejor yo podía enfrentar una situación de seguridad personal; es decir, que el hombre, a lo mejor me estuviera esperando, y tal vez para asaltarme. Juzgué esto improbable, ya que no cargaba nada de valor o de utilidad; tal vez, solo mis zapatillas deportivas.

No le miré al regreso.

En los días siguientes, durante eventuales recorridos vespertinos, le avisté otras veces más. Siempre en la misma forma y expresión corporal. Lo divisaba a la distancia en el mismo punto; imperturbable. Él me veía con una mirada lánguida y distante. En su semblante tenía marcada una expresión triste, y a la vez, como ausente, o acaso, vacía. 

De manera invariable, él salía de la izquierda; volvía la mirada hacia mí, expresando con su semblante un sentimiento de soledad y de abandono; luego, parecía introducirse en el lado derecho de la pared de roca sólida de la colina partida en dos. Su talante y aspecto era como el un soldado que, ya derrotado, regresaba a casa; alguien quien ya fue vencido en batalla.

Me dije que la próxima vez que lo divisara, tomaría la iniciativa y le hablaría, para que él no tuviera oportunidad de escabullirse. Con los días, aunque yo quería esclarecer la situación, evitaba, de alguna manera, hacer el trote vespertino. Optaba por el recorrido matutino.

Aquella vez, recuerdo que era viernes. Al salir temprano del trabajo, me vine a hacer mi sesión de trote. Tenía ya más de quince días de jornadas solo por la mañana. Al llegar al punto, no le vi. Juzgué que todo había sido algo fortuito o casual. “Es alguien…”, ¡claro está!, me decía yo, queriendo deducir con una lógica que me resultaba más bien patética, “quien cuida allí algún punto del camino, o muy probable que sea un vigilante de cierta propiedad intermedia, la cual no es visible desde fuera”.

Me dije que sería la última vez que yo pensaría en esos encuentros; esto, para no distraer la mente con pensamientos ociosos. Esa tarde, al retornar por el sendero, iba motivado por mi creciente rendimiento, al haberle reducido algunos segundos al tiempo de recorrido. Iba llegando ya a la vuelta que precedía al trecho de paredes escarpadas. 

Fue entonces cuando le vi.

—“¡Hey, amigo!”, le grité antes de darle la oportunidad de que se escabullera. “¡¿Usted vive por aquí?!”, repetí para asegurarme que estaba viéndome y que le estaba hablando a él. “¡Es que quiero hacerle una pregunta!”

Un silencio absoluto.

Yo sentía que, más que ir al trote, mis piernas volaban al fatigar los ya pocos metros que me separaban del hombre que cruzaba la trocha. Me le acerqué. Mi mirada se encontró con la de él; era un duelo de quien primero bajara la vista, aceptando o tolerando la mirada dominante del otro.

Reduje las zancadas para no hacer contacto físico y tropezarme con él. En la penumbra, le observé a pocos pasos de distancia. Volteó hacia mí su cabeza, como cuando alguien atiende un llamado, pero sin perder la dirección que lleva su cuerpo. Alrededor de su cuello, vi que tenía una especie de bufanda de tela blanca, con profusas manchas de sangre oscura, acaso brotándole en el acto, como si allí tuviera una herida. Sin dejar de mirarme, puso su mano izquierda sobre ese trozo de tela, como quien quiere bloquear una hemorragia, o bien, calmar un dolor.

En el último segundo, al yo quererle hablar así, frente a frente, él siguió caminando, sin quitarme la mirada, hasta difuminarse como un espectro vaporoso, o como una sombra en fuga, dentro de la pared de piedra que se levantaba en vertical a ambos lados de ese paso, ya dominado por la oscuridad de la tarde moribunda.

Experimenté estupor y asombro; pero en mucho mayor grado, percibí un miedo desconocido e inédito: el acaso de estar yo perdiendo la razón. Supuse que me había esforzado en exceso con los ejercicios físicos, y que estos, me estaban provocando visiones o espejismos.

Dormí con una inquietud rebelde, a la que no pude dominar. Opté por tratar de no pensar más en ello, sino que, en concentrarme en la reunión de mañana con Graham, el explorador de terrenos, quien me había llamado ayer para decirme que me mostraría dos propiedades que estaban en venta, en la misma zona de Lucomo.

Graham me llamó temprano. Confirmó que me esperaría el sábado en su casa, a las 3.00 p.m.; que lo pasara recogiendo en mi vehículo para visitar los dos sitios.

La visita iba muy provechosa. Una de las propiedades vistas era, para mí, acaso la ideal.

Ya de regreso, pasamos por el punto donde, al trotar, yo doblaba para ingresar a la trocha.

—Aquí salgo a hacer ejercicio de vez en cuando —le dije a Graham con ese orgullo absurdo que uno asume cuando piensa que, por hacer ejercicio físico, se tiene cierta superioridad moral con los que no lo hacen—. Voy hasta el fondo y luego doy la vuelta. 

Un silencio incómodo en la cabina del vehículo.

—Tenga cuidado y no lo vayan a asustar —Graham me dijo sin hacer contacto visual—. Allí de tarde, sale un aparecido.

Sentí como que el espacio-tiempo se había detenido. Supuse, como si fuera un mal sueño, que este diálogo no estaba ocurriendo. Poco después, más que miedo, sentí una curiosidad rara.

—¿Cómo es eso de que a uno lo asusten allí? ¿Habla usted de un muerto, Graham, o algo así?

—Ciertamente. En el medio del camino aparece el espectro de un muchacho, al que lo mataron allí mismo, durante la guerra del 79; a mediados de Julio de ese año. Era un soldado de las fuerzas especiales de la escuela de infantería de Nacho El Joven. Estaban de patrulla. Los emboscaron y a él lo hirieron de bala en el cuello. Murió desangrado justo en el paso que se conoce como Los Paredones. Allí también está enterrado. Hace ya muchos años, vinieron unos familiares a querer localizar el sitio y exhumarlo, pero nunca lo encontraron. Varios lo han visto al atardecer.

No dije nada.

—¿Qué le pasó? —me dijo Graham—. Lo veo pálido.


_____________________

Escritos en Nicaragua

jueves, 19 de diciembre de 2024

El doctor de los nacatamales

Cambio Cultural

Cuando memoro mis 10 años vividos en País Sur, no dejo de evocar siempre un desfile interminable de personajes. Algunos son de grata recordación, los hay neutros, y uno que otro que —sin duda— me provocan el sabor de un olvido feliz, de una ausencia deseada.

Soy creyente de que no hay una vivencia que no esconda una lección, una moraleja, un aprendizaje útil; ya sea para el momento, acaso para el futuro, o bien, para cuando a alguien pueda regalársele una moneda de experiencia, aunque esto sea una ilusión, o una vulgar vanidad.

De aquellos personajes que van en ese desfile, hay uno que guardo allí, en los pliegues de la memoria, como uno de los más agradables: Aristófanes Eulogio Merlo Cascante, o para otros, el doctor Eulogio Merlo, así a secas; aunque a aquel hombre se le conocía mucho más por su nom de guerre: El Doctor Nacatamales. Sé con certeza que él nunca siquiera sospechará la huella positiva que dejó en mi persona, y acaso pecando de atrevido por asegurarlo, intuyo que, en muchas personas también.

Lo recuerdo como un monumento viviente al trabajo, a la constancia, a la dignidad; a la tozudez de lograr resultados, a pesar de las durezas de los rigores que implique retar con valentía a las circunstancias más adversas. Y al final, vencerlas; venciéndose también a sí mismo.

Lo memoro alto, de unos 180 centímetros, de facciones regulares, de tez morena y cabello ralo y ensortijado —que aquí le llamamos murruco—, siempre de pantalón negro y chaqueta ligera del mismo color. Usaba camisas blancas de manga larga, con mancuernillas. Bastante delgado, más bien enjuto. Era como un Don Quijote sin bigote ni barba, lampiño. Su caminado era pausado y firme, remarcando los pasos, con la constancia de un viejo buey carretero.

Aquel hombre de silueta escuálida y figura lúgubre, tal como un encargado de funeraria, había trabajado como visitador médico de un laboratorio farmacéutico en su país natal. A regañadientes de su padre, estudió Derecho y se había graduado solo para complacerlo, aunque nunca había ejercido la profesión. Cuando le tocó vivir situaciones límite en un país extraño, tuvo la oportunidad de probarse a sí mismo. 

Eulogio llegó a ese país una tarde lluviosa de junio, bajo un tremendo aguacero, acompañado de su mujer, su suegra —quien había recién enviudado— y sus tres hijos menores. Estuvieron radicados, por un tiempo, en un pueblo de montaña —muy frío y húmedo— no lejos de la capital.

Se dedicó primero a vender ropa hecha que confeccionaba su mujer. Recorría las calles de lo que se conocía como la planicie central, que era un conurbano que agrupaba las cuatro provincias inmediatas, en donde residía la mayoría de la población.

Evoco que al salir de la universidad y transitar hacia el centro de la capital para tomar el bus de regreso a mi lugar cotidiano, no era infrecuente encontrármelo en las calles, siempre con su caminado un poco encorvado —intuyo que por el peso del maletín de visitador médico que sujetaba de un brazo— donde transportaba los diversos artículos que ofrecía a sus clientes.

Eulogio era lo que antes aquí se conocía como un buhonero. En ese país, a ese antiguo oficio le llamaban polaco. Es lo que ahora conocemos como corteros; los que venden al crédito artículos y que pasan cobrando en cada pago de quincena.

Ofrecía fajas, relojes, anillos, pulseras, baterías y toda suerte de artículos de bajo precio. Era un verdadero profesional de las ventas puerta a puerta, y a viva voz. Comparado con Eulogio, el predicador más activo no era más que un simple diletante; un aficionado, ya que aquel no dejaba puerta —abierta o cerrada— sin visitar para vender.

Recuerdo que un día iba por la calle y lo encontré en el portal de una mítica soda —fonda o cafetería— en donde recalaban personajes de toda laya, entre cambistas de dólares, contrabandistas, delincuentes de cuello blanco, y hasta exnazis; y sí, claro que sí, incluso aquellos perseguidos por la INTERPOL, con la distinción de Boleta Roja. 

En ese legendario establecimiento no era extraño encontrar mesitas con parroquianos de apariencia muy inocente, degustando un café entre amigos, y en no más de cuatro personas, podrían distribuirse así, a las rápidas, no menos de quinientos años de cárcel, si es que se calculaban las condenas potenciales que les serían dictadas por un juez, si aquellos fuesen capturados en los diversos países que los reclamaban por sus rosarios de fechorías.

Eulogio allí me dijo que ahora estaba intercalando, al final de las tardes de venta de ropa, con el cambio de moneda. Narró con satisfacción las peripecias de su incorporación al colegio de profesionales del Derecho en aquella nación, y que, de ahora en adelante —me anunció, viéndome como un cliente prospecto— él podría realizar gestiones legales diversas, como una propuesta más de su extendido catálogo. 

Lo vi algunas veces los fines de semana, en el Parque Las Pampas, en donde los domingos había juegos de béisbol de equipos conformados por mis paisanos. Allí él llegaba también, siempre ofreciendo a quien quisiera escucharle, su extendido compendio de artículos y gestiones, enfatizando ahora los trámites legales, la realización de diligencias migratorias, entre otros oficios.

No era alguien que se arredrara ante la gente. En donde veía que había personas reunidas —o prospectos de clientes— tal cual avezado y locuaz evangelista, iniciaba un discurso o alocución de ventas, ofreciendo a viva voz su creciente línea de variados productos y servicios: ropa, bisutería, joyería de fantasía, relojes, licuadoras, equipos de VHS y lectores de DVD; enfatizando en las gestiones legales que ofrecía, según él lo pregonaba, con “eficacia garantizada o la devolución íntegra de su dinero”.

Él ya era una figura reconocida en los círculos de nuestros paisanos. En efecto, algunos afirmaban que lo avistaban con frecuencia no solo en la capital, sino que en otros lugares diversos. En esas mañanas domingueras de béisbol, otros discutían que a esa misma hora lo habían visto en otra provincia, en un punto diametralmente opuesto de donde otros atestiguaron que lo habían divisado en ese preciso momento. No sin cierto sentido lúdico, en conversaciones que, junto con el sol, iban subiendo de tono, hasta se conjeturó de que si lo que se afirmaba era cierto, de haberle visto en dos lugares a la vez, pues a lo mejor este podría ser un caso viviente del don de la bilocación, atribuido a San Francisco de Asís, a San Martín de Porres, y a San Antonio de Padua, entre otros muy pocos personajes del santoral.

Un día lo encontré en un comedor popular, adyacente a una parada de buses en el extrarradio de la ciudad. Coincidimos en almorzar allí. Vi que algunos comensales a su alrededor, en tono de chanza, le preguntaban que cuánto tiempo y distancia caminaba por día. Él contestó, con naturalidad que, en tiempo, él invertía hasta doce horas diarias en sus caminatas como vendedor de a pie.

—Mirá, man —les complementó con la mirada absorta mientras degustaba el primer bocado de su almuerzo—. En distancia, pienso que camino diario, por lo menos, entre doce a quince kilómetros, o acaso más. Hay días que he hecho veinte. Con decirte que tengo que cambiar el tacón de los zapatos cada sábado, y eso que hasta les pongo tapillas metálicas; las suelas, me duran solo quince días; a veces menos. Es que tengo que ir a buscar a los clientes a las calles, y allí, hablarles de frente. No hay otra forma de vender si no es metiéndole piernas a este negocio.

En una ocasión me tocó verlo en la casa de unas amistades, en donde llegué un domingo con otros compañeros, listo para hacer un recorrido en bicicleta por ciertos senderos rurales adyacentes a la capital. Nuestras amistades nos habían invitado a que desayunáramos en familia antes de salir a pasear con nuestros caballitos de hierro.

—¿Ya llegó el doctor Eulogio? —alguien desde dentro de la casa preguntó con un aire solemne.

—Ya viene en camino —dijo la voz de una mujer, en un tono no menos ceremonioso. 

Asumí que de seguro era una gestión legal la que tomaría lugar. Al poco rato lo vi llegar. Se bajó de un bus en una parada que estaba casi al frente de la casa donde estábamos. A la distancia del otro lado de la calle, observé su lánguida figura, su caminar lento y remarcado; su estampa melancólica que recordaba a un gallo remojado, o acaso a un integrante de una orden mendicante, y en paralelo, la paradoja absurda de parecer, a la vez, alguien anacrónico, vestido de levita. Reparé en su otear parsimonioso. Escudriñaba con atención a ambos lados de la vía, verificando que un vehículo no fuera a atropellarlo. Entonces cruzó la calle con cuidado, casi que de puntillas, y se dirigió hacia la vivienda.

Noté que cuando él ingresó a la casa él portaba un maletín ejecutivo, más delgado y de mejor aspecto que el abultado cartapacio de visitador médico. Ya de cerca, percibí la apariencia de aquel bulto negro mate; más apropiado y a tono con su título de profesional del Derecho. Vestía, como siempre, de negro riguroso. Discerní en sus mancuernillas doradas el elaborado grabado de sus iniciales. Entró y saludó con reverencia y circunstancia —casi fúnebre— a cada uno de los presentes. Alguien le hizo una venia y entonces se sentó en una mecedora ubicada en un extremo de la sala. Se quedó allí quieto, meciéndose imperceptiblemente, sujetando con elegancia su maletín ejecutivo.

Un minuto después, salió a recibirlo el dueño de la casa, quien le preguntó al doctor Eulogio si había traído el encargo solicitado.

—¡Oh sí! ¡Claro que lo traje! —respondió el multifacético personaje, poniéndose de pie—. Aquí justo lo ando...

—¿En dónde? —inquirió con extrañeza el hombre, ahora sacando y abriendo su billetera—. Si solo te veo ese cartapacio de abogado...

—Pues aquí mismo —el doctor Eulogio le contestó en tono elegante, con garbo y prestancia, buscando una mesa adyacente, sobre la cual, con cuidado, colocó el maletín. Fue entonces cuando procedió a abrir el portafolios y allí estaban, cuidadosamente empacados, doce humeantes nacatamales, tal cual fueran artículos de colección, como mazos de dinero ordenados simétricamente en el distinguido maletín que usaba ahora como profesional del Derecho.

—Vienen calientitos —el doctor Eulogio dijo con premura— ¡Buen provecho a todos!



¡Escribíme!
(este enlace funciona sólo si posee una cuenta email predeterminada)


*Esta bitácora se publicó originalmente en Cambio Cultural

_____________________

Escritos en Nicaragua