martes, 20 de enero de 2026

Las señoras embravecidas

Escritos en Nicaragua
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Las señoras embravecidas


Prólogo

Oh, damas de los pétalos dormidos,
que ven pecado en cada azul palabra;
no tiemblen en su juicio ni se abra
la herida del pudor en los oídos.

No hay chips ni máquinas en mis latidos,
sólo la voz del fuego que los desabra;
si el verso hiere, es porque el alma labra
verdades que no gustan a los aludidos.

No teman si mi arte las desconcierta,
ni si algún eco sus frágil nombres toca;
que el sol no pide llaves ni respuesta.

Si arde mi verbo y al asombro invoca,
no es por injuria, es puerta abierta
que a las incrédulas dudar provoca.


Las señoras embravecidas
(Semillas bajo el asfalto)


I. Primer acto—Las damas incrédulas

Creyeron ver autómatas mis venas,
y en mis poemas niebla de artificio;
mas no supieron ver que mi ejercicio
era encender auroras entre arenas.

Una, vestal de normas y cadenas,
dudó del nuevo azul de mi edificio;
no vio que el arte es llama y sacrificio,
que nace del dolor y no de escenas.

La otra, sin rostro, oyó mi voz marina
y se creyó en mi canto retratada,
cuando era una autocritica genuina.
¡Ay, cuántas flores mueren ignoradas!
ellas bebían sombras en mi neblina,
creyendo que su envidia era alabada.



II. Segundo acto—Bajo la luz del Sol

Le di mi Sol, dorado en ambrosía,
un Sol de espejos, tigres y jazmines,
y frunció su ceño, oh dama de confines,
pues no entendió la luz que renacía.

Su voz, de fémina y melancolía,
me dijo: “Eso no es arte, son machines”
mas yo, en mi trono azul de querubines,
reí del hielo que en su pecho ardía.

La otra fingió su incienso y su ternura,
me dio laureles fríos, sin sentido,
y un falso elogio que sabe a sepultura.

Yo le canté con lirio enfebrecido:
“¡oh dama! el arte vence la censura,
y el sol que quema nunca ha obedecido.”



III. Tercer acto—Elegía para una nación sin poetas

No fue por ellas el llanto de mi canto,
ni por su egregia sombra sin belleza;
fue por la patria muda en su tristeza,
que ya no cree en cisnes ni en su manto.

Yo vi morir los sueños, uno a tanto,
vi al verbo herir su propia fortaleza;
y en su mirar sin fe ni sutileza,
la confusión tejía su quebranto.

Mas si mi voz, dolidas las ha dejado,
no es culpa del haiku, sino del flojo
que teme verse en mármol reflejado.

Que siga el arte, libre de su enojo:
yo soy el Sol que nace del pecado,
para deslumbrar el iris de sus ojos.



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