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miércoles, 21 de enero de 2026

Darío visto por Vargas Llosa

Escritos en Nicaragua
presenta a

Rothschuh Villanueva



Darío visto por Vargas Llosa
A Rubén Darío, el nicaragüense más universal,
en el 106 Aniversario de su fallecimiento.

Siendo apenas un joven de veintidós años, Mario Vargas Llosa presentó en 1958 su tesis para graduarse como Bachiller en Humanidades, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Igual que algunos miembros del boom de la nueva narrativa hispanoamericana, el peruano decidió mostrarnos la excelencia poética del nicaragüense Rubén Darío. Una admiración que, con el paso del tiempo, Vargas Llosa, no ha hecho más que confirmar. Consciente de su audacia, la llamó Bases para una interpretación de Rubén Darío. Se plantó frente a nuestro bardo mayor, analizó su producción literaria y realizó un vasto recorrido por su arte poético. Cuarenta y tres años después (2001), la tesis fue publicada al otorgársele el Doctorado Honoris Causa, como reconocimiento en “esta obra y a su condición de exalumno sanmarquino destacado”.

Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa se propuso desentrañar las circunstancias que condujeron a Darío a encontrar su propia voz, nuestro bardo mayor alcanzó la madurez y valía con la publicación de Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905). Dichas creaciones no están desvinculadas de sus primeros escarceos. Asistido por diversidad de devotos darianos, el peruano emprende vuelo. Apoyado en una amplia bibliografía, establece los distintos momentos que vivió Rubén hasta llegar a la cima. Sus inicios se caracterizan por imitar a una multiplicidad de poetas. Por razones didácticas, para exponer sus planteamientos, Vargas Llosa dividió su investigación en cinco partes. El primer Darío está lleno de titubeos, se desplaza a tientas, sin rumbo fijo, no logra tocar tierra firme, una fase en la que traslucen sus muchísimas lecturas.


Enrique Anderson Imbert

Uno de los grandes darianos, Enrique Anderson Imbert, está convencido que, para entonces, Rubén estaba “en medio de una rosa de los vientos, oyéndolo todo, imitándolo todo, sin orientarse decididamente”. Abierto a distintas corrientes, Darío es consciente de su vocación literaria; se empecina por alcanzar la gloria. Vargas Llosa deja que sea él mismo Rubén quien hable. “¡Los comienzos! Es decir, los sueños. Esos principios son más bellos que las más triunfantes victorias. Siquiera porque toda esperanza es hermosa, y todo logro quita el placer de esperar y da el cansancio humano de lo conseguido.

La posesión de la gloria es lo mismo que la posesión de la mujer”. Imita a Espronceda, Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce, Reina, etc. Darío aun no es Darío. Estaba en proceso de crearse su propia visión del mundo y de la literatura. Vive los traumas de todo despegue.

Durante esa época Rubén hace cabriolas, asume los aportes formales de estos escritores y hace suyos sus temas. A través de su creación pueden verse enorme variedad de estilos y cambios recurrentes de actitud y opinión. Darío adopta posiciones contradictorias. En cada paso cree haber encontrado su verdadero yo. Todavía padece constantes cambios de piel. Anda en búsqueda del vellocino de oro. Como apunta Vargas Llosa, “Surge un nuevo autor que le descubre otro camino, igualmente atractivo”. Rubén no tiene prisa. No acaba de descubrir la necesidad de superar la inestabilidad, transita indeciso. No da el salto requerido para concretar su verdadera vocación literaria. Después Darío reconocerá que vivía “un verdadero terremoto mental”. Un autor principiante, poseedor de un enorme caudal poético.

Rubén Darío

Rubén busca una forma que no encuentra su estilo, idénticas conmociones han vivido la mayoría de los grandes creadores. Como adelanta Vargas Llosa, durante sus primeros años vive una situación por la que han atravesado diversos autores. Se muestra vacilante frente a distintos polos de atracción. “Nada hay permanente en él, salvo su vocación y su aptitud”. El verdadero Darío surgirá hasta después. Vargas Llosa establece el momento en que Rubén asume una aptitud personal, antes tuvo que pasar por la influencia del naturalismo. A inicios de 1887, radicado en Valparaíso como agente aduanero, se ve marcado por dos experiencias. Entra en contacto con los trabajadores portuarios y cae seducido ante la obra de Émile Zola. Dos acontecimientos decisivos para su consolidación como escritor.

Émile Zola
 
Deudas, penurias y el encuentro con los libros del escritor francés, resultan estimulantes para que Darío encuentre su voz. El contacto con los humildes y desarrapados —padeciendo él su propia angustia— lo conducen a identificarse con los hambrientos. El segundo capítulo resulta clave para comprender la influencia que tiene la lectura del francés en su vocación de escritor. Su relación con la escuela naturalista le produjo un efecto instantáneo. Darío deja constancia de este impacto. El fardo lo debe al testimonio de un viejo lanchero del muelle de Valparaíso. El nicaragüense utiliza todos los ingredientes naturalistas: veracidad de la historia, padecimientos de los personajes y como telón de fondo, voces de chiquillas enclenques, mujeres esqueléticas y de contexto y las inmundas callejuelas del puerto.

La lectura de El fardo no conmovió a nadie, los resultados de su escritura y otras experiencias análogas —expone Vargas Llosa— hacen que Darío se percate que no es posible “que de ahora en adelante continúe con esa posición de eclecticismo universal, en la que imita todos los estilos, todos los temas, todos los sentimientos, todas las emociones”. Nuestro paisano inevitable, da el paso que lo lleva a la gloria: un toque personal a su creación. De aquí en adelante todo lo que escriba será suyo. De él y nadie más. El fardo permitió a Darío comprender lo que no debía escribir. Vargas Llosa remata: había elegido al revés. El naturalismo se empeña en analizar la sociedad, mostrar sus purulencias, el origen de las taras y vicios que la envuelven. Al escribir El fardo, el nicaragüense lo hizo para impresionar. Nada más. El relato no le satisfizo.

Al pasar la mirada sobre su relato comprueba que ese no era el cuento que deseaba escribir. “A pesar de sí mismo, ese relato no es, ni mucho menos, un texto naturalista: a pesar de su decisión y buena voluntad, de su franco deseo de escribir una narración naturalista… ese relato se ha mantenido un poco al margen, ha surgido en él, sorprendentemente, un elemento que no es de la obra de Zola”. Raimundo Lida patentiza la independencia de Darío frente al naturalismo. Al ser arrastrado inconsciente y constantemente por esa tentación verbal, “Darío sin saberlo se estaba descubriendo a sí mismo… la seducción por el lenguaje, la combinación brillante de las palabras, la elaboración inteligente y sorpresiva imágenes, resultaron a la postre el factor primordial de su relato… el tema, el drama que se propuso pintar quedó atenuado, disimulado, opacado, relegado a un segundo plano”.

Raimundo Lida

Darío hasta entonces se plantea a fondo el problema de la creación. Rubén tenía una concepción de la literatura muy distinta a la de Zola. Vive marcado por su nacimiento y orfandad, (sus padres murieron prematuramente), criado por la tía Bernarda y el coronel Félix Ramírez Madregil, de repente descubre que su madre está viva y que su padre también, estos hechos definen su futuro. Busca como resolver su conflicto existencial. Su “individualismo cerrado e intransigente”. Su soledad encuentra refugio en la lectura. Es un niño prodigio. Aprendió a leer a los tres años. No se trata de un mito. La facilidad para versificar le otorga un aura especial. Se distingue de las demás personas por poseer cualidades excepcionales. Durante sus años juveniles practica la técnica poética, el sentido y el ritmo. Tiene un extraordinario dominio del lenguaje.

La urgencia de Darío por escribir obedece a que descubrió desde niño tener esa habilidad. Su actividad artística tiene profundo contenido estético. Rubén piensa que el valor de un poema o de una narración se deben a su excelencia formal. “La calidad de un poeta o de un escritor se miden por la intensidad que ha perseguido, respetado y realizado su belleza”. Un escritor logra su grandeza mediante la realización de la belleza. Debe consagrar a ella todos esfuerzos y facultades. Para escribir como lo hace Darío, se requiere de una vasta y auténtica cultura y sensibilidad. Para Rubén la belleza no reside ni en los sujetos ni en las cosas, más bien el artista o el poeta las descubren y luego la plasman en poemas o en obras de arte. El poeta es un demiurgo. Es uno de ellos. Con su tesis de grado, Vargas Llosa muestra sus futuras dotes de ensayista.

El punto de quiebre donde Darío cristaliza su vocación de escritor, ocurre a partir de la escritura del poema Anagké. Publicado el 11 de febrero de 1887, en La Época de Valparaíso, canta en silvas la tragedia de las palomas y blasfema, / “cuando Dios creó palomas” / “no debía de haber creado gavilanes” /. Entre mayo de 1887 y febrero de 1892, su fecundidad poética se enlaza con la unidad formal y conceptual de su poesía. Escribe profusamente. No imita. Para Vargas Llosa, como para decenas de estudiosos, Darío nace con Azul… Rubén al escribir la historia de sus libros, empieza por Azul… En la segunda edición suprime el prólogo de De la Barra, por una simple razón: impugnó la esencia de sus versos: la pureza estética. Darío escribirá para deleitar, aunque no rehuirá asumir posiciones políticas. Ya es él, muy siglo XIX, muy siglo XX y muy siglo XXI.

Portada de la Primera Edición


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Escritos en Nicaragua

viernes, 21 de marzo de 2025

Rubén Darío poeta universal


Escritos en Nicaragua
presenta a

Rothschuh Villanueva

Rubén Darío poeta universal

Darío tiene numerosas puertas de entrada. Cabe preguntarse ¿por cuál de ellas queremos entrar? La decisión queda a nuestro antojo, gusto o capricho. Se me ocurre ensayar varias propuestas. De seguro muchos estudiosos de su poesía tendrán muchísimas más. No lo pongo en duda. Sería un error.
Casi todos prefieren a Darío poeta, al niño prodigio que asombró a los leoneses desde su infancia con sus creaciones. Al que pedían escribiera versos para festejar la celebración de la Semana Santa, el poeta que deslumbró al mundo con Azul…su primer parto, publicado en Valparaíso en 1888. El alumbramiento le abrió las puertas de la poesía española, despegue y explosión del modernismo. Don Juan Valera se encargaría de testimoniar su grandeza. Un espaldarazo importantísimo.

Salió de Nicaragua aquejado de fiebre amorosa, con una espina clavada en su corazón. Un desasosiego que jamás le daría paz. Regresó a Nicaragua con el mismo padecimiento. No podo superar el impacto que le produjo la “Garza morena”. Chile, puerto de desembarque y anfiteatro de su gloria. El resto vino después. Darío poeta, reconocido, reconocidísimo.
Consagrado como estaba, dos grandes creadores de la lengua española, Pablo Neruda, chileno, y Federico García Lorca, granadino, se sumaron al coro. Discurso al Alimón (1933), su más grande homenaje. Neruda confesó que ninguno de los dos sospechaba que eran considerados poetas modernistas. Como miembros de su cofradía. Su canto se reprodujo en España en 1934. Hoy el Discurso al Alimón camina con luz propia por el mundo.

Otra puerta para acceder a su universo encantado, son los múltiples trabajos en prosa, feliz simbiosis de literatura y periodismo. Darío es fundador de la crónica moderna, junto con los poetas José Martí, cubano, y Manuel Gutiérrez Nájera, mexicano, acredita con documentos en manos, Susana Rotker, la musa de Tomás Eloy Martínez. Sus crónicas han sido compiladas por Jorge Eduardo Arellano y Gunter Schmigalle, quien llegó a Nicaragua animado con la intención de profundizar sus investigaciones darianas. Tuve oportunidad de conocerle en la UCA.

Nadie mejor para seguir los pasos de Rubén cronista que Schmigalle. Terco y sistemático, como todo alemán, continúa escudriñando infolios con el ánimo de ofrecernos nuevos hallazgos. Está convencido que encontrará nuevos textos de un creador que fiel a su arte poética sostine: “Cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho en cinta”. Apegado a este enunciado se pasó la vida escribiendo. ¿A cuánto asciende es el número de libros escritos por Rubén? Según algunos estudiosos son 49. ¿Quién ofrecerá el dato exacto?

Será el mismo Rubén quién reconocerá en su Autobiografía (1915), el papel determinante que tuvieron las crónicas para decantar su estilo. Él mismo se lamentaba de perseguir “una forma que no encuentra mi estilo”. El eterno buscador de esmeraldas, extraía oro en los socavones para devolvérnoslo tallado. Sus poemas, un dechado de orfebrería. Delicado y asombroso tejido, con el que encandiló al universo.
Darío en Los Raros (1896), se goza en dar a conocer en este lado del mundo, a los más grandes creadores de su época. Sin escatimar adjetivos les rinde admiración. Se siente atraído y subyugado por españoles y franceses, estadounidenses y cubanos. Son diecinueve creadores. Como testimonio de su propia grandeza, el poeta Carlos Martínez Rivas, manifiesta: “El raro era él”.
Otra grandísima puerta son las andanzas por los innumerables caminos del periodismo. El retrato más acabado se debe al maestro Edelberto Torres Espinosa. La dramática vida de Rubén Darío (1952), sigue siendo el tratado más completo para seguir el itinerario de sus vivencias periodísticas. El Ministerio de Educación incluyó dentro de los festejos del Primer Aniversario de su Nacimiento (18 de enero de 1967), la publicación de Rubén Darío Periodista.
Luego vendría Luis Cláudio Villafañe G. Santos, embajador de Brasil en nuestro país (2017-2022), a testimoniar su eterna presencia en la poesía universal. Su Divino e infame, Las identidades de Rubén Darío, (Penguin Random House, primera edición, enero 2023), resulta sugestiva, aleccionadora y polémica, no por eso menos interesante. Nos devuelve a un Darío rejuvenecido. Eterno. Muy siglo XIX, muy siglo XX y muy siglo XXI. La vocinglería y los escupitajos de los tontos no perturban su sueño.

El cronista, fundador de diarios y director de revistas, nuestro incansable Rubén, escribía como un endemoniado para subsistir. Sus crónicas tendían un puente entre dos continentes. Se erigía en el pináculo del género predilecto de los grandes cultores a lo largo del planeta. Darío vivió para la creación, pero comía de lo que le ganaba como periodista. Se trata de la antesala donde pulió su estilo. Proclamó en vos alta que vivía de los emolumentos recibidos de la mama Nación de Buenos Aires.

Darío el otro, víctima de los vaivenes de la política, angustiado, sin dinero, pobre, regresa a Nicaragua. Darío el otro, muy distinto y distante del Darío vestido de oropeles. El verdadero, liberal, anticlerical y nacionalista, como lo recuerda Erick Blandón, merece ser conocido en su lar patrio. Diferentes fuerzas políticas le han fabricado un lecho de Procusto. Un Darío hecho a la medida de todos, él sobrepasaba todas las medidas. Cada quien sirviéndoselo en bandeja de oro o plata. Todos los intentos por ofrecernos una imagen disminuida de Darío han fracasado.

Darío renovador del lenguaje, ese otro Darío presa de ataques, rencores y confabulaciones. El fundador del modernismo, víctima de celos y resentimientos, tuvo como defensor a campo abierto, al adelantado Luis Alberto Cabrales. El fundador de la Vanguardia nicaragüense se plantó frente a los infieles. En El provincialismo contra Darío (1966), demostró la superioridad de Rubén sobre sus encarnizados detractores.
Darío vino a reencontrarse con su tierra. Para entonces había logrado revolucionar el idioma castellano. Nadie ponía en duda su reciedumbre de poeta. Rubén Darío vino a Nicaragua solo a morir. Salió huyendo de la Garza Morena, solo al arribar esta continúo jodiéndole la vida. La disputa por apoderarse de su cerebro también fue motivo de inspiración para el laureado Lizandro Chávez Alfaro. Un pasaje surrealista.
Desde en vísperas de su fallecimiento (6 de febrero de 1916), se escuchaban salvas, cantos; le rendían homenajes, ahora siguen apareciendo nuevos estudios. Francisco Bautista Lara hace todo el recorrido —El último año de Rubén Darío, 2015— hasta la hora final. Los críticos continuarán escarbando su obra para dar fe de que estamos ante el más universal de los nicaragüenses. Nuestro más grande poeta, continúa vivo, mucho más vivo que nunca. ¡Salve Rubén! ¡Salve!


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Escritos en Nicaragua

martes, 29 de octubre de 2024

El Vale


La casa era un edificio modernista y su estilo neogótico la diferenciaba de las parcas construcciones que proliferaban en aquel deslucido vecindario. Fue erigida sobre el viejo solar del antiguo monasterio que los frailes dominicos dejaron en abandono, lo que facilitó su adquisición por parte de una de las más prominentes familias de la Barcelona de fin de siglo.


Desde un inicio su propósito fue el de entregarla en alquiler: la renta que produciría sería una suerte de seguro de vida que debería proteger a propietarios y sucesores de cualquier descalabro financiero que el futuro deparara.

Uno de los primeros inquilinos fue un abogado, quien instaló su bufete del lado de la calle principal, mientras que la sección del zaguán fue ocupada por la taberna llamada Els Quatre Gats.

Els Quatre Gats fue una iniciativa de un par de artistas plásticos oriundos de la Catalunya de tierra adentro, los cuales, a pesar de contar con un envidiable talento, nunca lograron obtener el suficiente reconocimiento como para que un mecenas promocionara sus obras, dicho de otra manera: su dedicación y pasión por el arte no fue recompensada y no tuvieron más que convivir día a día con la miseria. Es por eso que, en determinado momento, ambos artistas se enrolaron como meseros en el cabaret Le Chat Noir de París, una taberna para artistas y bohemios.

Ellos iban a ser como rémoras que nadan en los alrededores de los tiburones para alimentarse de las sobras de gloria que salpican las aguas cada vez que los escualos lanzan sus letales embestidas. Pero una rémora nunca deja de ser rémora, nunca sufre la metamorfosis que la pueda convertir en tiburón, en compensación, las rémoras no padecen hambre, ni son perseguidas, ni atacadas y, al final, siempre pueden jactarse y pavonearse por compartir las mismas aguas por las que surcan los tiburones.

Aunque la suerte a veces es producto de alguna tragedia y, fue así que, uno de ellos, de manera inesperada, tuvo a su disposición una pequeña fortuna, entonces decidieron capitalizar su experiencia parisina y se aventuraron a fundar su taberna que, por mera sorna, decidieron nombrarla Els Quatre Gats.

El concepto fue exitoso: cerveza y vino de la casa, música viva y paredes dispuestas a exhibir todo aquello que las renombradas casas de arte consideraban de poco o ningún valor. Pronto se les unieron sus pares, que dedicaban su creatividad a las letras.

Organizaban exposiciones, recitales y de vez en cuando hasta podían darse el lujo de invitar a alguna reconocida figura que estuviera dispuesto a compartir su gloria y brindar esperanza a aquellos jóvenes artistas que sufrían del cruel anonimato.

Memorable fue aquella tarde en que Rubén Darío, escoltado por aquellos cuadros, que a gritos suplicaban por unos cuantos duros, presentó sus Prosas Profanas.

—Y ahora —dijo Darío—, para festejar todas estas talentosas luces que nos rodean… Yo persigo una forma:

 “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
el abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas...”.

—Así que entonces este es el gran Rubén Darío, el autor de Azul —le comentó un mesero a su compañero.

Ambos jóvenes observaban el recital desde fuera de la rueda que formaron los espectadores, no tanto por respeto, sino para poder tomar una que otra vianda y colocarla en las bolsas de sus delantales. 

—Así es Pablo, este es el gran Rubén Darío, el que pinta con letras todo aquello que nosotros no logramos iluminar con nuestros óleos, pasteles, acuarelas y grafitos —se detuvo para hacerse de un bocado de pan tumaca y, después de tragar en seco y apresuradamente, carraspeando continuó—; y sí, y aunque es doloroso, sólo nos queda resignarnos y admitir que nuestros pinceles y espátulas hacen el ridículo ante la tinta china que exquisita brota de su extraordinaria pluma.


El vitoreo no se hizo esperar cuando el poeta finalizó, quien, después de estrechar unas cuantas manos, procedió a realizar una inspección de cortesía de las obras que se exhibían en aquella improvisada galería de arte de barrio.

Fue caminando, observando, sin hacer ningún tipo de comentario, hasta que, sin ningún motivo aparente, se detuvo frente a uno de los tantos cuadros, se acercó al hostelero y le dijo algo al oído.

—Pablo, ¡mira!, Pere te está llamando, parece que Darío quiere conocerte, anda, muévete pronto, no le hagas esperar; quizás hasta te lo compre.

Pablo empezó a caminar, sin prisa, con mucho cuidado para no tropezar con los concurrentes, además, no quería que el poeta adivinara lo hambriento que estaba.

—Maestro.

—¡Pero si es un crío!... ¿Qué edad tienes, muchacho?

—Quince, maestro.

—¿Sabes que mi primer libro se titula Azul?

—Sí, maestro.

—Es por eso que me llamó la atención este cuadro, ¿sus argentinas tonalidades tienen algún significado?


—El maestro Van Gogh decía que la oscuridad es de color azul.

—Interesante, continúa.

—El azul denota tristeza, desolación, ausencia de alegrías.

—Alegrías ausentes… ¿Y por qué las alegrías estarían ausentes en un jovenzuelo como tú?

—En mí no, maestro, sino en mi gran amigo y colega, Charles, quien, en su último viaje a París se pegó un tiro.

—¿Una mujer?

—Sí.

Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pobre pájaro azul. ¡Ay, Garcín!, ¡cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad! —recitó Rubén con marcada tristeza.

—Perdón, maestro, ¿qué decía?

—El pájaro azul, uno de los cuentos de mi Azul, es la mismísima historia de tu finado amigo, Charles.

—No lo sabía.

—No estás en la obligación de saberlo.

Ambos callaron por un instante.

—No te puedo comprar el cuadro, hace meses que no recibo los haberes por mis oficios consulares —dijo Rubén con algo de tristeza, pero sin perder su dignidad—. Te propongo un trueque: el cuadro por uno de mis libros.

—Maestro, disculpe la insolencia, pero el libro no me va a dar de cenar hoy.

—Pero yo sí puedo darte de comer —y dirigiéndose al hostalero— ¡Pere!... dele a... ¿Cómo es que te llamas?

—Pablo, maestro.

—Pere, dele de cenar a Pablo a cuenta mía.

—Como usted ordene, maestro.

—Gracias.

—Me han impresionado tus cuadros de tonos azules y, en honor al vuelo del pájaro azul de tu amigo Charles, le diré a un entendido que te visite, es lo más que puedo hacer por ti.

—Gracias, maestro.

—Maestro —los interrumpió Miquel, el socio de Pere que en ese momento se les acercó desde la calle—, el cochero me acaba de indicar que su quitrín está listo, recuerde que el tren a Madrid parte a las cinco de la tarde.

—Gracias —respondió el poeta.

Rubén estrechó las manos del joven pintor, hizo un breve recorrido por la bohemia galería de arrabal, saludó a unos cuantos asistentes y se marchó.

A los días Pablo fue visitado por un representante del galerista que le prometió Darío y sin más ni más se organizó una exposición en Madrid. El sujeto le dijo a Pablo que era muy probable que una que otra persona se interesase en su trabajo y que estaba seguro de que no regresaría con las manos vacías, aunque tampoco le dio adelanto alguno.

Es por eso que los días previos al viaje Pablo iba a merendar al hostal y, como era lo usual, pagaba haciendo de mesero o lavando platos, en otras pintando alguna portada para la revista que, al igual que el hostal, se llamaba Els Quatre Gats.


Un día de tantos Pere le dijo que la taberna necesitaba de dinero también.

—Pere, mira que el tío dijo que no iba a regresar con las manos vacías; a mi regreso te pago.

Y, después de mucho regatear, Pere a regañadientes aceptó.

—Está bien, pero tienes que firmarme este vale.

Pablo tomó el trozo de papel y, sin el más mínimo ápice de duda, lo firmó.

El novel pintor se ausentó por un par de semanas, sin embargo la noticia de los resultados de su exposición madrileña llegó a las barriades barceloninas a la velocidad de un telegrama.

A su regreso, Pablo fue de inmediato a pagar su deuda.

Al llegar al mesón, el guitarrista que amenizaba la tarde con viriles arpegios flamencos se detuvo, se puso de pie y se dedicó a observar cómo el ahora exitoso pintor se acercaba a la barra, los parroquianos, que también callaron, de inmediato se pusieron de pie y con sus cabezas siguieron la ruta que trazó del consagrado.

—Pere, aquí estoy, vengo a honrar mis obligaciones, venga ese vale.

Pere se paró detrás del mostrador, con un ademán llamó a Miquel, quien se colocó detrás de Pablo, luego Pere sirvió sendas jarras de cerveza y, mientras Miquel apuraba la suya le respondió con un tono solemne y algo altanero.

—¡Joder!, Pablo, ¿acaso estás fuera de tus cabales? —y volteando hacia su socio—. Miquel, ¿tú sabes lo que vale un Picasso?

—Pablo, ¡Ni loco te devolvemos ese papel! —concluyó Miquel.

El joven no esperaba esa respuesta y por unos segundos vaciló porque no sabía qué decirles a sus patrones, entonces Pere le ofreció La Carta.

—¿Qué vas a ordenar?

—¿Zarzuela? —preguntó el joven aún sin reponerse.

—¡Sale una zarzuela de pagre! —ordenó Miquel, después lo volteó a ver maliciosamente y le dijo—. Y para celebrar, una botella de vino naranja, del que maceramos con sus pieles aquí en el sótano —y con muy buen ánimo le anunció—. Eso sí, de ahora en adelante vas a tener que pagar, después de todo tus pasmosas manos no pueden seguir lavando platos.

El público aplaudió y sólo entonces el guitarrista reanudó su labor, lo que sirvió de señal para que la tertulia continuara y, mientras el joven pintor comía, Pere sacó de una gaveta de la barra una pequeña retratera y, a la vista de todos, colocó en su interior el vale con la firma de Pablo Picasso y, lleno de orgullo, la colgó detrás del mostrador, ahí, en donde todos los parroquianos lo pudieran ver.

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Escritos en Nicaragua